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El Circo do Brasil viaja en tren

Brasil, de Paula Brecciaroli.
Editorial Conejos, 2011.
 117 p.

Tras separarse de su novio, una chica de unos veintitantos -y un evidente trastorno de ansiedad- decide hacer un viaje en tren para estar sola y alejarse un tiempo. Ese viaje iba a ser a Brasil, en avión y con Leo, su ex. Pero ante el cambio de planes ella prepara su mochila-dos días antes- se ocupa de dejar todo en orden en Buenos Aires -ubicar los gatos, vaciar la heladera- y se dispone a olvidar. “Tres días en tren. Sin necesidad de llegar a una ciudad hermosa, sólo viajar.” El destino que figura en el pasaje: La Triple Frontera. Pero Brasil no transcurre en Brasil ni en La Triple Frontera ni en ningún lugar en particular, más bien en el no-lugar que representa el interior de un tren.

La primer novela de Paula Brecciaroli es un diario de viaje, un viaje demencial que parece no tener fin y que desde un primer momento muestra signos de rareza. En la estación antes de partir, y en los primeros tramos del recorrido, somos advertidos de que este viaje no va a ser normal: “El guarda me dijo que todavía no podía subir. Tiene una pelota roja y carnosa en la punta de la nariz… me puse a adivinar, por las formas, las encomiendas… una era una bicicleta fija, otra era la caja de un televisor, otra tenía forma humana. Podrían ser mujeres envueltas en papel madera.” Cuando finalmente nuestra protagonista se ubica, después de elegir estratégicamente el asiento, se sienta al lado suyo un viejo bastante extraño que escribe cosas indescifrables con una letra enroscada. Además de Boris, el viejo, la protagonista viaja cerca de una familia sin padre compuesta por Ludmila, una mujer algo más grande que ella y con una voz insoportable, y sus tres hijos de seis y cinco años, dos de ellos “casi mellizos”. Otro de los pasajeros es Martín, el único que parece más o menos normal y que podría ayudarla a olvidar a Leo. Pero como todo en este viaje, eso también sale mal. En otro vagón viaja un grupo de gitanos que se la pasan festejando, cantando y vendiendo Patys. “Este viaje no es muy popular. Especialmente en esta época del año, que el calor se pega como una bolsa de plástico. Me dijeron que en algunos tramos del viaje tiran piedras”. A medida que transcurren las horas y van dejando atrás (o adelante) calles y pueblos, ella se da cuenta de que algo no va bien. El tren se desvía, sufre algunos problemas técnicos, el maquinista no puede seguir y debe buscarse un reemplazante, el tren no para en las estaciones programadas, el comedor no abre cuando se supone que tiene que hacerlo y ella hace días que perdió su mapa. “Nadie se sorprende de que hace dos horas hayamos pasado por la misma estación. Estamos en Rivas otra vez. Ahí está de nuevo la señora en silla de ruedas. Corre a la par del tren jugándole carreras. Hay tres chicos que se ríen de ella. Antes no los había visto”.

Pero como ella y nosotros sabemos que el trastorno de ansiedad es un virus que una vez que se mete en el cuerpo es difícil de sacar, y también sabemos que éste no nos deja pensar con claridad, todo podría tratarse de su imaginación, de su tendencia a pensar que algo malo siempre está por suceder. Las horas se convierten en días, que se convierten en más días y ya perdimos la cuenta. Ahora todos saben que las cosas perdieron su rumbo pero nadie, además de ella, parece preocuparse. El tren de a poco se convierte en una ciudad, una ciudad como de post-guerra o de película de catástrofe, donde unos pocos sobrevivientes tienen que buscar la manera de subsistir, inventar reglas de convivencia, estar alerta, lavar la ropa como se puede, racionar el agua, establecer sistemas de turnos para el baño, comprar comida antes de que se acabe, cuidar el asiento y todas las pertenencias. Hasta aparece la idea de una conspiración, de un grupo de “insurgentes” que los obliga a organizarse y planear una estrategia como si se tratara de soldados en el frente.

Una escena clave confirma que Brasil se ubica en el género del Relato fantástico como lo concibe Cortázar: se escucha un ruido, algo que golpea el techo del tren cada vez con mayor intensidad, como granizo, como balas. Hasta que descubren lo peor. Como si se tratara de la lluvia de sapos que cae sobre el techo de los autos en “Magnolia” (o los pájaros de Hitchcock) montones de tábanos golpean contra el techo del tren, tratando de entrar, de copar los vagones, atraídos por los restos de comida, la podredumbre y la basura. “Un enjambre volaba alrededor de la bombita del baño formando un pequeño tornado… había una maraña de bichos pegados contra el vidrio, del lado de afuera.” Los pasajeros pronto empiezan a ser picados por lo insectos, primero los chicos, después los adultos. En este punto hay un giro y del enfrentamiento se pasa a la camaradería, hay que pelear contra un enemigo común, externo.

Brasil establece un juego intertextual con dos grandes textos, por un lado La autopista del sur, del libro de cuentos de Cortázar Todos los fuegos el fuego y por otro, la novela El señor de las Moscas de William Golding. En La autopista del sur se produce un embotellamiento y los minutos empiezan a convertirse en horas, días. Los autos están detenidos y las familias empiezan a conocerse, comparten charlas, comida, bebida, se pasan al auto del vecino, los chicos juegan con chicos de otros autos. Nadie sabe qué ocurre más adelante y se tejen hipótesis que luego son desmentidas y reemplazadas por otras. Los rumores corren de auto a auto.

