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Cosmos

Ese domingo te levantaron temprano. Afuera llovía. Mamá te preparó el desayuno, eligió la ropa que te ibas a poner y te peinó. Papá, que estaba listo y esperándote, leía el diario mientras fumaba. Te gustaba verlo fumar y el humo que salía de su nariz te hacía acordar a los toros de los comics que traía el zeide. A veces ese mismo humo te hacía doler la cabeza y arder los ojos. A vos siempre te había llamado la atención que en la cajita dijera “el fumar es perjudicial para la salud” y que papá, fumando tanto, nunca se hubiera dado cuenta.

Mamá te anunció en voz baja que esa tarde ibas a conocer el cosmos y que ibas a ir con tu padre. ¿El qué? Pensaste vos, que no sabías lo que era el cosmos pero te sonaba de algún lado, probablemente de la escuela. Entonces mamá te explicó que el Cosmos era un cine y que quedaba en la calle Corrientes. -La calle de los abuelos- pensaste aliviado, porque entonces por más lejos que quedara o por más grande que fuera el cosmos, ibas a estar protegido. Muchos años después en ese mismo cine, ibas a sentarte en la última fila, hundiéndote en tu asiento como si algún espectador pudiera relacionar tu cara con el nombre en la pantalla.

Entraron a la sala de la mano, te acomodaste en el asiento que papá te indicó y te fijaste si el suyo también tenía un número. Sentías un nudo en la garganta y miles de hormigas en la panza, hasta que se apagó la luz y dejaste que la pantalla y todo lo que pasaba ahí adentro se adueñaran de vos. El nombre de la película nunca te lo aprendiste, pero lo que sí aprendiste ese día es que el mundo se divide entre los buenos y los malos y que en el cine no se puede hablar ni hacer ruido, porque los demás pueden gritarte, insultarte y hasta tirarte cosas para que te calles. Papá se puso rojo como un tomate y te miró con cara seria, como cuando se enojaba. -¡Si sólo estoy abriendo mis caramelos!-pensaste.

En la pantalla aparecían y desaparecían un montón de nombres raros, que ni siquiera llegabas a leer. Miraste de reojo a papá y viste que tenía los ojos rojos, y aunque vos eras chico y había cosas que no tenías por qué  entender, sabías perfectamente que esas lágrimas eran lágrimas de llorar. Papá te miro a los ojos y por primera vez te dijo que te quería. Sin saber bien qué hacer le dedicaste una enorme sonrisa, lo abrazaste fuerte y muy bajito (no sabías si ya se podía hablar) le dijiste -yo también-.

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