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Crónica con llanto, machismo y cemento

Por Marcos Lizenberg

Cuirosa secuencia: voy caminando por Gurruchaga y me cruzo con Paola Krum. La reconozco casi cuando la tengo en frente y observo al grupo que la prosigue en la calle sin saber si forman parte de un séquito o simplemente son transeúntes independientes, caminando azarosamente juntos a unos pocos pasos de una actríz bonita y reconocida. Pienso: esa mujer salió con Spinetta. Pienso: ese pensamiento tiene algo de machista. Sin embargo prosigo mi camino ligeramente más alegre que antes (ya venía razonablemente feliz, con ese espíritu literario que a uno lo predispone de forma arriesgada hacia la realidad, o al menos eso es lo que uno quiere creer). La visión de un adolescente corpulento saliendo de un edificio -y de una historia entrevista en sus movimientos, perfectamente normales- fortalece mi suave regocijo. A los pocos metros pienso, por supuesto, en Bolaño, pero sobre todo en su cuento La Nieve, el cual releí por fragmentos esta mañana, y me dejo obnubilar por ese canto a la fiesta, por ese canto a la vida que es la literatura del mejor Bolaño. Pero también, advierto, Bolaño habla del horror. El horror: esa presencia absolutamente moderna. Más o menos a los tres segundos levanto la mirada -o me concentro en lo que estoy mirando, que es lo mismo- y veo la cara diamantina de Alan Pauls. Viene de frente y su visión no me sorprende pero me conduce a una pregunta: ¿tengo algo que decirle yo a este tipo, entiéndase: a este escritor? Me detengo y dejo que la pregunta haga eco en mi cabeza y en mi cuerpo. Pauls ha ingresado a un garage enorme, gris, poco confortable, es decir a un garage de lo más común. Al lado mío una pareja discute (los otros caminantes, que por supuesto no han seguido la pista de Pauls, pasan y miran de reojo) y él, mientras ella permanece en silencio, tira unas hojas al piso diciendo: “Yo leí cada palabra de amor, cada una de estas palabras, ¿entendés?, cada una de estas palabras leí yo…”. Doy un paso adelante, me asomo al garage en cuestión: una mujer boliviana o peruana o tal vez tan solo una vieja me mira desde la garita. Al fondo un auto arranca y se mueve hacia la entrada, y cuando pasa a mi lado decido mirar a Pauls como lo haría Chapman antes de matar a Lennon, o como lo haría un hijo al mirar a un padre que lo abandonó hace tiempo (hace tanto que este último ya no lo reconoce), o como lo haría un mendigo al mirar pasar su propio fantasma. Pauls, claro, se siente alarmado, no tanto como para detener el auto y bajarse en la vereda del estacionamiento pero sí lo suficiente como para que me mire de una forma a la vez calma, fría y salvaje (con algo de asesino natural, elegante y dotado que yo ya había adivinado en alguna entrevista periodística) y entonces yo, inmóvil en la penumbra, adivine sus ojos fijos en el espejo retrovisor -sus ojos silenciosos- mientras el coche se aleja.

A las pocas horas compro “Historia del llanto” y lo empiezo a leer.

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  1. septiembre 25, 2011 en 12:08 am

    PARKING – PARK
    Muy buena foto!!!
    No entiendo lo del “machismo”
    Lo significativo del stencil como arte urbano:
    la capacidad de conectar de manera sintética
    un lugar con un momento, o sea de evocar una realidad.

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