En El Señor de las moscas, un avión sufre un accidente y los únicos sobrevivientes son los chicos. Así, sin adultos, y en medio de una isla desierta, deben arreglárselas como pueden, aprender a convivir y a sobrevivir, a sortear los obstáculos y enfrentar el peligro. En la novela de Golding se muestra cómo el ser humano ante situaciones extremas tiende a lo primitivo, a luchar por la supervivencia y a sacar lo peor de sí mismo. Los chicos se organizan en tribus, se establecen jerarquías de poder, los débiles sufren en manos de los fuertes. Se inventan historias, se corren rumores, y hasta creen ver lo que ellos llaman “la bestia”. Hasta que en un momento, ya desesperados, cazan un jabalí y le cortan la cabeza para clavarlo en un palo y convertirlo en una ofrenda para la bestia. En seguida la cabeza se llena de moscas y los chicos empiezan a hablar así de “el señor de las moscas”. A esa altura, el hambre, el frío, la desesperación se transforman en delirio y algunos de los chicos creen que el señor de las moscas les habla. En la contratapa de la edición de Alianza leemos “La situación límite ideada por William Golding… permite imaginar las posibilidades dramáticas que encierra el estado de naturaleza y el acto fundacional de la sociedad… el deseo de dominación suprime las normas éticas aprendidas y hace surgir los instintos atávicos latentes bajo las costumbres civilizadas”. En Brasil los pasajeros representan la pérdida total de la compostura, los modales, el deber ser como consecuencia de la situación límite que atraviesan. Como decíamos más arriba, hay que defenderse, cuidar el asiento, aprovisionarse, estar alerta.

Entonces, en ambos casos la premisa que recorre el relato es “qué pasa cuando una situación externa, inesperada, hace que un grupo de personas desconocidas tengan que convivir en un espacio-tiempo determinado”. La novela de Paula Brecciaroli parte de esta misma premisa y ese espacio es el tren, con adultos además de chicos, vagones en lugar de autos, grupos de afinidad en lugar de tribus, y desperfectos técnicos en lugar de un embotellamiento o un accidente aéreo. En Brasil no sólo se tejen historias acerca del recorrido del tren sino que a partir de un rumor, creen estar en peligro porque un grupo de insurgentes planea atacar su tren. Podríamos decir que de El señor… toma lo terrorífico y desesperante de la situación y del cuento de Cortázar lo lúdico y grotesco. Porque no todo es miedo, ansiedad y competencia en el tren sino que hasta hay lugar para partidos de fútbol en los baños y pasillos y hasta un baile entre el guarda y el viejo Boris que grita un Sapucai.

Hay una escena clave en Brasil que es el colmo de lo grotesco: los pasajeros descubren que el guarda tiene un bigote falso, adherido con un pegamento berreta que hace que en ocasiones se corra de lugar. Esto, sumado a su aspecto general y al grano rojo en la punta de la nariz hace que la figura de autoridad dentro del tren sea de lo menos creíble y respetable. Esto además, contribuyendo a la sensación de descontrol y desamparo. Y como los pelos de las mujeres empiezan a crecer por el tiempo que hace que no pueden depilarse, éstas empiezan a tener bigotes a partir de lo que Martín teja una teoría conspirativa en la que todos son farsantes. “El guarda es un cobarde. Preguntale por qué se pone bigote. La olla se va a destapar porque huele a podrido” le dice él.

En los tres casos, El señor…, Brasil y La autopista se nos presentan hechos de la vida cotidiana, con los que cualquier lector se siente identificado, para luego introducir un factor anormal, extraño, que irrumpe de pronto generando un clima pesadillesco del que algunos parecen no darse cuenta y los eventos se van asimilando hasta naturalizarse. Estas premisas son las que definen al relato fantástico como lo concibe Cortázar (y Todorov). No es casual que Brecciaroli haya escogido a los tábanos, que también suelen llamarse moscas asesinas como metáfora de la amenaza. Tanto los sapos en Magnolia como los tábanos en Brasil, las moscas en El señor…, los pájaros de Hitchcock y la cucaracha/escarabajo en la que se convierte Gregorio Samsa, representan algunas de las fobias más comunes en la población. Otro de lo puntos que hacen al relato fantástico es que nunca terminamos de entender si se trata del plano de lo real o de la fantasía. ¿Es un sueño? ¿Es la imaginación del narrador? ¿Es real? A diferencia de otros géneros, como el “maravilloso”, donde ocurren cosas imposibles, en el género fantástico las cosas son lo suficientemente extrañas como para creer que se trata de un sueño, pero lo suficientemente posibles como para pensar que puede tratarse de la realidad. Cada hecho, cada elemento, nos da pistas sobre la realidad o irrealidad de la situación, que luego son desmentidas. En “Brasil” no sabemos si todo esto es una fantasía de la protagonista -producto de su ansiedad- si es uno más de los sueños que tiene en el tren, sólo que este lo vive como real y nos avisa que es un sueño, o si realmente las cosas están ocurriendo como ella las describe.

Brasil puede leerse como una aventura liviana y entretenida. O podemos mirar debajo de la superficie, de esa capa de mugre y tábanos, y encontrar su contra cara siniestra. Si eligen la segunda opción (como yo) entenderán que Brasil constituye una mirada inteligente y original sobre las relaciones humana, el hombre y la mujer, las soledad, los chicos y los adultos, los temores y los deseos.

¡Buen viaje! / Boa Viagem!

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