Archive

Archive for 30 mayo 2011

Yo y mi Calaguali

Tomado del suplemento Verano 12  de la edición online de Página 12, del lunes 3 de enero de 2011.

Cinco, seis, tal vez siete años
por Fabián Casas

Para Baltazar Vega,
cuando pueda leerlo

“You only have to read the
lines as scribbly black, and
everthings shines!”, Matilda

Mother. Syd Barrett.

Primero hago el piso. Línea recta larga, larga. Hasta acá. Así. Así es. Esto es suelo. Donde piso yo, mamá, Sergio. Línea recta hacia allá. Listo. Ahora cielo. Grande, grande. Cielo azul, sin nubes. Cielo con sol. Hago casa. Mamá está en la casa. Sergio no. Mamá está sentada a la mesa dentro de la casa. Sergio no. Mamá camina por la casa. La casa es alta, muy alta. Como Sergio. No como yo. Mamá cocina en la cocina de la casa. Mamá lava los platos azules en la casa alta, muy alta. Mamá me quiere adentro de la casa alta. Sergio nos quiere adentro de la casa. Yo los quiero. Las ventanas de la casa están bien arriba, casi en el cielo. Arriba, muy alto. Lejos de la calle sucia. En la casa hay un recuadro. Lo hago. Así. Así. En ese recuadro vivo yo. Mamá viene todas las noches y me da un beso. Me tapa con la sábana. Todas las noches. Me duermo y mamá está ahí. Los dos estamos en el recuadro. Mamá tiene un recuadro igual donde vive con Sergio. Lo hago. Así. El recuadro está lleno de agua. Yo vivo en el agua también. Tenemos, cada uno, recuadros llenos de agua. Es para cuando la casa se caiga, es para cuando la casa se caiga.

Atravesamos los largos pasillos con olor a pis. Ayer vinimos en colectivo pero yo me sofoqué y empecé a vomitar. El colectivo estaba lleno. Una mujer le decía a mamá pobrecito, pobrecito. Mamá no decía nada. Mamá parece enojada para los demás pero para mí no se enoja. Yo quise sacar el boleto. Después me arrepentí y me quedé callado con la plata en la mano. El colectivero me miraba y me preguntaba qué quería. Mamá me sacó la plata de la mano y se la dio al colectivero. Mamá pagó, después me agarró de la mano y dijo acá, Tuti, y me hizo un lugar a la ventanilla. Hacía frío y estaba el colectivo cerrado y empezó a subir gente y a moverse cada vez más y yo empecé a sentir la panza revuelta. Qué pasa, Tuti, qué pasa, decía mamá. Mamá tiene una voz gruesa. La tía Susana tiene una voz linda. El doctor Lavena tiene una voz increíble. A veces me da miedo, pero no le digo nada a mamá. Por eso hoy mamá le pidió a Sergio que nos trajera con el auto. El auto es grande, verde. Así. Tiene un piso con agujeros por donde Sergio saca sus pies para poder hacerlo avanzar. Así. Mamá vino a la pieza y me despertó. Me puso la ropa y me lavó la cara. Después yo solo fui a la cocina. Estaba Sergio en la luz. La taza humeaba. A veces, por las noches, Sergio me lee Bufalito. Bufalito es un vaquero muy lindo. Vive en el Lejano Oeste. Hola Hombrecito, dice Sergio. Me levanta y me da un beso. Raspa. Huele a café. Mamá huele a jabón. Tomamos la leche. Mamá le pregunta a Sergio cosas de su trabajo. Si va a buscar a un hombre a donde salen y vienen los aviones, si lo va a acompañar a recorrer la ciudad. Sergio dice que el hombre es un bodrio. Me gusta esa palabra, le digo a Calaguali que la recuerde por si me la olvido. Tenemos una caja con palabras que fuimos recolectando con Calaguali: Pecado, Caniche, Hortaliza, Gusano, Torre, Corcel, Sangre, Luz negra, Esperanza. Esperanza es una palabra pero también es una chica de la televisión.

Mamá se para. Parece siempre apurada. Veni, Tuti, me dice. Lavate los dientes. Pone un banco y me sube arriba. En el baño está la estufa eléctrica encendida. Me sofoco. Ganas de devolver todo. Pienso en Bufalito, en cómo se enfrenta a los peligros de vivir en el Oeste. Mamá me da agua y me dice que me enjuague. Ayer mordiste el tocadisco otra vez, dice mamá. Te gusta la madera no. La música me da ganas de morder, digo. Tuti, no quiero que te rompas los dientes, dice mamá. Me pone la campera roja, con capucha. Hace frío, Sergio, dice. Es invierno, dice Sergio. Sergio se pone el sobretodo azul que me gusta. A veces lo toco. El otro día me regaló una caja con terrones de azúcar de todos colores. Escuchame, Sergio, le digo, hoy me podés traer chocolate. Lo que quieras, Hombrecito, dice Sergio mientras se adelanta y abre la puerta. Mamá grita desde el baño. Pero cómo volvió al baño. Si estaba adelante. No entiendo qué grita, pero Sergio le dice sí, no te preocupes. Escuchame, Sergio, vos vas a manejar no, le digo. Salimos a la calle. Hay sol y ruido. Hay viento y frío. Hay olor a puré. Sergio me alza. Escuchame Sergio, quiero caminar, le digo. No, Hombrecito, no hay tiempo, me dice. Abre la puerta verde. Adentro de la puerta hay asientos blancos y olor a limón. Adelante no, dice Sergio. Adelante va mamá, dice. Escuchame, Sergio, le pregunto, nos vas a pasar a buscar después del hospital. No puedo, Hombrecito, tengo que trabajar. Pero en el colectivo me sofoco y devuelvo, le digo, mientras siento un calor que sube desde la panza. Entonces se toman un taxi con mamá, dice Sergio. Yo tengo que ir a buscar a un escritor al aeropuerto, donde vienen los aviones, dice Sergio. Me pongo a llorar. La voz de mamá en un costado de la cara. Por qué llora, dice. Porque quiere que los pase a buscar cuando salgan del hospital, dice Sergio. Basta, Antonio, me dice. Dejo de llorar. Sergio arranca el auto. Primero despacio, después cada vez más fuerte. Yo veo cómo mueve los pies y lo hace avanzar. Qué dice el doctor Lavena, dice Sergio. Después hablamos, dice mamá. Pero sí o no, dice Sergio. Después hablamos, dice mamá. Escuchame, mamá, el doctor Lavena sabe música, le digo. Mamá gira la cabeza. Mamá tiene una larga cabellera roja. No sé, Tuti, pero le podemos preguntar, dice.

