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Archive for the ‘Relatos míos’ Category

De caballeros en el siglo XXI

Recordarán que el lunes, ofuscada con los histéricos hablaba de un tal “pelotudo” por el que tuve que tirar a la basura 10-15-20 años de libido, pulsión y un poco de amor. Cuestión que al día siguiente (martes, ayer) tuve ganas de volver, abrí el container verde (para reciclables) y encontré toda esa mezcla más mezclada y apachurrada totalmente amorfa. Calcé guantes de latex y me la traje conmigo para poner manos a la obra. Se mojó un toque (“el llanto medio u ordinario consiste en una contracción general del rostro y un sonido espasmódico acompañado de lágrimas y moco” – aunque Don Julio la pifia con lo de que la duración media es de tres minutos.

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Usé el agua salada para amalgamar mientras trataba de unir las piezas (con malos resultados) Me di cuenta de que podía desarmarlo todo y empezar de cero. Con sangre (tengo gingivitis) sudor y lágrimas logré una masa nueva, con bordes mucho más definidos… fueron desapareciendo la libido y la pulsión -del amor queda un toque-. Me gusta este nuevo coso que armé que tiene más que ver con la ternura, el afecto, y las cosas del querer, pero de otros quereres. Todo es menos carnal y más abrazos. Me alivia y me da paz saber que en el siglo XXI hay un histérico menos en el universo.  Ex pelotudo: 1 / Marina: 1

 

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A vueltas con “La soga” de S. Ocampo. Versión propia y libre (no gratuita)

octubre 12, 2012 1 comentario

Ilustración de Ignacio Fullone Staude

Con el tiempo y las veredas la soga se fue poniendo verde y pegajosa y se empezó a deshilachar pero esto a Antoñito no parecía importarle. Una noche se fue a dormir con la soga -como hacía todas las noches-  pero esta vez ella tuvo un sueño extraño: soñó que se llamaba Prímula y que era la más peligrosa de todas las serpientes. Esa misma noche Antoñito soñó que tenía doce años y se graduaba de la primaria, de traje y radiante ante la mirada orgullosa de sus padres.

A la mañana siguiente, cuando la mamá de Antoñito abrió la puerta para servirle las tostadas y el café con leche, ahí lo vio. Tendido en la cama, duro, con la soga en el cuello y sus manos como haciendo el nudo perfecto de una corbata. La lengua afuera, morada y los ojos como platos. Así fue como Antoñito López perdió la vida, su corta vida de siete años.

***

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GPS

octubre 16, 2011 4 comentarios

imagen any

No necesitás un GPS
para encontrar cada uno de mis lunares
mis pecas, mis cicatrices
o mis manchas de nacimiento

No te hace falta una brújula
para saber cuál es mi norte ni un termómetro
para sentir mis 35,8 grados Celsius
de temperatura hereditaria

Nunca necesitaste un meteorólogo
para saber cuándo iba a estallar mi tormenta.

Ni un cartel de esos de la ruta
ni de la autopista
ni de la colectora
ni de la calle
ni del pasaje
ni del callejón sin salida o cul-de-sac
para guiarte adentro mío

Arriba mío
abajo mío

En cambio yo
no tengo ni puta idea hacia dónde rumbeás
y me la paso recalculando
y hasta la voz de la gallega esa
me es más familiar que vos

Yo necesitaría una junta de meteorólogos
astrólogos, astrónomos, astronautas
psicólogos, ginecólogos
y hasta proctólogos
para adivinar cuál es tu diagnóstico

Y un zoom de este tamaño
para leer tu letra chica

Pero si por una de esas
putas casualidades de la vida
se te da por encontrarte a vos mismo
chiflame que en una de esas (sólo en una de esas)
ando ganas de encontrarte

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El futuro llegó

agosto 31, 2011 1 comentario

Hierve el agua
quinientos canales
y nada para ver
el café se vuelca
y te quemas un dedo
fuck.

