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Mi monoambiente en Japón

noviembre 30, 2010 1 comentario

Puerta verde, pesada, de edificio antiguo. Aroma a sahumerio no-patchuli. Yamamoto con su casaca celeste, tan japonés. La alfombra que cruje. Todo en el mismo lugar donde lo dejé tres años atrás. Qué alivio. Epa. ¿Qué es ese agujero en el apoyacabeza de la camilla? ¿y mi almohada blanca de friza? ¿se supone que debo meter mi cara ahí adentro? ¿será que la gente se relajaba demasiado y babeaba y la Gripe A y bla bla bla? Puaj. Má sí, yo la meto.
Tic, una, tic, dos, tic, tres, ay, tic, ay, quichicientas agujas desatanudos. La virgen un poroto. El humito ancestral de la moxa quemándome la espalda. Cincuenta minutos en Japón. Qué lindo ser Lady Alfiletero (aka The Pin Cushion Queen) por un rato. Hasta la próxima.

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Madame butterfly (the show must go on)

Vengo de ver Un día en familia  aka Still walking de Hirokazu Kore-eda en el Arteplex Belgrano y como me imaginaba, es excelente. Se respira ese aire tan típicamente japonés y sin embargo es modernos y universal. Tiene muchos puntos de contacto con su anterior Knowbody knows  y también con la coreana Camino a casa de Jeong-hyang Lee

 

Sinopsis

Un día de verano, una pareja de ancianos recibe en su casa a su dos hijos y sus respectivas familias. El encuentro se debe principalmente a la conmemoración de la muerte de Jumpei, el mayor de los hermanos, que perdió la vida en el mar muchos años atrás. Si bien al principio el clima es alegre, a medida que avanza la trama (y la estadía) van saliendo a la luz viejos rencores y reproches.   

Oriente/occidente

La película se mueve entre dos grandes ejes temático, uno de caracter más histórico-social, que podríamos llamar “el cambio generacional”, que incluye conceptos como la tradición, el rol del hombre y la mujer en la sociedad oriental, la familia, la búsqueda de un status social; y otro, más relacionado con lo psicológico y lo humano: los vínculos entre las personas,  la incomunicación, las aspiraciones y los sentimientos de los seres humanos. Por encima de todo esto, la muerte, que como sabemos tiene en Oriente una connotación diferente a la de nuestra sociedad.  

Un día en familia tiene eso que tienen muchos films japoneses y que es la fusión e interacción de conceptos aparentemente irreconciliables de manera natural y verosimil. Esto no ocurre en el cine occidental -menos en el de estudio- donde lo aparentemente irreconciliable, es efectivamente irreconciliable, y si hay algún intento de logar esto, resulta tan evidente la intencionalidad que pierde todo su valor. Claramente esta diferencia entre las películas orientales y las occidentales no es más que el reflejo de una diferencia entre las sociedades y las culturas, más allá de que también se trate de una vortud del cineasta. La belleza convive acá  con la crueldad, el lirismo con la perversión, y la ternura con la hipocresia, sin que resulte extraño. Claramente el concepto del Yin y el Yan juega un rol fundamental en todo esto. 

Los temas que trata la película son -en términos occidentales- serios y graves, pero no por eso el film asume ese tono, sino uno lúdico y hasta despreocupado. No hay golpes bajos ni bajada de línea, los personajes no cumplen con estereotipos y el malo puede jugar de vez en cuando a ser el bueno y viceversa. 

El clima

Se produce una identificación entre el clima meteorológico y el humano. Calidez, serenidad, silencio, lentitud, son características propias de ese verano, pero también de la atmósfera que conforman los personajes en la casa, el tiempo que dura la estadía. La música, el sol, las flores, las ¿cigarras?, los chicos, y hasta los personajes más siniestros -como la madre- conforman ese clima especial que hacen de esta película una muestra del más cálido lirismo.     

En su columna de crítica de cine en LaButaca.net, Manuel Márquez plantea que “la última entrega del director japonés Hirokazu Kore-eda, se enmarca, sin el más mínimo punto de inferioridad, en la mejor tradición de ese cine oriental de tempo lento, casi detenido —ese del que un nombre como Yasujiro Ozu se ha convertido en mito referencial casi ineludible—, en el que no hay prisa por contar una historia que, bajo una apariencia de superficialidad rayana en lo insustancial, nos termina ofreciendo todo el abanico posible de sentimientos y relaciones que a los humanos nos implica y atañe… Ese mismo cine en el que siempre es compatible la narración, y su fluir lánguido, con el deleite en las formas, luces y sonidos que recorren unos planos de una hermosura profunda y poéticamente trabajada.”

Símbolos

Hay un elemento simbólico que es clave: las mariposas. Evidentemente las mariposas tienen un caracter especial para los japoneses, que no sé con exactitud cuál es y que era una duda para mí mientras veía el film. Averiguando entendí que las historias que cuenta la madre en la película no son un invento suyo ni un -únicamente- síntoma de su obsesión con el hijo muerto, sino que responden a una leyenda que plantea que las mariposas son el alma de los muertos, que es lo que sostiene ella sin que los demás le den demasiado crédito. En esa escena tragicómica donde la mujer pareciera estar sufriendo un brote psicótico o padecer alzheimer -ahora entiendo que no es tan así- intentando agarrar una mariposa que entró por la ventana, convencida de que es el alma de Jumpei, su hijo muerto. Ryota que representa la siguiente generación, que no respeta las tradiciones y que según esos padres está perdida, ya no cree en esa leyenda, entonces toma la mariposa y simplemente la devuelve al lugar de donde vino, argumentando que sólo se trata de una mariposa y nada más.

Hay una escena al final de la película que funciona como metáfora de otra de las temáticas principales del film: la incomunicación. Ryota y su madre han estado horas tratando de recordar juntos y sin éxito el nombre de un luchador de Sumo. Cuando Ryota y su familia se despiden y suben al micro que los llevará de vuelta a Tokio, éste recuerda el nombre y dice algo como “al final siempre lo hago, el problema es que lo hago tarde”. Corte. Vemos a la madre y al padre regresando a su casa, cuando la madre recuerda el nombre del luchador y se lo comenta a su marido (que no tiene idea de qué le habla su mujer). Eso es también lo que le pasa a Ryota en su vida. En la escena final comprobamos que finalmente logra formar una familia y un cierto bienestar económico, que es lo que pretendían sus padres de él. Vemos a Ryota, su mujer, el hijo de esta, y una nena que evidentemente han tenido juntos, acercarse hasta las tumbas de sus padres y de Jumpei, para luego emprender el regreso a Tokio en una camioneta propia.

  

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