Mamá camina rápido. Me lleva alzado. Escuchame, mamá, le digo, dejame caminar a mí. No, dice, no quiero que llegues agitado al consultorio del doctor Lavena. Dice: te acordás cómo te agitaste ayer y vomitaste en el colectivo y después con el doctor. Fue una vergüenza. Dice: ya llegamos. Cada vez pesás más vos, eh. Pasillos largos con olor a pis. Mucha gente que se cruza entre nosotros. Ruido. Hay un motor funcionando en algún lado. Escuchame, mamá, qué motor suena, digo. Motor, pregunta mamá, yo no escucho ningún motor, dice. Siento la respiración de mamá en mi cara. El cuerpo de mamá, grande, fuerte. No raspa. Hay una puerta, adentro de la puerta hay mesas, sillas y más gente. Acá también hay motor. La conocen a mamá. La saludan y me hacen un lugar. Mamá me deja sentado y se pone a hablar con una mujer que está sentada frente a una mesa. Salvo mamá, todos están sentados. Mamá, mamá, le grito. Escuchame, mamá, sentate acá, le digo. Están todos sentados, le digo. Siento de nuevo al calor que sube desde la panza. Todos se ríen. Me agito. Ya voy, Antonio, esperá que tengo que hablar con la señora, dice mamá. Ya viene, mami, me dice una viejita que está sentada al lado de otra viejita que está sentada al lado de una nena. Cuántos años tenés, Antonio, me pregunta la viejita. Le hago con las manos. En serio, dice la viejita, entonces ya vas a la escuela primaria. Te gusta la escuela, dice la viejita. El calor sube y sube, está en la garganta. A Calaguali le pasa lo mismo, él me lo dijo. Y también, cuando duerme, le duele la cabeza. No, Calaguali va, le digo. Guali, pregunta la viejita. Calaguali, le repito. Pero vos no vas, pregunta la viejita. La viejita de al lado le dice algo al oído. Bueno, bueno, dice la viejita. La nena me mira fijo. Me mira muy fijo. Tiene ojos negros y brillosos. Yo la miro pero entonces vuelve mamá y me alza. Vamos, Tuti. Mamá tiene olor a jabón y miel. Otra puerta más y adentro de la puerta está todo blanco y no hay sonido. Hay olor a algo. Me agito más. Mamá se va a enojar. Se va a enojar. Bufalito no tuvo miedo y domó el caballo del tío Billy, allá en el rancho de Yonapatagua. Pienso en eso y me doy fuerzas para no vomitar. Un pared muy blanca. No hay sonido. Y de golpe, de la pared, así, así, increíble, aparece el doctor Lavena. Es como un héroe, con el pelo negro brilloso peinado hacia atrás, el guardapolvo blanco. Hola, Tuti, me dice. Hoy estás más tranquilo, me dice. Mirá lo que te traje, dice. Tiene la revista de Los Titanes del Coco, en colores, como la anuncian en la tele. Qué se dice, Antonio, dice mamá. Gracias. El doctor Lavena vuela por el consultorio propulsado por unas botas de las que sale fuego, como uno de los Titanes. Igualito. La alza a mamá en brazos y la deja sobre una silla. Me alza en brazos y me pone sobre la camilla. Tuti, dice, sacate el pulovercito y la remera. Lo sé hacer. Despacio, despacio. El calor está bajando de la garganta al pecho. Estás agitado, dice el doctor Lavena. El pelo es brilloso y huele a menta. Escuchame, doctor, le digo, no va doler, no. No, Tuti, cuándo te hice doler, decime, dice el doctor Lavena. Sus manos están frías, me pone el aparato en la espalda y escucha. Después lo pone en el pecho. Respirá, dice, respirá hondo, dice. Después agarra otro aparato y lo pasa por mi cuello. Está frío. Le pregunta a mamá si me despierto irritable. Irritable, le digo a Calaguali que guarde esa palabra. A veces, dice mamá desde su silla. Tiene dolores de cabeza, pregunta el doctor Lavena. Hace semanas que no tiene. Acostate, Tuti, me dice. No, así no, boca abajo, dice. La camilla tiene olor a menta. Me pone el aparato frío por la espalda. Hay un ruido como el del autito que me trajo Sergio. Hay más inflamación, dice el doctor Lavena. No sé si me lo dice a mí o a mamá. Pero me quedo callado por las dudas. Después él y mamá pasan del otro lado de la tela que está pegada a la camilla. Hablan de algo pero no los escucho bien porque hablan muy bajo, para que yo no los escuche. Escuchame, mamá, por qué hablan bajo, les digo. Antonio, estoy hablando cosas de grande con el doctor Lavena, dice mamá. Detrás de la tela está la mesa donde se sienta el doctor Lavena, como la que tiene Sergio en su pieza y donde se sienta a leer y a trabajar en sus cuentas. A veces me despierto en medio de la noche y voy al baño y Sergio está con la luz prendida, la luz chiquita que yo también tengo en mi mesita de noche y a veces también mamá está despierta con él, dándole mates. Entonces yo les pregunto qué están haciendo y mamá dice: Sergio está haciendo las cuentas. Y eso me da felicidad. Estamos los tres a salvo de los enemigos, en nuestro escondite, como el que tienen Los Titanes del Coco, con el escudo de energía invisible activado y ningún enemigo puede entrar a la casa aunque sea de noche. Ahora mamá sale de atrás de la tela y tiene los ojos rojos, como si hubiera estado llorando. Tendrían que ver a mamá llorando, es un espectáculo. La otra noche nos bañamos juntos ella y yo y de golpe se puso a llorar y el agua enjabonada de la bañadera se puso salada por las lágrimas de mamá. Vamos, Antonio, ponete la ropa. Una vez Sergio me puso un pullover sin nada abajo y tuve ronchas por todo el cuerpo, y picazón. Bueno, nos vemos el viernes para los análisis de sangre, dice el doctor Lavena. Y mamá casi no le contesta, sólo le hace señas con la cabeza, como hace el pájaro de los dibujitos que sube y baja picoteando la madera, pero más lenta, mamá es más lenta.

