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Archive for 30 junio 2011

Cómo escribir

Por Leila Guerriero

No tienen por qué saberlo: soy periodista y, a veces, otros periodistas me llaman para conversar. Y, a veces, me preguntan si podría dar algún consejo para colegas que recién empiezan. Y yo, cada vez, me siento tentada de citar la primera frase de un relato de la escritora estadounidense Lorrie Moore, llamado “Cómo convertirse en escritora”, incluido en su libro Autoayuda: “Primero, trata de ser algo, cualquier cosa pero otra cosa. Estrella de cine/astronauta. Estrella de cine/misionera. Estrella de cine/maestra jardinera. Presidente del mundo. Es mejor si fracasas cuando eres joven –digamos, a los catorce–”. Pero no lo hago porque no es eso lo que verdaderamente pienso y porque, en el fondo, dar consejos es oficio de soberbios. Entonces, cuando me preguntan, digo no, ninguno, nada.

Pero hoy es abril y ha sido un buen día. Hice una entrevista con una mujer a quien voy a volver a ver en dos semanas y varios llamados telefónicos que dieron buenos resultados. Compré frutas, conseguí un estupendo curry en polvo. Hay nardos en los floreros de la cocina. Corrí al atardecer. Me siento leve, un poco feroz, arbitraria. De modo que si hoy me preguntaran, les diría: corran. Les diría: sientan los huesos mientras corren como sentirán después las catástrofes ajenas: sin acusar el golpe. Aguanten, les diría. Pasen por las historias sin hacerles daño (sin hacerse daño). Sean suaves como un ala, igual de peligrosos. Y respeten: recuerden que trabajan con vidas humanas. Respeten.

La nota completa acá

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Cherry

Las cerezas
Por Mariano Blatt

bajé a comprar
cervezas y cerezas
pero en el camino
me comí las cerezas
me tomé la cerveza
y ahora
como que me duele la cabeza.
entré en silencio
a lo mejor dormías
recostado en el sillón
desnudo
o apenas tapado. pensé
que si entraba en silencio
no despertarías
entonces yo
mi dolor de cabeza escondería pero
para mi sorpresa
cuando entré no dormías no
cuando entré
me dolías.
miraste las bolsas
“acá no hay cerveza, no hay cerezas
y vos tenés cara
de que te duele la cabeza” dijiste
parado desnudo
contra la cocina
donde cocinabas
jamón cocido.
te pedí disculpas
no me las diste
te pedí la hora
eran las nueve. volviste a la cocina
desnudo
para ver cómo estaba
el jamón cocido para ver
qué pasaba
si no me hablabas.
me quedé en el cuarto
con bolsas vacías en las manos
la mirada perdida en la tele prendida
por plata alguien jugaba al fútbol.
desnudo
volviste de la cocina
me abrazaste
y me dijiste
“el jamón cocido
ya está”.
en la boca
te di un beso
te pedí disculpas
no me las diste
te pedí la hora
eran las nueve
y diez. bajamos juntos
a comprar cerveza
a comprar cerezas.
yo me tomé la cerveza vos
te comiste las cerezas.
te pedí disculpas
no me las diste
te besé en la boca y mi beso tuvo
el sabor amargo de la cerveza
y el tuyo
el saber dulce de las cerezas.

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La gente detrás de las paredes – This is Banksy

Detrás del seudónimo Banksy se esconde el graffitero más famoso del mundo. Activista político, director de cine y artista visual, Banksy se vale del stencil para plasmar su mirada del mundo en puentes, paredes, calles, callejones, persianas, puertas, etc. Todo lo que esté “ahí afuera” es un bastidor potencial, todo el espacio público es espacio a intervenir. La mayoría de sus graffitis son de contenido social, con mensajes pacifistas y de denuncia, siempre con su sello original e irreverente. Lo que lo caracteriza es la oposición de elementos  antagónicos que en el mundo como lo conocemos no podrían convivir. Por ejemplo el alegre y despreocupado Mickey Mouse con la niña que grita desesperada en Vietnam, o una flor de colores con una ametralladora. Pero lo más interesante, como se propone el arte callejero, es el contexto que termina de completar la obra. Por ejemplo en el muro que se alzó en gaza, para dividir las zonas palestinas de las israelíes, Banksy plasmó un soldado abriendo un espacio en la pared. Lo que tiene de particular es que si bien este choque entre símbolos, ya sea dentro del stencil o entre el stencil y su entorno, generan un resultado conmovedor pero a la vez es visualmente atractivo. Otro de los recursos que utiliza es el juego con las palabras y las expresiones, como en su stencil Parking.