Te ponés un poco
de Hipoglós vencido
y agradecés a dios
o a quién esté de turno
que ese dedo no sirve para tipear.
La canilla que gotea
imitando al tiempo
tic, tac
tic, tac

por tu ventana ves
un par de gatos en celo
que maúllan
mientras suben y bajan de los tejados.

Ese chico que te gusta está online
y no te habla
con un simple “estás”
te volvería el alma al cuerpo
pero nada
tic
tac
nada.
Cerrás la canilla
tratando de detener el tiempo.

Deberías adoptar un chico somalí.
O no porque también se escaparía por los tejados.

Lo que deberías hacer
es dejarte de pelotudeces
tomarte medio Rivotril de 0,5
y cantarte a vos misma
canciones de cuna
pero el pícaro y puto sueño
no quiere venir.

Estás llena de amigos
y estás más sóla que nunca

Leés que Jimena conocía hombres
por Internet
pero fue quemada viva
por el último.
Jimena era enana.

Te mirás los dedos
quemados por el café
y decidís googlear enanismo
a ver si aplica
tu metro cincuenta y dos.

A las 7am
cuando la nostalgia
ya no tenga nada que hacer
y el Clonazepam
empiece a hacer efecto
vas a bajar las persianas.

Mientras te vayas quedando dormida
te vas a reír de vos y de la enana
de Google y de los gatos
del café y de las ventanas
del amor y la soledad
y de adoptar niños somalíes
y de los tipos que aman quemar mujeres vivas

Unas 7 horas después
vas a publicar todo esto en tu blog
en Facebook
en Twitter
y te vas a dejar envolver
una vez más
por ese círculo viciosos
y psicópata
que son las redes sociales

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De corazones y mundos que se caen

junio 15, 2011 2 comentarios

Otro domingo raro sin esa sensación de “mañana-es-lunes-y-el-mundo-que-se-cae” aunque sean las siete de la tarde. ¿Cuántos años tenía cuando empecé a sentir esto? Seis, definitivamente. Con el jumper gris y el bombachón negro y los zapatitos no me acuerdo y un nudo en la garganta y otro en la panza, sin ningún color. El pupitre de madera que se moja porque no pido permiso para ir al baño. Y entonces las risas y el llanto. Y rogar que llueva para tener clase de matemáticas o de geografía o de lo que fuera -o para que el mundo se caiga en serio- antes de tener que ir a “deporte”. Tan expuesta, tan ésta soy yo de pies a cabeza, tan no tengo dónde esconderme. Entonces la psicóloga. ¿Se llamaba Alicia? No me acuerdo. Sé que hasta ahi se llegaba en un Fiat Duna, que dejaba atrás Barrancas de Belgrano mientras yo dormía mi siesta de unos minutos en el asiento del acompañanate, y soñaba que no me tenía que bajar del auto, nunca. Mamá, que había aprendido a manejar con un tal Luis hacía poquito, estacionaba como podía. Y yo me bajaba del auto, con ojos de chino y le gritaba cosas -no sé qué cosas- porque no quería entrar. No quería estar entre esas cuatro paredes y ese piso con alfombra, donde sentía lo mismo que sentía todos los días de 8 a 16, hasta que ella o Celina, la mujer que trabajaba en casa, me venían a buscar al colegio.

