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Esto es amor a primera vista

Como algunos sabrán (y otros no) estoy incursionando en el arte de la Narración oral, Cuentacuentos, Storytelling o como quieran llamarlo. Es como un mundo nuevo, enorme, lleno de colores brillantes, de formas y texturas. Por ahora soy una especie de esponja que recibe data, nombres, historias, eventos, fechas, y todo va teniendo que ver con todo (serendipity como dirían los yanquis o ingleses).

Mi participación activa en este universo por ahora se limita a asistir los martes a las 19hs a un taller en Studio Shenkin (AMIA) a cargo de Laura Müller, en el que me anoté como por casualidad y jamás imaginé que iba a pasar esto. ¿Ésto qué? No sé todavía -está en etapa de gestación- pero sé que entre este mundo nuevo y yo hay algo. Es una sensación que no podría explicar, como cuando lees un poema o un cuento o ves una película y tenés ganas de decirle  “Che, sí, a vos te hablo, escuchame, esto no termina acá. Vos y yo tenemos que hablar, largo y tendido”. Como como cuando te cruzás por primera vez con alguien y sentís que lo conocés de toda la vida; una energía, una mirada, no sé; la otra persona te entiende y vos a ella y es la primera vez que saben de la existencia del otro.  Acá hay algo y estoy buscando qué es.

En el taller se nos propuso elegir un relato corto,  tomarlo y hacerlo nuestro, trabajarlo, analizarlo, reestructurarlo, desnudarlo, darlo vuelta, jugar, abrazarlo, besarlo, apropiarse de él, dejarlo ir y volverlo a agarrar. El afortunado que se está dejando manosear por mí es La soga de Silvina Ocampo. Así que a continuación va el texto original y luego mi propia versión -no definitiva- que se supone voy a narrar cuando me anime.

Eso es todo amigos. Ah, no, de yapa va el link a la programación de tedoymipalabra N10, un festival internacional con narradores from all over the world. Lejaim!

http://www.tedoymipalabra.com.ar/

1. La Soga (Silvina Ocampo)

A Antoñito López le gustaban los juegos peligrosos: subir por la escalera de mano del tanque de agua, tirarse por el tragaluz del techo de la casa, encender papeles en la chimenea. Esos juegos lo entretuvieron hasta que descubrió la soga, la soga vieja que servía otrora para atar los baúles, para subir los baldes del fondo del aljibe y, en definitiva, para cualquier cosa; sí, los juegos lo entretuvieron hasta que la soga cayó en sus manos. Todo un año, de su vida de siete años, Antoñito había esperado que le dieran la soga; ahora podía hacer con ella lo que quisiera. Primeramente hizo una hamaca colgada de un árbol, después un arnés para el caballo, después una liana para bajar de los árboles, después un salvavidas, después una horca para los reos, después un pasamano, finalmente una serpiente.

Tirándola con fuerza hacia delante, la soga se retorcía y se volvía con la cabeza hacia atrás, con ímpetu, como dispuesta a morder. A veces subía detrás de Toñito las escaleras, trepaba a los árboles, se acurrucaba en los bancos. Toñito siempre tenía cuidado de evitar que la soga lo tocara; era parte del juego. Yo lo vi llamar a la soga, como quien llama a un perro, y la soga se le acercaba, a regañadientes, al principio, luego, poco a poco, obedientemente. Con tanta maestría Antoñito lanzaba la soga y le daba aquel movimiento de serpiente maligna y retorcida que los dos hubieran podido trabajar en un circo. Nadie le decía: “Toñito, no juegues con la soga.”La soga parecía tranquila cuando dormía sobre la mesa o en el suelo. Nadie la hubiera creído capaz de ahorcar a nadie. Con el tiempo se volvió más flexible y oscura, casi verde y, por último, un poco viscosa y desagradable, en mi opinión. El gato no se le acercaba y a veces, por las mañanas, entre sus nudos, se demoraban sapos extasiados. Habitualmente, Toñito la acariciaba antes de echarla al aire, como los discóbolos o lanzadores de jabalinas, ya no necesitaba prestar atención a sus movimientos: sola, se hubiera dicho, la soga saltaba de sus manos para lanzarse hacia delante, para retorcerse mejor. Si alguien le pedía: —Toñito, préstame la soga-  El muchacho invariablemente contestaba: —No-. A la soga ya le había salido una lengüita, en el sito de la cabeza, que era algo aplastada, con barba; su cola, deshilachada, parecía de dragón. Toñito quiso ahorcar un gato con la soga. La soga se rehusó. Era buena. ¿Una soga, de qué se alimenta? ¡Hay tantas en el mundo! En los barcos, en las casas, en las tiendas, en los museos, en todas partes… Toñito decidió que era herbívora; le dio pasto y le dio agua.