Buscando en internet, me encontré con la niña que cachea al policía en una taza,  en un almohadón o en una remera, donde obviamente pierde el significado original y todo su sentido para convertirse en algo que ese graffiti supone denunciar.

Poema con perro, playa, zapatillas y sustancias

junio 22, 2011 1 comentario

Mar del Plata
Por Mariano Blatt

Después estábamos en Mar del Plata
y yo me puse una casaca de los Raptors.
Después nos gritaban cosas como
eh, floggers, eh,
colores, veranos, guachines, tristeza, amigos.
Después fuimos a la playa y tomamos unas cositas
y la playa era mejor.
Después encontramos unos médanos.
Después tomamos otras cositas y la playa era mejor mejor.
Después teníamos auriculares
y nos gritaban cosas porque bailábamos re bien:
eh, floggers, colores, guachines, verano, amuleto, precioso.
Después éramos re bravos porque usábamos una ducha sin pagar carpa.
Después tomé mate y pensé en dios.

Después
corre un perro por la colina
y vos pensás en cosas de este mundo que están en otro mundo
como rayitas entre rayitas de noche se te hace cable suelto la vista
tenés la compu vieja de cabeza la tele mal enchufada
tormenta de cable viento mala señal
aguante la interferencia electrónica
hackeo de cerebro interruptor roto fin del mundo
pero corre un perro por la colina y por alguna razón sos de este mundo
como son de este mundo los videojuegos
las consolas, los parlantes, ese Fiat Uno, las luces rojas
las verdes, las amarillas, el viento, los metales.
El perro que corre por la colina no es de este mundo,
el chico drogado que sube al colectivo es de este mundo
y de otro mundo más lindo, más mundo.

Después tomamos otras cositas
y yo pensé en todos los poetas del mundo.
Dije: poetas del mundo, qué bueno que seamos amigos.
Después pensé en todos los planetas del mundo.
Dije: planetas del mundo, qué bueno que seamos amigos.
Después necesitaba explicar que lo que estaba viendo era verdad:
el cielo violeta.
Después un chico re preciso me escupió en el pie.
Qué asco, me encanta, ¿de qué mundo sos?
Después podés alejarte de las cosas
ves que alguien te habla te dice: escuchá esta canción, te dice
Mar del Plata, el 221, la ciudad, las luces, ¿ves?, te dice.
Pero vos hacés un esfuerzo para saber que esto se llama mundo
eso de allá calle, luces, ciudad, colectivo, policía, cuidado, casino,
Mariano, 25, vacaciones.
Después significa después decís no entiendo nada me encanta ya no me asusta.
Después te preguntan cómo es vos decís
como rayitas entre rayitas como cuando la tele hace mala señal
como cuando corre un perro por la colina atrás corre un caballo
miren una liebre, miren un cuatriciclo
Mariano estás en este mundo, Mariano tenés 25.
Después no sé qué confuso no pasa nada
pasa que se te abrió una cosita en la cabeza que no se tenía que abrir.
¿Ves?, engañaste a dios.
Después hay un chico en Alemania que se llama Nicolás
hizo una canción ¿ves? engañó a dios.
Wow después me pongo la gorrita para atrás
y cargo gasolina con la lengua pa afuera como el perro
que corría por la colina y ahora descansa.
Le acercamos un platito con agua que dice perro
sentís la respiración después ey, uy, ey, la terminal bajamos
mencanta una sirena de policía, confusión, pibito que encara,
Madariaga, ¡qué bueno que seamos amigos!

