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La zanja inútil

septiembre 14, 2010 Deja un comentario

Leyendo el Blog de Eterna Cadencia me encontré con este cuento maravilloso de Vicente Battista, que forma parte de Como tanta gente que anda por ahí editado en el ’75. El cuento se llama La Zanja y es de una nostalgia y una fuerza increibles. Germán, el protagonista, se desdobla en Germán niño y Germán adulto, ambos tan indefensos, tan infelices. Y el relato y la cabeza de Germán van y viene de uno a otro. Con tantas cosas en común. Tantos miedos. También se desdobla el narrador, que empieza en segunda persona, para después dejar que un tercero se ocupe de lo demás. Siempre fuiste un infeliz. Por eso ahora te quedás sentado en medio del patio, sobre el banquito bajo, con el sol pegándote en la espalda, mirando tu propia sombra que, aburrida, se pierde entre las baldosas. Y es terrible de principio a fin. No tiene más de unas 1.500 palabras y ya podemos imaginarnos el pasado, presente y futuro de Germán, de su padre, de su madre y de su mujer. Y ese es el poder que tienen los cuentos cortos (cuando están bien escritos). Todo está tan condensado, cada palabra está donde tiene que estar, ni una de más, ni una de menos (Battista confiesa que esta versión es la última, y que fue corregida hace un año, corregir para mí es quitar, dice).    

Siente vértigo y ve caras, muchas caras, cada vez mas caras y gritos: “¡Maricón!” y es como si flotara, la vereda ya no está bajo sus pies, ya no hay caras, sólo quedan los gritos, hasta que se escucha la orden. No gira más: se siente arrastrado hasta el borde de la vereda. Los soldados empujan porque el general ha gritado: “¡A la zanja!”

Este es Germán niño, que después de ser humillado y golpeado por lo pibes en la zanja va a volver a casa, con las rodillas sangrando, impotente y papá Eduardo le va a seguir pegando, esta vez con la hebilla de su cinturón-“¡Por pelotudo!”-.   

Veo a Maxi cabeza de zapallo Capomasi en todos lados, y también en esta zanja. En Las garras del niño inútil * de Luis Mey, la zanja son los cordones de alambre y la humillación. La impotencia de una familia de clase media-baja, que quiere diferenciarse de los negros de mierda que viven tan cerca y son tan peligrosos y tan contagiosos. Hay que disimular, hacer lo que sea para que no los confundan. Claro que tampoco hay plata para comprar cordones nuevos (menos zapatos nuevos), entonces el alambre. Si atamos todo con alambre (y pintamos del mismo color) puede ser que pase desapercibido. Que duela, que se clave bien hondo, que sangre, pero que no se note.  Y la sangre que cae a chorros de la rodilla de Germán es la salsa de tomate de los fideos, que cae por la cabeza de la hermana de Maxi, y también las marcas rojas en la espalda de Martín. Germán tiene náuseas, ganas de vomitar, siempre. Maxi va alimentando un parásito que crece adentro suyo y le da de comer-demasiado-odio, bronca, miedo, dolor. Y seguramente cuando se vuelve grande y llega a la boca del estómago también le da ganas de vomitar. Germán también debe confiar en que la adultez va a venir con manual de instrucciones, visa de residente y certificado de ciudadanía. Porque en algún momento hay que dejar de ser turista en el propio mundo y en el mundo de los demás.   

El otro Germán, el adulto, también impotente, también infeliz, tan incapaz de todo, Sabe que debe darle una patada a la valija y gritar: “¡Vos no te vas un carajo!”, pero no hace nada. Sigue sentado en el banquito bajo. Tan parecido al protagonista de El otro de mí  de Miguel Vitagliano. Tan paranoico y obsesivo y compulsivo, que anota absolutamente todo en su libretita. Acá también el personaje se desdobla en niño-adulto, pero también en sus diferentes yoes (sí, se dice así), en la persona que es él mismo y en sus alter ego. En ambos textos el hombre es incapaz de hacer nada, pero sobre todo de cuidar y retener a la mujer que aman, entonces la dejan ir, inmóbviles. En un caso a los brazos de su amante y a la muerte, de la mano del estallido de la AMIA. En el otro, a lo que hay del otro lado de la puerta, del otro lado de esa relación sin sentido que Germán no sabe cuidar. Y el banquito bajo que está en el patio de Germán es la sillita pequeña del balcón en El otro de mí, ese objeto transicional, tan pequeño y tan rídiculo, al que ambos adultos-niños se aferran, grotescos, para sentir algo de seguridad.  

Leer La zanja

* Las garras del niño inútil se presenta mañana jueves 16, a las 19.30 hs en El Ateneo Grand Splendid

Qué estoy leyendo

La despedida – Marcelo Birmajer

 El otro de mí – Miguel Vitagliano

 Cuando me muera quiero me toquen cumbia – Cristian Alarcón

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