Sergio me dijo ayer que después de la operación voy a poder ir al colegio como los demás chicos. Me preparo para cuando llegue ese momento. Salvo con mis primas, Mabel e Irene, no hablo con muchos chicos como yo. Pero los veo por la calle, los veo en la tele, somos casi parecidos. Escuchame Sergio, la operación va a doler, le pregunto. Ni te vas a dar cuenta, Hombrecito, me dice. Te duermen y cuando te despertás ya estás sano otra vez, dice. Escuchame, Sergio el doctor Lavena me va a operar, le pregunto. Sí, el doctor Lavena, que te quiere mucho te va a operar y además es muy bueno operando nenitos, me dice. La otra noche soñé con el doctor Lavena, él y mamá iban caminando de la mano por el hospital. Se veían contentos. Pero esto no se lo cuento a Sergio. Hay cosas que pasan que no se las cuento a nadie. Bah, sólo las hablo con mi Calaguali.

La otra noche yo y mi Calaguali hicimos cosas raras, los dos nos bajamos los calzoncillos, nos pusimos de espaldas y nos frotamos las colas.

Después me vino fiebre y mamá se enojó porque me vio agitado. Pero no le dije nada de Calaguali. Después de la operación, cuando tenga que ir al colegio como todo el mundo, un día de esos, le voy a contar de mi Calaguali.

Hígados y fideos. No me gusta. Pero mamá dice que tengo que ponerme fuerte. Mamá me corta el hígado. Lo corta en pedazos cuadrados, a los que vuelve a cortar hasta que son muy chiquitos. Comé todo, Hombrecito, me dice. Mamá y Sergio comen hígado pero con más salsa. Escuchame, mamá, no puedo comer igual que ustedes, le digo. No, Tuti, porque la salsa tiene vino. El vino no deja crecer a los chicos, dice Sergio. No digas estupideces, le dice mamá. Mi viejo me decía eso, dice Sergio. Después de comer mamá me lleva al baño, pone el banco de madera y me hace subir encima. Mi cabeza, grande, en el espejo. Mi mamá me mima y me besa mientras me hace lavar los dientes y las manos. Quiero ver con ustedes, le digo. Un rato, dice mamá, y después te vas a dormir. Sergio está sentado en el sillón y ya prendió la tele. Escuchame, Sergio, después vas a hacer las cuentas, le pregunto. No, Hombrecito, hoy trabajé mucho y estoy cansado, después de la serie nos vamos todos a dormir. El no va a ver toda la serie completa porque siempre termina acostándose muy tarde, dice mamá mientras trae almohadones para sentarse encima. Nunca le alcanzan los almohadones para sentarse encima. Mamá manda, me dice Sergio mirándome fijo. Ahí empieza, dice mamá, callensé. Mamá, te quiero, no quiero que nunca te pase nada de nada. Cuando sea grande, mamá, voy a trabajar de actor en esta serie y vos vas a estar muy contenta de mí, mamá. Otra vez Falconetti, grita mamá. Cuando aparece en la serie Falconetti las cosas se ponen mal. A mí a veces me hace llorar y mamá se enoja por dejarme ver la serie. El hermano rico y el hermano pobre son separados desde muy chicos, como si ahora alguien me separara a mí y a mi Calaguali y nunca nos volviéramos a ver. O peor, nos volvemos a ver pero no sabemos quiénes somos, no sabemos que una vez vivimos juntos y éramos hermanos. Y siempre está Falconetti siguiéndonos para lastimarnos. Falconetti es muy malo. Es, como dice la Tía Susana, la piel de Judas.

Otra vez los ojos rojos de mamá. La tía Susana y ella estaban hablando en la cocina y cuando entré se quedaron calladas, las sorprendí. Falconetti anoche sorprendió al Hombre Pobre. Sergio me preguntó: pero cómo no se dio cuenta de que estaba Falconetti esperándolo. Es verdad, yo también estuve pensando en eso.