Después estamos en unas rocas y yo escucho la canción que hizo Nicolás.
Se llama Time is Over el tiempo se acabó
la letra dice
time is over
time is over
Mar del Plata
Mar del Plata
qué buena onda.
Después tomo mate, llueve y soy feliz

Después: qué lindo
las cosas siguen siendo cosas (pasa un chico fumando cigarrillo en bicicleta)
aunque vos ya sabés que no tanto.
Igual, ese es un secreto tuyo con vos mismo:
nunca se lo cuentes a nadie.

Tomado de acá

El Circo do Brasil viaja en tren

Brasil, de Paula Brecciaroli.
Editorial Conejos, 2011.
 117 p.

Tras separarse de su novio, una chica de unos veintitantos -y un evidente trastorno de ansiedad- decide hacer un viaje en tren para estar sola y alejarse un tiempo. Ese viaje iba a ser a Brasil, en avión y con Leo, su ex. Pero ante el cambio de planes ella prepara su mochila-dos días antes- se ocupa de dejar todo en orden en Buenos Aires -ubicar los gatos, vaciar la heladera- y se dispone a olvidar. “Tres días en tren. Sin necesidad de llegar a una ciudad hermosa, sólo viajar.” El destino que figura en el pasaje: La Triple Frontera. Pero Brasil no transcurre en Brasil ni en La Triple Frontera ni en ningún lugar en particular, más bien en el no-lugar que representa el interior de un tren.

La primer novela de Paula Brecciaroli es un diario de viaje, un viaje demencial que parece no tener fin y que desde un primer momento muestra signos de rareza. En la estación antes de partir, y en los primeros tramos del recorrido, somos advertidos de que este viaje no va a ser normal: “El guarda me dijo que todavía no podía subir. Tiene una pelota roja y carnosa en la punta de la nariz… me puse a adivinar, por las formas, las encomiendas… una era una bicicleta fija, otra era la caja de un televisor, otra tenía forma humana. Podrían ser mujeres envueltas en papel madera.” Cuando finalmente nuestra protagonista se ubica, después de elegir estratégicamente el asiento, se sienta al lado suyo un viejo bastante extraño que escribe cosas indescifrables con una letra enroscada. Además de Boris, el viejo, la protagonista viaja cerca de una familia sin padre compuesta por Ludmila, una mujer algo más grande que ella y con una voz insoportable, y sus tres hijos de seis y cinco años, dos de ellos “casi mellizos”. Otro de los pasajeros es Martín, el único que parece más o menos normal y que podría ayudarla a olvidar a Leo. Pero como todo en este viaje, eso también sale mal. En otro vagón viaja un grupo de gitanos que se la pasan festejando, cantando y vendiendo Patys. “Este viaje no es muy popular. Especialmente en esta época del año, que el calor se pega como una bolsa de plástico. Me dijeron que en algunos tramos del viaje tiran piedras”. A medida que transcurren las horas y van dejando atrás (o adelante) calles y pueblos, ella se da cuenta de que algo no va bien. El tren se desvía, sufre algunos problemas técnicos, el maquinista no puede seguir y debe buscarse un reemplazante, el tren no para en las estaciones programadas, el comedor no abre cuando se supone que tiene que hacerlo y ella hace días que perdió su mapa. “Nadie se sorprende de que hace dos horas hayamos pasado por la misma estación. Estamos en Rivas otra vez. Ahí está de nuevo la señora en silla de ruedas. Corre a la par del tren jugándole carreras. Hay tres chicos que se ríen de ella. Antes no los había visto”.

Pero como ella y nosotros sabemos que el trastorno de ansiedad es un virus que una vez que se mete en el cuerpo es difícil de sacar, y también sabemos que éste no nos deja pensar con claridad, todo podría tratarse de su imaginación, de su tendencia a pensar que algo malo siempre está por suceder. Las horas se convierten en días, que se convierten en más días y ya perdimos la cuenta. Ahora todos saben que las cosas perdieron su rumbo pero nadie, además de ella, parece preocuparse. El tren de a poco se convierte en una ciudad, una ciudad como de post-guerra o de película de catástrofe, donde unos pocos sobrevivientes tienen que buscar la manera de subsistir, inventar reglas de convivencia, estar alerta, lavar la ropa como se puede, racionar el agua, establecer sistemas de turnos para el baño, comprar comida antes de que se acabe, cuidar el asiento y todas las pertenencias. Hasta aparece la idea de una conspiración, de un grupo de “insurgentes” que los obliga a organizarse y planear una estrategia como si se tratara de soldados en el frente.