Mi papá siempre sintió lo mismo, creo, estoy segura. Dos episodios, uno por esa época y otro mucho después, vinieron a confirmarlo. El colesterol, el cigarrillo, el squash, pero sobre todo la personalidad tipo A, diría mi mamá que también es psicóloga. La segunda vez fue en el DF, en un viaje obligado de ejecutivo exitoso. El aire sofocante, la altura, el smog, la angustia. La mía y la de él. Yo dormía con mamá en la cama grande y esa madrugada sonó el teléfono. Que los pasaportes, que hay que avisar en el colegio, que me pierdo las clases, que odio viajar en avión, pero entre peros, llegamos al hospital y a mí me bajó la presión. Por un instante creí que me desmayaba. El mismo smog, el mismo stress y la misma Altura-Sobre-El-Nivel-Del-Mar pero con treinta años menos -y no sé qué tipo de personalidad, pero seguro que tipo A no-. Papá en terapia intensiva reclamaba a las enfermeras porque ese omellete NO podía ser para él, no para alguien al que acababa de pasarle aquello sin nombre. Y desde la habitación del Four Seasons mi hermano llamaba a sus amigos, yo a las mías (y a mi novio de entonces) y mi mamá lloraba y llamaba a las suyas. Yo me sentía cupable porque había visto a Ricky Martin y por un momento me había alegrado. No tanto, porque ya no me interesaba como antes. Winnicot, un pato de peluche y pico naranja, en la misma tienda de regalos de la clínica un osito que todavía conservamos con un corazón rojo de plástico -más resistente que el suyo- y un cartelito de “Feliz día del padre”. Aeropuerto del DF. Aeropuerto de Miami con flamencos rosas, empleadas de uñas largas con estrellas, olor a hot-dog y camioncito especial porque el camino era kilométrico. Uno de los Cadillacs que se quejaba del privilegio de unos pocos. Mi papá con una manta gris de United Airlines que para mi era de lo más fea y áspera, pero que mi mamá usa hasta el día de hoy cuando tiene frío. ¿Será que la protege de algo más?

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Jesús y limosna

Me habla un tipo que está pidiendo plata o vendiendo no sé qué cosa en el semáforo de Santa Fe y Humboldt. No escucho lo que dice porque voy con la música fuerte, no le leo los labios porque el vidrio es polarizado y tampoco hace el gesto universal de la limosna como para facilitar las cosas. Veo que mueve la boca, le hago que no con la cabeza pero me hace gesto de es-un-segundo. Engancha una estampita de Jesús en mi parabrisas y se va. Unos segundos después lo veo volver por el espejito y cuando llega me habla otra vez. Entonces bajo la ventanilla y me saco los lentes de sol para que entienda que estoy llorando y que hoy no quiero que me rompan las pelotas. Igual me dice si tengo unas monedas. Le doy unas cuantas de diez centavos que encuentro tiradas por la cartera y también la estampita porque -creo- no me sirve para nada. Mientras me tocan bocina porque el semáforo se puso en verde me dice “llevala, trae suerte.”

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Lluvia


La calle, el sol, el qué diran, las miradas. Una rubia que se acomoda un mechón de pelo, un tipo de unos cuarenta que se toca el nudo de la corbata.  Yo me miro en una vidriera-espejo. El orden es perfecto, todo gira sobre ruedas, todo es de cartón. Nos miramos de reojo, desconfiados, apretando las carteras contra nuestros cuerpos. Las que llevan zapatos con taco aguja no pueden caminar y hablar al mismo tiempo.  Los rayos del sol hacen que la escena sea hiperrealista. Camino y cuento las baldosas, no pisar las juntas que las dividen/unen, eso es lo importante. Un, dos, un, dos, un, dos. Los Ray-Ban de un adolescente tardío que todavía tiene marcas de acné y cree que así va a ser menos loser.

Hasta que se escucha un trueno y el primer tic, tic. Se me mojan las pestañas.  Todo se arruina, se despeina, se arruga. Un saco cubierto con bolsa de 5’a sec. Un charco sucio que te moja los zapatos de gamuza. Que qué bajón cómo se largó, que mirá mi pelo recién salido de la peluquería, que abro el paraguas y se lo clavo a alguien en el ojo derecho.

Estamos todos mojados, sucios, con gotas en la frente y la botamanga hecha un enchastre. De algún modo somos socios, aliados.  Se relaja mi mandíbula . El olor a lluvia me tranquiliza. En el  152  todo es humedad, la gente se te pega, hay olor a rancio. Los paraguas que gotean y forman charcos, que vas a pisar cuando te  bajes o cuando le des el asiento a algún mojado más debil que vos.

Deja de llover de golpe.

Sale el sol, arco iris y todo vuelve a ser como era. Una lástima.

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