La bautizó con el nombre Prímula. Cuando lanzaba la soga, a cada movimiento, decía: “Prímula, vamos Prímula.” Y Prímula obedecía.Toñito tomó la costumbre de dormir con Prímula en la cama, con la precaución de colocarle la cabecita sobre la almohada y la cola bien abajo, entre las cobijas.Una tarde de diciembre, el sol, como una bola de fuego, brillaba en el horizonte, de modo que todo el mundo lo miraba comparándolo con la luna, hasta el mismo Toñito, cuando lanzaba la soga. Aquella vez la soga volvió hacia atrás con la energía de siempre y Toñito no retrocedió. La cabeza de Prímula le golpeó el pecho y le clavó la lengua a través de la blusa.Así murió Toñito. Yo lo vi, tendido, con los ojos abiertos.La soga, con el flequillo despeinado, enroscada junto a él, lo velaba.

2. Versión libre, propia y provisoria de “La soga” by me.

La historia que les voy a contar, trata de la amistad seguida de traición, de una soga pálida y apática (como todas las sogas) y un niño de siete años amante del peligro (como casi todos los niños).

Un día frío de otoño Antoñito Lopez se escondió en el sótano de su casa, y entre  herramientas y otras cosas aburridas descubrió la soga, una soga vieja que servía para atar baúles, subir los baldes del aljibe y ¡¡vaya a saber uno qué cosas más!! Todo un año de su vida de siete años Antoñito había esperado que le dieran la soga y ahora que la tenía podía hacer con ella lo que quisiera. Entonces probó todo tipo de usos y aplicaciones hasta que decidió que sería su mascota ¡La más fiel y peligrosa de todas las mascotas! Con tanta maestría Antoñito manejaba su soga que la gente hubiera pagado por verlos en un espectáculo en el circo. Con el tiempo la soga se fue poniendo verde y viscosa, tanto, que el gato no se le acercaba y a veces, entre sus nudos se demoraban sapos extasiados.

Todas las noches la soga esperaba a su amo en la cama, quieta, a punto de dormirse, como muerta. Pero un domingo cualquiera, ella soñó que se llamaba Prímula y que era la serpiente más temida y malvada del mundo -hasta el más valiente de los héroes lloraría de miedo ante su presencia-. Esa misma noche Antoñito soñó que tenías doce años y se graduaba de la escuela primaria ante la mirada orgullosa y los aplausos de sus padres. A la mañana siguiente, cuando la mamá de Toñito abrió la puerta para levantarlo y servirle el desayuno, lo vio tendido en la cama, con una soga vieja alrededor del cuello y sus manitos como haciendo el nudo perfecto de una corbata. La lengua afuera, morada y los ojos como platos. Así fue como Antoñito López perdió la vida, su corta vida de siete años.

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  1. octubre 2, 2012 en 6:55 pm

    I want to to thank you for this excellent read!! I definitely loved every little bit of it.
    I have got you saved as a favorite to look at new things you post…

  1. noviembre 12, 2011 en 4:24 pm

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