Una escena clave confirma que Brasil se ubica en el género del Relato fantástico como lo concibe Cortázar: se escucha un ruido, algo que golpea el techo del tren cada vez con mayor intensidad, como granizo, como balas. Hasta que descubren lo peor. Como si se tratara de la lluvia de sapos que cae sobre el techo de los autos en “Magnolia” (o los pájaros de Hitchcock) montones de tábanos golpean contra el techo del tren, tratando de entrar, de copar los vagones, atraídos por los restos de comida, la podredumbre y la basura. “Un enjambre volaba alrededor de la bombita del baño formando un pequeño tornado… había una maraña de bichos pegados contra el vidrio, del lado de afuera.” Los pasajeros pronto empiezan a ser picados por lo insectos, primero los chicos, después los adultos. En este punto hay un giro y del enfrentamiento se pasa a la camaradería, hay que pelear contra un enemigo común, externo.

Brasil establece un juego intertextual con dos grandes textos, por un lado La autopista del sur, del libro de cuentos de Cortázar Todos los fuegos el fuego y por otro, la novela El señor de las Moscas de William Golding. En La autopista del sur se produce un embotellamiento y los minutos empiezan a convertirse en horas, días. Los autos están detenidos y las familias empiezan a conocerse, comparten charlas, comida, bebida, se pasan al auto del vecino, los chicos juegan con chicos de otros autos. Nadie sabe qué ocurre más adelante y se tejen hipótesis que luego son desmentidas y reemplazadas por otras. Los rumores corren de auto a auto.

En El Señor de las moscas, un avión sufre un accidente y los únicos sobrevivientes son los chicos. Así, sin adultos, y en medio de una isla desierta, deben arreglárselas como pueden, aprender a convivir y a sobrevivir, a sortear los obstáculos y enfrentar el peligro. En la novela de Golding se muestra cómo el ser humano ante situaciones extremas tiende a lo primitivo, a luchar por la supervivencia y a sacar lo peor de sí mismo. Los chicos se organizan en tribus, se establecen jerarquías de poder, los débiles sufren en manos de los fuertes. Se inventan historias, se corren rumores, y hasta creen ver lo que ellos llaman “la bestia”. Hasta que en un momento, ya desesperados, cazan un jabalí y le cortan la cabeza para clavarlo en un palo y convertirlo en una ofrenda para la bestia. En seguida la cabeza se llena de moscas y los chicos empiezan a hablar así de “el señor de las moscas”. A esa altura, el hambre, el frío, la desesperación se transforman en delirio y algunos de los chicos creen que el señor de las moscas les habla. En la contratapa de la edición de Alianza leemos “La situación límite ideada por William Golding… permite imaginar las posibilidades dramáticas que encierra el estado de naturaleza y el acto fundacional de la sociedad… el deseo de dominación suprime las normas éticas aprendidas y hace surgir los instintos atávicos latentes bajo las costumbres civilizadas”. En Brasil los pasajeros representan la pérdida total de la compostura, los modales, el deber ser como consecuencia de la situación límite que atraviesan. Como decíamos más arriba, hay que defenderse, cuidar el asiento, aprovisionarse, estar alerta.

Entonces, en ambos casos la premisa que recorre el relato es “qué pasa cuando una situación externa, inesperada, hace que un grupo de personas desconocidas tengan que convivir en un espacio-tiempo determinado”. La novela de Paula Brecciaroli parte de esta misma premisa y ese espacio es el tren, con adultos además de chicos, vagones en lugar de autos, grupos de afinidad en lugar de tribus, y desperfectos técnicos en lugar de un embotellamiento o un accidente aéreo. En Brasil no sólo se tejen historias acerca del recorrido del tren sino que a partir de un rumor, creen estar en peligro porque un grupo de insurgentes planea atacar su tren. Podríamos decir que de El señor… toma lo terrorífico y desesperante de la situación y del cuento de Cortázar lo lúdico y grotesco. Porque no todo es miedo, ansiedad y competencia en el tren sino que hasta hay lugar para partidos de fútbol en los baños y pasillos y hasta un baile entre el guarda y el viejo Boris que grita un Sapucai.