Antonio, dice mamá, querés que la tía Susi te lleve con el tío Carlos a la Costanera. La tía Susana es la única persona –además de Sergio– con la que mamá me deja salir. Sí, digo, sí. Bueno, vamos a vestirnos que hay sol, dice mamá. Porque después empieza a hacer frío temprano. El puloversito, los vaqueros, como los de Bufalito, la campera roja con capucha. Mamá me ajusta la ropa, me la mete por dentro de los pantalones. Las medias me pican, le digo. Son ideas tuyas, me dice. Me pican, le repito. Me las saca y me pone otras. Están son lindas y no pican. Estoy listo. Me siento en la cocina con mamá y la tía Susi. Al rato llega el tío Carlos. Soy feliz. La tía Susi es como las de la tele, con los pantalones azules, ajustados. El tío Carlos es grande, patilludo. Me gustan sus zapatos altos. El auto del tío Carlos huele a chocolate. La tía Susi lo abraza mientras él maneja. El maneja igual que Sergio. Pero la tía Susi y el tío Carlos hablan más. Mamá y Sergio no hablan mucho mientras van en el auto. De a ratos, el tío Carlos se da vuelta y me dice: mirá, Antonio, qué lindo día. Sí, sí, digo y no paro de mirar a las personas, los colores de la calle, los chicos como yo, los colectivos, todo es maravilloso aunque empiezo a sentir calor en el estómago. Eso empieza a subir. Entonces el tío Carlos estaciona el auto en la Costanera y bajamos. Me compran nieve y nos sentamos en un banco. Hay un montón de gente alrededor nuestro. Y adelante, con solo saltar, está el río inmenso y marrón. El río inmenso y marrón. Cuando me doy vuelta para contarles que el río es inmenso y marrón la tía Susana se está besando con el tío Carlos. Le mete la boca en la boca, se enganchan. El otro día se besaban así en la tele. Me como la nieve. Un nenito pasa con un hombre grande. El hombre lleva una caña de pescar. Van de la mano. El nenito me mira fijo como si yo tuviera algo que fuera de él. O como si me conociera. Tal vez nos conocemos. Cómo sé si Calaguali no lo conoce a él también. Giro la cabeza, están todavía con la boca en la boca. La tía Susana está encima del tío Carlos. Hacen un ruido raro. Pongo la vista en el río que es inmenso y marrón. El sol está brillando poderoso sobre el río. El sol tiene rayos largos que giran a toda velocidad y producen un efecto extraño en los ojos. El río se vuelve azul, el río se vuelve azul. Me doy cuenta de que el río es en verdad el mar escondido. Me quedo mirando fijo cómo el mar y el sol se besan como mi tía Susana y mi tío Carlos. Ellos hacen ruido. De golpe mi tía Susi se acerca, dejando a mi tío Carlos agitado sobre el banco en el que estamos sentados. Mi tío Carlos respira agitado como lo hago yo algunas veces. En esos casos mamá me pregunta, nerviosa: estás agitado, estás agitado. Mi tío Carlos es como un animalito vestido de hombre. Antonio, dice Susi. Qué, le pregunto. Se la volvió a encontrar, dice mi tía Susi. A quién, le digo. A la eternidad, dice mi tía Susi señalando el horizonte con el dedo. Es el sol mezclado al mar, dice. Asi que ella también sabe que el río es el mar cuando está escondido. Entonces mi tío Carlos me dice que volvamos al auto, que nos quiere llevar a un lugar encantado. Como los cuentos que me cuenta Sergio, pienso. Susi me alza y me pone en el asiento de atrás. Arrancamos. Vamos a un lugar encantado. Siento cosquillas en la barriga y en el pecho. Estamos a la par del río, que ahora, muy de a poco, vuelve a ser marrón. Y el tío Carlos está contento porque no para de cantar. Canta: tralalá, tralalá, la encontron a la eternidad, es el sol mezclado al mar. Y Susi se da vuelta y me mira y los dos nos reímos. Entonces el auto entra por un camino extraño, con muchos árboles altísimos. Ya no hay río, sólo árboles altísimos que se cruzan uno detrás de otro. Veo animales desconocidos que se mueven en sus copas. Hasta que bajamos por una rampa y terminamos en una playa inmensa donde hay muchos autos. Y hay gente adentro de los autos. Están unos al lado de otros. No me di cuenta porque las copas de los autos cubrían al sol pero ahora es totalmente de noche. En los otros autos hay gente que mira hacia el resplandor. El resplandor está frente a nosotros, contra el cielo estrellado. Este es un autocine al que a veces venía con mis papás, dice el tío Carlos. Te gusta, me pregunta. Le digo que sí con la cabeza. Oscureció y está haciendo frío, dice Susi. Por qué no volvemos, Carlos. Pará, pará, dice Carlos. Demos una vuelta más, dice. Arrancamos. En un auto hay unos nenitos rubios, brillantes, contra el resplandor. Sus papás están al volante, también rubios. Qué buena luna, dice Carlos. Si quiero apago las luces del auto, mirá, dice Carlos. Pará, dice Susi, manejá más despacio. Esquivamos a los demás autos y salimos de nuevo al camino de árboles. Mirá, Antonio, allá, allá, me grita Carlos. No lo puedo creer. Un inmenso tobogán donde la gente sube por unas escaleras con mantas en las manos para después tirarse sentada encima de ellas. Es el supertobogán, dice el tío Carlos. Todavía está habilitado, dice. Es como una montaña, tío, le digo. Sí, yo venía seguido acá, dice. Una vez se tiró un chico parado y se mató, me dice. Carlos, no le cuentes esas cosas al chico, le grita Susana mientras le pega con el puño en el brazo. Bueno, Tuti, la verdad no sé si eso no es un camelo, así que no me des bola, me dice. La gente se tira y brinca a medida que cabalgan las ondas del supertobogán. Como hace Bufalito con sus caballos. Volvamos a casa que se hizo tarde y la mamá va a estar preocupada, dice Susi. Carlos, volvamos a la casa que la mamá debe estar preocupada, le repite. Después de la operación, les digo, me voy a venir a tirar al supertobogán, Claro, mi amor, me dice mi tía Susana. Pero me voy a tirar parado y no me va a pasar nada, le digo. No parado no, dice Susana. Carlos se ríe. Ves las ideas que le metés al chico, le dice Susana. Pero Carlos no le contesta, tiene el auto parado con el motor en marcha, y mira cómo bajan y suben los chicos corcoveando en el supertobogán. Es genial, es genial, es genial, dice mi tío Carlos.

Supertobogán, pregunta Calaguali.

Sí, le digo. Es genial.