Hay una escena clave en Brasil que es el colmo de lo grotesco: los pasajeros descubren que el guarda tiene un bigote falso, adherido con un pegamento berreta que hace que en ocasiones se corra de lugar. Esto, sumado a su aspecto general y al grano rojo en la punta de la nariz hace que la figura de autoridad dentro del tren sea de lo menos creíble y respetable. Esto además, contribuyendo a la sensación de descontrol y desamparo. Y como los pelos de las mujeres empiezan a crecer por el tiempo que hace que no pueden depilarse, éstas empiezan a tener bigotes a partir de lo que Martín teja una teoría conspirativa en la que todos son farsantes. “El guarda es un cobarde. Preguntale por qué se pone bigote. La olla se va a destapar porque huele a podrido” le dice él.

En los tres casos, El señor…, Brasil y La autopista se nos presentan hechos de la vida cotidiana, con los que cualquier lector se siente identificado, para luego introducir un factor anormal, extraño, que irrumpe de pronto generando un clima pesadillesco del que algunos parecen no darse cuenta y los eventos se van asimilando hasta naturalizarse. Estas premisas son las que definen al relato fantástico como lo concibe Cortázar (y Todorov). No es casual que Brecciaroli haya escogido a los tábanos, que también suelen llamarse moscas asesinas como metáfora de la amenaza. Tanto los sapos en Magnolia como los tábanos en Brasil, las moscas en El señor…, los pájaros de Hitchcock y la cucaracha/escarabajo en la que se convierte Gregorio Samsa, representan algunas de las fobias más comunes en la población. Otro de lo puntos que hacen al relato fantástico es que nunca terminamos de entender si se trata del plano de lo real o de la fantasía. ¿Es un sueño? ¿Es la imaginación del narrador? ¿Es real? A diferencia de otros géneros, como el “maravilloso”, donde ocurren cosas imposibles, en el género fantástico las cosas son lo suficientemente extrañas como para creer que se trata de un sueño, pero lo suficientemente posibles como para pensar que puede tratarse de la realidad. Cada hecho, cada elemento, nos da pistas sobre la realidad o irrealidad de la situación, que luego son desmentidas. En “Brasil” no sabemos si todo esto es una fantasía de la protagonista -producto de su ansiedad- si es uno más de los sueños que tiene en el tren, sólo que este lo vive como real y nos avisa que es un sueño, o si realmente las cosas están ocurriendo como ella las describe.

Brasil puede leerse como una aventura liviana y entretenida. O podemos mirar debajo de la superficie, de esa capa de mugre y tábanos, y encontrar su contra cara siniestra. Si eligen la segunda opción (como yo) entenderán que Brasil constituye una mirada inteligente y original sobre las relaciones humana, el hombre y la mujer, las soledad, los chicos y los adultos, los temores y los deseos.

¡Buen viaje! / Boa Viagem!

Menos botineras y más finales de juego

…hace poco hubo otra noticia que pasó algo más inadvertida y tendrá un peso más relevante en el futuro: la Dirección de Educación y Cultura de la provincia de Buenos Aires convocó a un comité de críticos y escritores para establecer un listado de libros que serán comprados y distribuidos en 6 mil bibliotecas escolares, y que servirán como orientación para el dictado de las materias de literatura en el secundario. O lo que es lo mismo: crear una “Biblioteca básica de literatura argentina” que actualice el listado de autores de lectura imprescindible para los alumnos, que hasta ahora dependía más bien de los gustos y humores de profesores y maestros. Ricardo Piglia, Angela Pradelli, Daniel Link, Juan Becerra y Arturo Carrera debatieron y llegaron a un primer listado de diez títulos: Martín Fierro de José Hernández; Facundo de Sarmiento; Una excursión a los indios ranqueles de Lucio Mansilla; El juguete rabioso de Roberto Arlt; Zama de Antonio Di Benedetto; Cae la noche tropical de Manuel Puig; El entenado de Juan José Saer; Bestiario de Julio Cortázar; La furia de Silvina Ocampo y, sí, Ficciones, de Borges. Y anunciaron la edición de una antología de cuentos y otra de poesía, con la presencia de autores poco difundidos en los colegios como Miguel Briante, Rodolfo Walsh, Haroldo Conti, Macedonio Fernández, Copi, Germán Rozenmacher, Ezequiel Martínez Estrada, Daniel Moyano, Héctor Viel Témperley y Joaquín Giannuzzi. Una selección que intentará quebrar el canon cristalizado de los manuales y crear nuevos lectores entre los jóvenes, ya que sin que ello suceda (pronto) no existirá contrato millonario o pase estelar que valga, ni que importe.

Esto fue publicado por Maximilano Tomás en la sección Columnistas de Perfil del día de hoy y me parece súper importante aunque, como aclara él, no fue muy difundida, supongo que daba más rating el caso Nara/Furlan. Lo que me resulta novedoso es que ásta lista forme parte de la literatura obligatoria del programa oficial y por lo tanto llegue a todos los colegios, público o privados, y no a un puñado de colegios algo progresistas y de gente “privilegiada” (como el mío). Entre los años 1992 y 1997 cursé el secundario en un colegio bastante progre (ahora devenido en “nuevo rico”) y algunos de estos autores/títulos -sobre todo los más clásicos dentro de lo no tan clásico- formaban parte del programa de Literatura, que era la materia con mayor carga horaria (el titulo era Bachiller especializado en ciencias y letras). Recuerdo sobre todo algunos títulos/autores de tercer año, que me marcaron profundamente y gracias a los cuales hoy hago lo que hago y soy lo que soy: casi todo Cortázar, Boquitas pintadas de Puig, El juguete rabioso de Arlt, Mundo animal de Di Benedetto, y también los no argentinos – que escapan a esta noticia pero con los que ocurre algo similar- principalmente Kafka.

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Salvavidas de literatura o ningún pibe nace poeta

junio 16, 2011 5 comentarios

Caripela por 500. Si cualquiera viese a Camilo en el bondi, en el tren, en la calle, cualquiera diría que Camilo es un negro de la villa, un negro de mierda. Cualquiera diría que Camilo nació chorro y que te va a robar porque eso es, un chorro. Están los negros de mierda que nacen chorros y mueren chorros, y estamos todos los demás, que morimos gente bien.

El pibe chorro ya nace queriendo robarle la cadenita de oro al obstetra, los anillos a la nurse y la billetera a todos los demás. Todavía no terminó de salir de la concha negra de su madre y ya quiere irse a la concha de la lora, a hacer alguna con los pibes. El pibe chorro a veces nace ochomesino, de pura ansiedad por salir a robar. A veces está en incubadora porque nació mini-negro de mierda y no ve la hora de ir a comprar paco, de aspirar pegamento. Camilo no quiere que las enfermeras limpien la sangre porque a Camilo le fascina la sangre. Acaba de nacer y ya le gusta la muerte. No ve la hora de que lo caguen a palos en todos lados, en su casa, en la calle, los grandes y los chicos, los malos y los buenos.

Camilo a los 2 años años ya merece que le enseñen lo que es el rigor. Que los malos tienen derecho a pegarle porque eso son, malos. Y los buenos también,  porque por algo son buenos. Justicia por mano propia. El mini-villero ya siente placer al pensar en tiros, balas, sangre. Hasta le gusta la basura. No ve la hora de salir del sanatorio y empezar a robar. Por eso el llanto desconsolado, por eso el pataleo.  Camilo no  sufre de hambre porque está acostumbrado, porque está en sus genes ser negro-de-la-villa-muerto-de-hambre.

Cualquiera no diría que Camilo da charlas sobre inseguridad y que le presta libros a sus compañeros de choreo. Cualquiera no diría que Camilo edita una revista que se llama ¿Todo piola? y que en esas dos palabras sintetiza la idea de pensadores, filósofos y demás gente bien que nació para profesional. Dos palabras para resumir la teoría marxista de la conciencia de clase.