Vengán a visitar la casa del tío Lito. Es una de mis salidas preferidas con mamá. Cada mucho, mucho tiempo, mamá me dice: preparate, Antonio que vamos a la casa del tío Lito. Y Calaguali me dice: ojo Antonio. Me da risa porque me dice: ojo Antonio y hace este gesto y me dice ojo, Antonio, que en la casa del tío Lito está escondida La yegua de La Noche. Lo dice así, con voz seria y a mí cada vez que mi Calaguali pone esa voz en vez de darme miedo me da risa. Y mamá me pregunta: de qué te reís, Tuti, pero yo no le cuento nada de mi Calaguali porque ella no está preparada para conocerlo. Tal vez despés de la operación sí. Así que una tarde, después de comer, salimos para la casa del tío Lito con mi mochila a cuesta. Vamos en taxi. Sergio nunca nos lleva y mamá ya no quiere que suba al colectivo. Cuando te pongas mejor, después de la operación, vamos a andar en colectivo y en subterráneo las veces que quieras. Nunca anduve en subterráneo, pero mamá y Sergio me contaron que es un tren que va por debajo de la tierra más rápido todavía de lo que se mueve Milman, uno de los Titanes del Coco. Eso es increíble. Porque Milman puede estar en muchos lados a la vez, súper rápido, como cuando defendió él solo la Fortaleza de la Amistad de los ataques de los Hombres de Mármol. Es increíble la historia de Milman. Un día lo descubrieron tirado en la calle y nadie sabía de dónde había venido ni dónde había estado, nadie lo conocía y él apenas podía hablar, a pesar de ser ya un hombre joven. Y la gente pensaba que lo habían tenido escondido o encerrado en algún lado. Y una tarde Milman descubre que, aunque no puede recordar de dónde viene, sí siente que tiene superpoderes. En realidad todos tenemos superpoderes, eso le digo siempre a mi Calaguali, pero es difícil darse cuenta. De Los Titanes del Coco, de sus vidas, hablo con el Tío Lito cuando lo vamos a visitar. Y él hasta me regaló un video con las aventuras de ellos: Los Titanes del Coco, contra los Androides Paranoicos. El tío Lito es un hombre alto, grande, grande, con una barba espesa y blanca, como Papá Noel y se ve que la quiere mucho a mamá porque mamá también lo quiere mucho a él. Si alguien te quiere, vos lo querés. Es así. Pero él me quiso primero, me dice siempre mamá cuando habla del tío Lito. Y eso es verdad porque el tío Lito nació antes que mamá y él la conoció cuando ella estaba trabajando en un negocio y para mamá el tío Lito es casi como su padre, ya que los padres de mamá están en el cielo. La casa del tío Lito es inmensa, con muchos patios que suben y bajan y escaleras con un olor intenso, como a carbón. Y cuando vamos salen a recibirnos una multitud de gatos que el tío Lito tiene en la casa. Gatos de todos los colores y tamaños. Y a veces en el patio hay un olor horrible del pis de los gatos y de la caca de los gatos y mamá se enoja con el tío Lito porque tiene todo sucio. Mamá limpia la casa del tío Lito. Con agua y jabón, con baldes y con escobas, mamá limpia la casa del tío Lito. Se pone unas botas amarillas que no le mojan los pies y que hacen juego con el sol. Y después le prepara una palangana con agua caliente y sal para que el tío Lito se lave los pies. No porque los tiene sucios, me explica él, sino porque le gusta tener los pies en agua caliente y sal. Toda la gente debería, Antonio, poner los pies un rato largo por día en agua caliente y sal. Porque en la planta de los pies está el secreto que nos hace funcionar. Y si la tenemos suave y cuidada, nos vamos a sentir mejor, me dice, cada vez que me le acerco cuando está con los pies en la palangana y sale junto con el vapor ese olor tan lindo que es el olor del tío Lito.

Infladas las tengo yo

Parece una broma pero no lo es. En Lituania se llevó a cabo una competencia donde los hombres debían nadar 250 mts. usando  muñecas inflables como flotador.

No sabemos si son sus propias muñecas-y tener una era requisito excluyente para inscribirse- o se las dieron los organizadores o qué. Lo que si sé es que este evento es la puesta en escena del sueño de (casi) todo hombre, la utopía hecha realidad, un mundo perfecto adentro de una pileta de natación y durante algunos minutos donde las mujeres son útiles, no hablan, no lloran, no hacen planteos ni reproches, no piden ser escuchadas ni abrazos después de coger, tienen muchos agujeros y los ofrecen todos sin problema -sólo a él. Y encima las chicas plásticas comparten sus gustos y los acompañan a todo tipo de actividades recreativas y deportivas sin chistar! (si hasta abren la boca de asombro porque no pueden creer el trofeo que se ganaron estando al lado de ese macho).   

Bien gauchitas las muñecas.

Ahora cuando se sientan mal, les duela algo, no encuentren nada, estén preocupados por alguna pelotudez, tengan la autoestima por el piso y necesiten a alguien que les diga sos el mejor, derechito a casa de mamá y mejor que no esté papá para decirles y si sos un pelotudo cómo querés que te traten -y tener a mamá toda para uno y lareputaqueloparió. 

In the mood for love

 

Amor 1. Amor 2. Raúl Brasca

I. A ella le gusta el amor. A mí no. A mí me gusta ella, incluido, claro está, su gusto por el amor. Yo no le doy amor. Le doy pasión envuelta en palabras, muchas palabras. Ella se engaña, cree que es amor y le gusta; ama al impostor que hay en mí. Yo no la amo y no me engaño con apariencias, no la amo a ella. Lo nuestro es algo muy corriente: dos que perseveran juntos por obra de un sentimiento equívoco y otro equivocado. Somos felices.

II. Pretende que yo estoy enamorada del amor y que a él sólo le interesa el sexo. Dejo que lo crea. Cuando su cuerpo me estremece, lo atribuye a sus muchas palabras. Cuando mi cuerpo lo estremece, lo atribuye a su propio ardor. Pero me ama. Y no lo saco de su engaño porque lo amo. Sé muy bien que seremos felices lo que dure su fe en que no nos amamos.

Los juguetes y los cuerpos son

mayo 24, 2011 1 comentario

Mientras sean desaparecidos no puede haber ningún tratamiento especial, es una incógnita, es un desaparecido, no tiene entidad, no está ni muerto ni vivo, está desaparecido.

Jorge Rafael Videla*

El autor firmando ejemplares ©Isabel Cadenas Cañón

Hace unos días entrevisté al escritor y periodista Ernesto Semán sobre su novela Soy un bravo piloto de la nueva China (lamentablemente tuvo que ser vía mail porque al señor se le ocurrió irse a vivir a Brooklyn) y modestia aparte, el autor y yo creemos que el producto final quedó realmente interesante, así que ahí va.

Marina Lijtmaer: Los familiares de desaparecidos reclaman el cuerpo sin vida de las víctimas para devolverles su entidad y su identidad perdida. Pero además, recuperarlos y darles sepultura les permitiría a ellos mismos realizar el duelo y canalizar su angustia. Del mismo modo, Rubén Abdela encuentra en La Isla la manera de reconstruir su pasado y cerrar un capítulo para poder avanzar hacia el futuro. Podemos decir que Ernesto Semán finalmente logró dormir en paz luego de la publicación de esta novela?

Ernesto Semán: No, de ninguna manera, en el sentido de que “logró dormir en paz” suena como un cierre definitivo que, aún si eso fuera lo que el personaje estuviera buscando, no es algo que vaya a encontrar, por lo que termina siendo más importante el recorrido que el resultado. Me da la impresión de que ese recorrido que hace Rubén es un duelo que no hace desaparecer el pasado sino que, al contrario, más bien lo reactualiza, en todo caso para reconciliarse con él. Y en eso quizás uno sí pueda, a su modo, dormir en paz después de haberlo escrito. Hay alguna ambivalencia en eso, una búsqueda de la paz interior pero que implica encontrarse con los propios deseos y temores de uno, por lo cual esa paz implica, al menos para mi, también una dosis variable de “no estar enteramente en paz” con las cosas. No lo siento como contradictorio.