Cualquiera no se plantearía cómo un pibe que vivió la mitad de su vida rodeado de tiros, golpes, paco, mierda, bronca, y la otra mitad adentro de la cárcel, por negro de mierda, puede capitalizar toda esa experiencia y convertirla en palabras,  en literatura. Cualquiera no pensaría que Camilo Blajaquis es el nombre artístico de César González, un negro de mierda que ¿cómo va a tener un nombre artístico si ni siquiera merece tener un nombre?

Si Camilo no sabe lo que es la resiliencia, debería. Si cualquiera no lo sabe, también.

 

Mi cabeza empezó a cambiar, a incorporar cosas nuevas; todo un mundo que no conocía hasta antes de caer preso, cuando me di cuenta de todo lo que se le oculta a un joven que le toca nacer en un barrio de clase baja, en una condición pobre y humilde como en la que nací. Aparte de excluirte económicamente, te excluyen cultural y simbólicamente. Te excluyen porque sos el negro de una villa, el negro de mierda, vas a ser chorro, obrero y nada más. El sistema te excluye y es mucho más cruel de lo que uno cree –repasa su aprendizaje–. Lo que juega es una exclusión simbólica: el de la villa es un ignorante, es un posible delincuente. Empecé a usar esto que tengo acá arriba para algo productivo, para algo que me diera vida, que me diera fuerza. Y digo vida porque estaba muerto en vida: 16 años, seis balazos de la policía, me quedaban cinco años de cárcel; ingresé a un instituto con los clavos en las piernas, en muletas, pesando 50 kilos. Realmente estaba muerto.

Una vez que empecé a leer compulsivamente también comencé a incorporar palabras nuevas, reflexiones, sueños, esperanzas nuevas… sentí que mi vida podía ser más interesante que rejas y plomos policiales. Apareció una luz en las tinieblas. Y esa luz fue el arte, la poesía. Necesitaba materializar tanta necesidad de desahogarme, darle forma a todo eso. Y empecé a escupir en una hoja sin saber bien qué nombre tenía eso que estaba escupiendo. Al pasar el tiempo lo fui fortaleciendo y puliendo, quise mejorar la estética hasta que me atreví a llamar “poesía” a toda esa rabia que descargaba mi cuerpo. Si no fuera por la literatura, ya estaría muerto y sería un número más en los legajos policiales.

  

Esquema de un espejo
Camilo Blajaquis

con estilo hombre
no seas común es aburrido
con estilo uno ve

cosas que otros no
zapatos rotos y rayuelas hecha con piedra
el antiguo imperio

en el constante imperio
que tiene nuevo manager
escupile arte en la cara

quizás reviva
enseñale a caminar
al pobre idiota malcriado

¿rima esto? no me importa
si la torta sigue mal cortada
y el cuchillo es de los mismos

a conformarse con las sobras
jodete si estas frío y lo escondes
esto es la ruleta y el castillo de naipes
no escribo por payaso

para eso están los diarios
escribo desde allá…lejos, muy lejos
dimensión de un pendejo

que solo desea un tubo de oxigeno
agua si hace calor
abrigo cuando hace frío.

mandate hasta al fondo
no tengas miedo no te escapes
vení que te muestro

en un segundo mil desastres
lo ves, lo escuchas, lo sentís
pero cerrás el orto y seguís de largo

el mundo del revés absoluto
los obreros del revés nosotros

Cross a la mandíbula
Camilo Blajaquis

Estrellas lejanas brillantes e inspiradoras,
balas perforando sienes,
celdas cerrando sus puertas
suicidios a causa del miedo.
Primaveras, enamorados y chocolate
exclusión económica
exclusión cultural
exclusión psicológica.
Sol radiante, jardín de flores y aves cantoras
heridas con supura, torturados y esclavizados.
Cielo de azul fresco, aire calmo y la montaña
HIV, basurales, tristezas y resignaciones.
Rayos de luz, el mar inmenso, los bosques
infancias a puro dolor, ausencias, envidias.
Selvas, lagunas, desiertos, glaciares
traiciones, masacres, contaminantes, mugre
La luna, las nubes, los ríos, la vida
el ser humano, propiedad privada, dinero, la muerte.

 

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