Por otra parte, aun cuando no lo haga por eso, también es cierto que escribir e imaginar futuros y pasados posibles hace que ponga mis propios deseos y temores en perspectiva, y eso también es tranquilizador. Digamos que desde que salió el libro sí he dormido en paz, como lo he hecho antes en otros momentos, aunque también en un modo distinto y singular. Y en todo caso, algo importante: duermo poco, muy poco.

M.L.: Quiero detenerme en la escena de las berenjenas. Esos frascos interminables de berenjenas en escabeche representan varias cosas, por un lado el peso -y la asfixia- que siente Rubén ante esa idishe mame y el inevitable menage à trois que se genera entre madre, hijo varón y novia-nuera. También podemos decir que es una versión moderna de la manzana de Adán y Eva, en ese paraíso extraño que es la Isla. Sin embargo, todo esto bien podría representarse con un tomate y frascos de salsa bolognesa, entonces ¿Por qué las berenjenas?

E.S.: No sabría decirte, no tenía idea antes, pero sí traté de pensarlo últimamente. Mi madre, como todas supongo, se obsesionaba por periodos con distintas comidas, buscando siempre algún signo de aprobación de sus hijos o amigos. Pero, cuando encontraba ese signo, lo malinterpretaba. Lo que quería decir “sí, me gustó,” ella lo leía como “de aquí en más no quiero comer ninguna otra cosa más en mi vida.” Eso pasó, en distintos períodos, con la entraña, la torta de ricotta, las berenjenas, y una especie de tiramisú con merengue al que se le puede atribuir buena parte de la diabetes circulante por la ciudad de Buenos Aires. Una vez que le encontraba la mano, uno podía pasarse meses (digo, varios meses, seis, siete meses) comiendo el mismo plato a cualquier hora del día. Y cuando digo “uno” no me refiero sólo a los hijos. Los amigos, los vecinos, las tías, todos. Era una especie de plaga Las berenjenas al escabeche creo que tuvieron ese rol en más de una oportunidad.

¿Por qué las berenjenas? Es un fruto pre-moderno. Incluso, en esa época requería de una domesticación: eran mucho más ácidas que ahora, y había que curarlas con sal gruesa antes de cocinarla, lo que ahora no es necesario. Y la forma ridícula que tiene resiste cualquier intento de ofrecerla como algo sensual en el mercado, lo cual termina por resaltar la sensualidad que tiene per se, algo cada vez más difícil de encontrar. No lo sé, pero debe haber algo de un fruto prohibido, y algo de su forma que parece del periodo jurásico que me tiene que haber llamado la atención. Sobre todo para quedar en el medio de una escena en la que Rubén está tironeado por los instintos más primarios que uno pudiera imaginar, algo que afronta de una forma no menos primaria.

M.L.: Un dato curioso es que la inicial del nombre de Rubén, igual que el de Rosa y Raquel -sus dos mujeres dominantes del pasado- es la “R”. Lo mismo pasa con Rudolf y (the) Rubber Lady. Clara, que a diferencia de todos los demás forma parte de su momento-presente y va a formar parte de su futuro tiene una “R” pero camuflada entre las demás letras. Los dos hombres en la vida de Rubén, Luis y Agustín, que tienen sobre él una influencia mucho menor, no cumplen con esta regla. ¿Pura casualidad?

E.S: Creo que es pura casualidad, no me di cuenta hasta ver esta pregunta. No lo puedo creer. Y no puedo creer que no me haya dado cuenta antes. Es tal como lo decís. En algún momento las distintas mujeres de la novela tenían los nombres de Sara, Rebeca, Lea y Raquel, las cuatro matriarcas de la religión judía. Después eso era obviamente insostenible con el resto de la historia así que fue desapareciendo. Y el nombre mismo de Rubén surge tanto de un homenaje íntimo como de la búsqueda de un nombre que fuera a contramano de su época, y en la generación de Rubén, el nombre de Rubén es muy poco común. El resto de los nombres surgieron en momentos distintos de la escritura y por razones distintas, pero no dudo de que algo en mi cabeza haya establecido ese orden con la “R”.

M.L: Sabemos que la novela es de carácter autobiográfico o por lo menos se basa en tu historia personal. Sin dar nombres ni detalles comprometedores, ¿Rudolf y The Rubber Lady también están inspirados en personas de tu mundo real?

E.S.: No, no están inspirados en personajes de la vida real, es decir, no más que cualquier ejercicio de la imaginación está inspirado en lo que uno percibe como “mundo real.” Lo que sí pasó, a diferencia de otros casos, es que con el correr de la escritura fueron adquiriendo características de personajes realmente existentes de los que terminé por ser más consciente que con el resto de los personajes. Puedo contestar a preguntas puntuales respecto de tal o cual escena, pero no me sale delatarlos así sin más presión. En los dos casos, se trata de personajes públicos y en ningún caso se trata de una inspiración única, basada en un solo personaje de la vida real, sino en algún collage.

M.L.: Imaginemos que Rubén, ya adulto, con su nueva familia a cuestas y una visión más nítida de la historia se reuniera con su padre en algún lugar del mundo ¿El diálogo estaría lleno de reproches y rencor? ¿O sería una charla sincera, abierta, y hasta habría ternura y empatía?

E.S: Depende en parte de en qué lugar del mundo se reencuentren: En la cancha viendo cómo Argentina queda eliminada del mundial de Sudáfrica, caminando por Nueva Deli en 1870, yendo juntos a ver Casablanca, tirados panza arriba en un rinconcito de Arpoador. Pero en cualquier caso, estoy total y absolutamente seguro de que no habría reproches, y bajo ningún concepto rencor. Del lado de Rubén habría preguntas, dolor, perplejidad, pero en todo caso en conexión con el dolor, la perplejidad y las preguntas de Abdela. Me cuesta mucho saber qué es una charla “sincera, abierta.” En el sentido de que hay cosas en las que no sé si tiene sentido ser tan abierto y sincero, si es necesario o posible hablarlas. ¿Habría ternura y empatía? Sin ningún lugar a dudas, ese es el punto de llegada común de Rubén y de Abdela.

M.L.: Sé que hay gente que sintió bronca y angustia al leerla, sin embargo a mí no me pareció una novela dura, creo que por el tono humorístico y la falta de golpes bajos, pero también porque no es un tema que me toque en lo personal. ¿A vos qué te pasó al escribirla? ¿Te produjo angustia, dolor? ¿Lograste divertirte? ¿O un cocktail con todas esas sensaciones juntas?

E.S.: En general no sufro al escribir, ni me produce angustia ni dolor. No sé si la definición sería “placer” o  que “me divierte,” pero es algo que hago con gusto, aún si al mismo tiempo pienso que podría estar haciendo cualquier otra cosa.

En ese sentido es algo parecido a lo que me pasa con correr, la otra actividad que hago de forma constante en mi vida. Corro casi todos los días desde hace más de 25 años, y no imagino una rutina mía en la que eso no exista. Encuentro una enorme gratificación, algo que me conecta con lo que podría definir como “lo mejor de mí,” aun si no sé qué es. Y sin embargo, cada vez que salgo a correr, como hoy que estaba lloviendo, todas y cada una de las veces, lo primero que pienso es para qué lo hago, si no sería más divertido quedarse en la cama. Con la escritura me pasa lo mismo, en el sentido de que termina por ser ridículo situar al dolor y al placer como dos polos opuestos con gradaciones intermedias, y no como dimensiones que se cruzan y se fusionan en algo más complejo que, supongo, se llama deseo.

A veces me frustra escribir, pero sobre todo por las limitaciones que encuentra uno en su propio lenguaje. Fuera de eso, quizás escribir sea más bien catártico, y lo que uno podría sufrir se lo carga a los personajes. ¿Es así? No tengo idea. Diría que junto al cansancio y la frustración que implica tratar de decir algo y no lograrlo enteramente, también me entretiene escribir. Como también me entretiene el desafío de empujar los límites cada día un poco más y tratar de poder expresar algo que uno tiene en la cabeza y no logra poner en palabras. E imaginar esos futuros o pasados posibles es algo que en algún lugar de la cabeza me genera alguna gratificación, aún si las escenas en sí son dolorosas.

M.L: ¿Qué hizo Rubén con sus 8 mil pesos del botín? (subraye la opción que crea conveniente)

a. Viajó a Polonia y el Líbano para cumplir, una vez más, con las  expectativas de su madre.

b. Le compró a Rudolf una parte de La Isla -posiblemente la concesión del bar

c. Lo invirtió en el proyecto Reconciliation Tour

E.S: Aunque, como suele suceder, muy probablemente en la vida real haya sido más difícil de trazar el recorrido de ese dinero, que se haya ido simplemente en vivir y cubrir gastos aquí y allá, algo que sólo cuando esa plata se acaba y uno mira para atrás puede encontrarle un patrón. Si le compra el bar a Rudolf, le pide que se quede como gerente, porque Rubén es un perfecto inútil para administrar cualquier cosa. Hay que acordarse que son 8 mil dólares, no pesos, estamos hablando de un dinero importante para el imaginario de la familia Abdela. Si fuera a Polonia y el Líbano, sólo lo haría con Agustín, es claramente un viaje de hermanos. La otra alternativa, invertirlo en el Reconciliation Tour, requiere más esfuerzos. Creo que Rubén, en un súbito cambio de personalidad se asociaría con Fausto Capitán para hacer el tour, crearían una organización llamada HIJOS 2.0, y pondrían a Rudolf y The Rubber Lady como Jefes Espirituales del Movimiento.

M.L: Cuando el camarada Abdela volvió de su viaje a China les trajo a sus hijos un avión de juguete al que nombraron Chinastro, ¿Qué le hubiera llevado de Argentina a su-nieto-que-vive-en-el-exterior?

a. Una foto con el Che

b. Al mismísimo Chinastro (o Comenicatró) porque después de todo los  juguetes son – y no hay que andar dándose lujos de burgués.

c. Tres pasajes abiertos con destino a Buenos Aires.

E.S: El juguete ese tiene un componente de tótem que Rubén quiere respetar y reproducir. Cuando un padre no se lo pase a su hijo, que sea por las razones que correspondan, aún si son las más simples. Si le lleva una foto del Che, el nieto le pregunta quién es ese. O lo recibe en el JFK con una remera del Che. O lo paran en aduanas por un exceso de celo. Con Chinastro en cambio, el nieto tiene una intriga que no lo lleva a preguntar nada sino a jugar y jugar, que es de lo que se trata. Los pasajes abiertos con destino a Buenos Aires los descartamos por completo, porque al Hijo de Rubén, como a su padre, no le gusta mucho viajar.

M.L: ¿Qué es lo primero que hace Rubén al volver?

a. Llega a su casa y le cuenta todo a Clara, incluyendo el episodio de la Isla y el encuentro con Raquel.

b. Se hospeda unos días en un hotel (o en lo de un amigo) antes de animarse a enfrentar a Clara y a su futuro con ella.

c. Deja la valija en un locker del aeropuerto y sale a correr.

E.S: Hay una carrera muy chica de cinco kilómetros, que se hace una vez por año en las pistas del JFK. Así que supongamos que Rubén vive en Nueva York, y que esa es la carrera favorita de Rubén. Igual en el JFK no hay más lockers por cuestiones de seguridad, y ese día no se corre esa carrera. Así que va al baño del aeropuerto, se cambia y se pone la ropa para correr. Luego llama a Arecibo, el servicio de remise de su casa. Cuando por fin llegan, le da las valijas y le pide que lleve todo a la casa pero que no toque el timbre, para no despertar a Clara, y que deje todo en la pastelería de al lado. Y recién entonces agarra una de las autopistas laterales y después Atlantic Avenue y corre del aeropuerto a su casa, corre por primera vez desde la muerte de su madre, corre sin el peso de las valijas que trae de Buenos Aires. Y cuando llega a la casa, Clara lo espera con el café recién hecho y un jugo de naranjas recién exprimido.

En cualquier caso jamás le contaría a Clara sobre Raquel, porque eso sería subestimar la inteligencia de ella. Y jamás tendría miedo de enfrentarla. Al contrario, le gusta el rigor que ella le impone, lo extraña.

M.L.: Si Rubén no se hubiera dedicado a la Geografía ni a nada parecido, ¿Cómo se dividiría el libro?

a. Los autos / Los aviones / Los colectivos-submarino

b. Los gatos / Las ratas / Los unicornios

E.S:  c. La gente que empieza con “R”/ La gente que no empieza con “R”/ Los otros

*Tomado del trabajo Memoria e Identidad de Abuelas de Plaza de Mayo 

Onanismo puro

Navego por zapatos rojos y leo unos poemas de Daniel Link  que aunque a él le parezcan malísimos -y está claro por qué- tienen su encanto.  Son pretenciosos, grandilocuentes, hacen alarde de su supuesta genialidad, soy-poeta-y-mirá-lo-que-puedo-escribir (y vos no). Tienen esa ingenuidad y artificialidad de los primeros escritos.

Él dice que años después se dio cuenta de que todos ellos hablan sobre la masturbación. Yo digo que para el adolescente y egocéntrico Link de aquel entonces, el hecho de escribirlos y releerlos debe haber sido la forma más placentera del auto-erotismo.

Copio su mea-culpa del año 2000 (cuyo cierre muestra que le sigue gustando sentirse importante) y después dos de los poemas, uno del ’75 y otro del ’83. (más abajo, una foto del autor donde bien podría ser el hermano menor y sudaca de De Niro).

La clausura de febrero y otros poemas malos

Aclaración

Los poemas aquí reproducidos fueron escritos entre 1974 y 1983 e integran las Obras completas (edición de bolsillo) cuya publicación comenzaré este año. Cuando releo ahora estos viejos poemas me sorprende no tanto lo malos que son (siempre lo supe), sino que todo estuviera, desde el comienzo, articulado como una obra: luego de una Carpeta negra que reúne mi producción quinceañera, planifiqué unos Cuadernos del tiempo con los poemas de la “mayoría de edad” (18 años). Casi todos ellos (me doy cuenta ahora) son una forma de hablar de la masturbación. Mi obra magna, sumamente nerudiana, estaba todavía por ser escrita. La clausura de febrero vino a llenar ese vacío. He seleccionado algunos poemas de aquí y de allí. Son poemas de juventud dominados por la inautenticidad, obsesionados por la belleza, grandilocuentes y declamativos. Hoy sé que lo único que importa en la poesía (en el arte) es la verdad, y si los rescato del merecido olvido en el que habían caído es porque creo que encierran una verdad histórica.

Daniel Link
mayo 2000

Aquí estoy yo,
parado sobre el mundo

(caminar sobre la luna…
parece difícil;
aunque no)

sentado frente a vos
mirándote a los ojos

(todo es posible lo digo yo)

pensando en todo lo que sos
desde hace un tiempo;
desde que supe que detrás
de tu nariz
estabas vos, ¿estabas vos
o yo te hice, cómo fue?

(si me das la mano
la luna ya no existe
sólo vos y yo, y el mundo
por supuesto, pero es otro
mundo
es algo redondo
colgado de un gancho, cerca
de aquella pared
que da vueltas
si vos o yo lo tocamos)

Yo sé que estás ahí
detrás de todo eso
detrás y adentro,
más bien en el fondo
de esto que soy yo,
a veces.
Entonces ésta es la luna
y caminamos sobre ella
y si vos estás dentro de mí
yo estoy en tus ojos
¿Cómo fue que
supimos dónde estamos,
si es que estamos?

28.4.75

Azul
de nuevo azul
–      El bar, claro:
“los tres años de Allende/ mi madre
se volvió a casar/ me convertía
en un criminal/ yo luché
siete años”
Azul, decía. Una conversación azul
y otros murmullos:
¿alrededor?
–     No nene. El ruido
la voz
el pájaro de nuevo:
vos mismo (“tuve una alucinación/
fue con mi padre”) cómo decirte
vos     vos    vos
mismo
el pájaro de nuevo.
Pero es mentira.
Cricket sí pero no tengo cigarrillos.
Mirame azul:
mi mano azul. El humo azul. Un hueco azul.
–     Te ví entre las luces: vos/z
de nuevo el ruido (click clack) y la conversación.
Buah. “Vamos a caminar”.
Vamos al cine.

 10.6.83


Jesús y limosna

Me habla un tipo que está pidiendo plata o vendiendo no sé qué cosa en el semáforo de Santa Fe y Humboldt. No escucho lo que dice porque voy con la música fuerte, no le leo los labios porque el vidrio es polarizado y tampoco hace el gesto universal de la limosna como para facilitar las cosas. Veo que mueve la boca, le hago que no con la cabeza pero me hace gesto de es-un-segundo. Engancha una estampita de Jesús en mi parabrisas y se va. Unos segundos después lo veo volver por el espejito y cuando llega me habla otra vez. Entonces bajo la ventanilla y me saco los lentes de sol para que entienda que estoy llorando y que hoy no quiero que me rompan las pelotas. Igual me dice si tengo unas monedas. Le doy unas cuantas de diez centavos que encuentro tiradas por la cartera y también la estampita porque -creo- no me sirve para nada. Mientras me tocan bocina porque el semáforo se puso en verde me dice “llevala, trae suerte.”

Categorías:Relatos míos Etiquetas:

Dancer in the dark

 

En una nota publicada hoy en Página 12 / Espectáculos por Luciano Monteagudo leo que Lars Von Trier -en el marco de la presentación de su último film en Cannes- dijo que “simpatiza un poco con Hitler”, por lo que varias distribuidoras ya se negaron a estrenar el film en sus países, incluida Argentina.

Ok, está claro que el amigo Lars es un psicópata -y que la pobre Björk debía tener razón cuando lloraba y declaraba que el director era un tirano. El razonamiento que expone para explicar su simpatía por el Führer ademásconfirma que no está muy equilibrado:

Durante mucho tiempo yo pensé que era judío y estaba muy feliz de serlo. Luego comprendí que no lo era. Quería ser judío, pero en realidad me di cuenta de que era un nazi, porque mi madre me reveló que mi familia era alemana, lo cual también me gustaba.  

Pero esto no quiere decir que tengan que dejarme sin ver Melancholia, su última película, que pinta interesante. Como siempre, algunos entienden todo mal.

A %d blogueros les gusta esto: