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No me sorprende que fumes después de las diez

junio 27, 2014 2 comentarios

Refugio para perdedores de Ezequiel Fejler es una novela entretenida y de lectura rápida, lo que no significa “liviana” ni mucho menos. Logra un clima intimista  y reflexiona sobre algunos de los temas más importantes, entre ellos la soledad, el amor, los deseos, la amistad, la familia, el sexo y la literatura.

Refugio para perdedores. Ezequiel Fejler. 
Edición de autor. 241 páginas
http://refugioperdedores.blogspot.com

Pedro (para amigos y familiares) y sus alter ego Peter (para las conquistas amorosas) y Héctor (para su trabajo de investigador) está perdido –perdedor y sin rumbo-. Como la Argentina en la que vive. Pedro está casi llegando a los 30 y el país recién está empezando un nuevo siglo pero para ambos el futuro es incierto, no hay proyectos, no hay esperanza, no hay amor, no hay nada de nada. Pedro vive en el departamento prestado de una tía difunta (Pepa) y a veces usa su bata. Tiene un trabajo de investigador que no puede compartir con nadie porque roza la ilegalidad, unos padres (Silvia y Hugo) que se fueron a vivir a España y le escriben cartas de puño y letra de manera cada vez más frecuente; cartas sinceras, a las que Pedro sin embargo responde con mentiras, con evasivas. Pedro tiene a Miguel, su amigo escritor, a Matilde, su jefa a la que le gusta practicarle felatios sin pedir permiso, como para que Hector reaccione y empiece a hacer bien su trabajo, como un shock de adrenalina.

Pedro no es un tipo fachero, cosa que él atribuye en parte al tamaño de su nariz, le gusta viajar en taxi -pero que el conductor no hable- fuma pero sólo de noche, toma café en bares oscuros e imagina vidas imposibles. Toma mate, mucho, y siente como el fuego de la gastritis se apodera de su cuerpo. Pedro está lleno de miedos, de palabras no dichas, de cosas no hechas, de mujeres perdidas. “Cuando la soledad ya se hizo carne no hay con qué combatirla… entonces eso, la soledad. La condena a vivir solo, a estar solo, a espiar solo, a navegar por internet solo… y a sentirme más solo que nunca.”. Casi como un voyeur Pedro espía vidas ajenas que tienen mucha más emoción que la suya, una computadora que le sirve de escondite dentro de otro escondite en el que se ha convertido su departamento. Pedro decide crearse un perfil en Chatamor para ver si así puede conseguir una chica y con ella dejar la soledad que lo angustia, la ansiedad que no lo deja pensar ni dormir. Peter 21 miente un poco en su descripción (quién no lo hace) y espía el perfil de los demás. Parece conseguir algo pero no es demasiado, las chicas lo enamoran y lo confunden, una vez más, lo usan, otra vez. Una investigación que no prospera y que se pone cada vez más áspera y peligrosa. ¿Debería viajar a España con sus padres, para que ellos lo rescaten? O esa sería otra forma de refugio para perdedores? Pedro se pasea por un departamento que apenas le pertenece, enfundado en la bata de la tía Pepa, hundiéndose en la cama o en el sillón para huir de la vida, de lo que pasa afuera. Pero no siempre lo logra y a veces el afuera se mete adentro sin pedir permiso. Pedro tiene muchas palabras amontonadas, superpuestas pisándose unas a otras y confundiéndolo cada vez más. Palabras que no pueden ordenarse ni salir de su boca ni siquiera para poder ordenar sus ideas. ¿Por qué Pedro no se tira de una vez por todas debajo de un auto? Por miedo, miedo a lo que vendrá.

El frío de un arma en la espalda, las trompadas en el cuerpo, en los ojos, en la boca, los dientes que casi se caen, el mareo, las encías con sangre, las costillas sueltas, flotando, el gateo por la casa a falta de piernas para sostenerse, como si se tratara de un niño con la cara hinchado… “un rojo oscuro como si la sangre se hubiera puesto más espesa… hubiese sido bueno contar con una mujer que me lavara, que me hiciera las curaciones que solo el amor o la ambición del amor le pueden proporcionar a una mano…si venía a mi casa sería el hombre más golpeado y feliz del mundo… el más feliz de los hombres golpeados del mundo.”

Pero no todo está perdido -parece decirnos Ezequiel Fejler o su personaje-, hay una esperanza, sigue existiendo el amor, las reconciliaciones, las novelas, los cigarrillos, los cafés y los mates. El empezar de nuevo, como sus padres en el exilio y como tantos en Argentina. Como la lluvia en la cara, los taxis vacíos, los mozos cómplices, los atardeceres naranjas y el deseo activado, “el hervor de la sangre, labios y pies mezclados con ojos y culos, redondeces inolvidables. Y por sobre todo la línea de la espalda, ese recorrido largo y sinuoso”.

Aunque a Pedro se le amontonan las palabras y no pueda ni escupirlas, aunque haya quienes le pagan para que se quede mudo, de pronto, y casi por casualidad, alguien le va a pedir sus palabras, todas, de la forma que quiera, como vayan saliendo – total después va a ordenarlas a su antojo-. Todas las palabras del mundo van a venir a la cabeza de Pedro y de allí a su boca y de allí al mundo y de allí a su libertad.

****

Estelares. Campanas. 

Como se quiebran las antenas hoy
Creo que es mejor no pensar

Veo estallar un ojo sin luz y es igual
Ves a los chicos caer desde un tren
Ves a los locos cantar
Para vivir toman Halopidol y es igual

Ves las ballenas quemarse en el mar
La noche no tiene fin
Ves a las aves caer desde tu ventanal

Se ve la antorcha desde el quinto b
El viento ya no sopla más
Y los avisos de tele dicen it’s all rigth

La esperanza es una invención moral
Es la única defensa ante la verdad
Que es siniestra y fatal

Todo perfecto para enloquecer
Me importa un carajo ganar o perder
Si la verdad nunca es calma
Nunca es paz

Si las películas que viste ayer
Están en el cine otra vez
No me sorprende que fumes después de las diez

El vuelo a vela es lo mejor que hay
Oís las montañas cantar
Los edificios son un gran palomar

A esta altura ya no caigo más
Los rayos lo hacen por mi
Igual los ojos peores que vi no son de aquí

Las campanas barrieron con mi disfraz
Los periódicos nunca tienen piedad
Lo único real es tu libertad
Pero es tan fugaz

Blatt x Soto

Sobre Pasabobos de Mariano Blatt
por Facundo R. Soto

Recibir un nuevo libro de Mariano Blatt genera alegría. En la plenitud de su escritura, es mucho lo que tiene para dar, y enorme su generosidad. Sus textos no defraudan: cumplen y superan las expectativas; la poesía que nos regala es fresca, clara, transparente. Toparse con ella es ir a un encuentro inolvidable. Purifica. Los chicos que se mueven en sus poemas terminan conociéndonos, y mientras avanza la lectura también son nuestros amigos. La simpleza con la que MB ve las cosas, la forma en que crea sus poemas y la lectura que hacemos de ellos es lo que nos abre un mundo concreto, accesible, tan vívido como real. Afortunadamente, está lejos de escribir de forma pretenciosa, compleja y metafísica. MB tiene algo para decir y sabe hacerlo. El placer de su lectura nos hace volver a sus poemas una y otra vez, y los sentidos se abren, se multiplican.

Leer +

Shua Xpress

Leé acá la entrevista que le hicimos a Ana María Shua para Paradigma Libros. Entre otras, dijo cosas como éstas:

Me tengo que obligar a sentarme a escribir y azotarme (con el látigo de Capote) para que salga algo que por cierto no siempre es arte (como a Capote y a mí nos gustaría).

En la biblioteca de la AMIA descubrí que había una cantidad de folklore judío relacionado con fantasmas y demonios que me interesó muchísimo.

El Circo do Brasil viaja en tren

Brasil, de Paula Brecciaroli.
Editorial Conejos, 2011.
 117 p.

Tras separarse de su novio, una chica de unos veintitantos -y un evidente trastorno de ansiedad- decide hacer un viaje en tren para estar sola y alejarse un tiempo. Ese viaje iba a ser a Brasil, en avión y con Leo, su ex. Pero ante el cambio de planes ella prepara su mochila-dos días antes- se ocupa de dejar todo en orden en Buenos Aires -ubicar los gatos, vaciar la heladera- y se dispone a olvidar. “Tres días en tren. Sin necesidad de llegar a una ciudad hermosa, sólo viajar.” El destino que figura en el pasaje: La Triple Frontera. Pero Brasil no transcurre en Brasil ni en La Triple Frontera ni en ningún lugar en particular, más bien en el no-lugar que representa el interior de un tren.

La primer novela de Paula Brecciaroli es un diario de viaje, un viaje demencial que parece no tener fin y que desde un primer momento muestra signos de rareza. En la estación antes de partir, y en los primeros tramos del recorrido, somos advertidos de que este viaje no va a ser normal: “El guarda me dijo que todavía no podía subir. Tiene una pelota roja y carnosa en la punta de la nariz… me puse a adivinar, por las formas, las encomiendas… una era una bicicleta fija, otra era la caja de un televisor, otra tenía forma humana. Podrían ser mujeres envueltas en papel madera.” Cuando finalmente nuestra protagonista se ubica, después de elegir estratégicamente el asiento, se sienta al lado suyo un viejo bastante extraño que escribe cosas indescifrables con una letra enroscada. Además de Boris, el viejo, la protagonista viaja cerca de una familia sin padre compuesta por Ludmila, una mujer algo más grande que ella y con una voz insoportable, y sus tres hijos de seis y cinco años, dos de ellos “casi mellizos”. Otro de los pasajeros es Martín, el único que parece más o menos normal y que podría ayudarla a olvidar a Leo. Pero como todo en este viaje, eso también sale mal. En otro vagón viaja un grupo de gitanos que se la pasan festejando, cantando y vendiendo Patys. “Este viaje no es muy popular. Especialmente en esta época del año, que el calor se pega como una bolsa de plástico. Me dijeron que en algunos tramos del viaje tiran piedras”. A medida que transcurren las horas y van dejando atrás (o adelante) calles y pueblos, ella se da cuenta de que algo no va bien. El tren se desvía, sufre algunos problemas técnicos, el maquinista no puede seguir y debe buscarse un reemplazante, el tren no para en las estaciones programadas, el comedor no abre cuando se supone que tiene que hacerlo y ella hace días que perdió su mapa. “Nadie se sorprende de que hace dos horas hayamos pasado por la misma estación. Estamos en Rivas otra vez. Ahí está de nuevo la señora en silla de ruedas. Corre a la par del tren jugándole carreras. Hay tres chicos que se ríen de ella. Antes no los había visto”.

Pero como ella y nosotros sabemos que el trastorno de ansiedad es un virus que una vez que se mete en el cuerpo es difícil de sacar, y también sabemos que éste no nos deja pensar con claridad, todo podría tratarse de su imaginación, de su tendencia a pensar que algo malo siempre está por suceder. Las horas se convierten en días, que se convierten en más días y ya perdimos la cuenta. Ahora todos saben que las cosas perdieron su rumbo pero nadie, además de ella, parece preocuparse. El tren de a poco se convierte en una ciudad, una ciudad como de post-guerra o de película de catástrofe, donde unos pocos sobrevivientes tienen que buscar la manera de subsistir, inventar reglas de convivencia, estar alerta, lavar la ropa como se puede, racionar el agua, establecer sistemas de turnos para el baño, comprar comida antes de que se acabe, cuidar el asiento y todas las pertenencias. Hasta aparece la idea de una conspiración, de un grupo de “insurgentes” que los obliga a organizarse y planear una estrategia como si se tratara de soldados en el frente.

Una escena clave confirma que Brasil se ubica en el género del Relato fantástico como lo concibe Cortázar: se escucha un ruido, algo que golpea el techo del tren cada vez con mayor intensidad, como granizo, como balas. Hasta que descubren lo peor. Como si se tratara de la lluvia de sapos que cae sobre el techo de los autos en “Magnolia” (o los pájaros de Hitchcock) montones de tábanos golpean contra el techo del tren, tratando de entrar, de copar los vagones, atraídos por los restos de comida, la podredumbre y la basura. “Un enjambre volaba alrededor de la bombita del baño formando un pequeño tornado… había una maraña de bichos pegados contra el vidrio, del lado de afuera.” Los pasajeros pronto empiezan a ser picados por lo insectos, primero los chicos, después los adultos. En este punto hay un giro y del enfrentamiento se pasa a la camaradería, hay que pelear contra un enemigo común, externo.

Brasil establece un juego intertextual con dos grandes textos, por un lado La autopista del sur, del libro de cuentos de Cortázar Todos los fuegos el fuego y por otro, la novela El señor de las Moscas de William Golding. En La autopista del sur se produce un embotellamiento y los minutos empiezan a convertirse en horas, días. Los autos están detenidos y las familias empiezan a conocerse, comparten charlas, comida, bebida, se pasan al auto del vecino, los chicos juegan con chicos de otros autos. Nadie sabe qué ocurre más adelante y se tejen hipótesis que luego son desmentidas y reemplazadas por otras. Los rumores corren de auto a auto.

En El Señor de las moscas, un avión sufre un accidente y los únicos sobrevivientes son los chicos. Así, sin adultos, y en medio de una isla desierta, deben arreglárselas como pueden, aprender a convivir y a sobrevivir, a sortear los obstáculos y enfrentar el peligro. En la novela de Golding se muestra cómo el ser humano ante situaciones extremas tiende a lo primitivo, a luchar por la supervivencia y a sacar lo peor de sí mismo. Los chicos se organizan en tribus, se establecen jerarquías de poder, los débiles sufren en manos de los fuertes. Se inventan historias, se corren rumores, y hasta creen ver lo que ellos llaman “la bestia”. Hasta que en un momento, ya desesperados, cazan un jabalí y le cortan la cabeza para clavarlo en un palo y convertirlo en una ofrenda para la bestia. En seguida la cabeza se llena de moscas y los chicos empiezan a hablar así de “el señor de las moscas”. A esa altura, el hambre, el frío, la desesperación se transforman en delirio y algunos de los chicos creen que el señor de las moscas les habla. En la contratapa de la edición de Alianza leemos “La situación límite ideada por William Golding… permite imaginar las posibilidades dramáticas que encierra el estado de naturaleza y el acto fundacional de la sociedad… el deseo de dominación suprime las normas éticas aprendidas y hace surgir los instintos atávicos latentes bajo las costumbres civilizadas”. En Brasil los pasajeros representan la pérdida total de la compostura, los modales, el deber ser como consecuencia de la situación límite que atraviesan. Como decíamos más arriba, hay que defenderse, cuidar el asiento, aprovisionarse, estar alerta.

Entonces, en ambos casos la premisa que recorre el relato es “qué pasa cuando una situación externa, inesperada, hace que un grupo de personas desconocidas tengan que convivir en un espacio-tiempo determinado”. La novela de Paula Brecciaroli parte de esta misma premisa y ese espacio es el tren, con adultos además de chicos, vagones en lugar de autos, grupos de afinidad en lugar de tribus, y desperfectos técnicos en lugar de un embotellamiento o un accidente aéreo. En Brasil no sólo se tejen historias acerca del recorrido del tren sino que a partir de un rumor, creen estar en peligro porque un grupo de insurgentes planea atacar su tren. Podríamos decir que de El señor… toma lo terrorífico y desesperante de la situación y del cuento de Cortázar lo lúdico y grotesco. Porque no todo es miedo, ansiedad y competencia en el tren sino que hasta hay lugar para partidos de fútbol en los baños y pasillos y hasta un baile entre el guarda y el viejo Boris que grita un Sapucai.

Hay una escena clave en Brasil que es el colmo de lo grotesco: los pasajeros descubren que el guarda tiene un bigote falso, adherido con un pegamento berreta que hace que en ocasiones se corra de lugar. Esto, sumado a su aspecto general y al grano rojo en la punta de la nariz hace que la figura de autoridad dentro del tren sea de lo menos creíble y respetable. Esto además, contribuyendo a la sensación de descontrol y desamparo. Y como los pelos de las mujeres empiezan a crecer por el tiempo que hace que no pueden depilarse, éstas empiezan a tener bigotes a partir de lo que Martín teja una teoría conspirativa en la que todos son farsantes. “El guarda es un cobarde. Preguntale por qué se pone bigote. La olla se va a destapar porque huele a podrido” le dice él.

En los tres casos, El señor…, Brasil y La autopista se nos presentan hechos de la vida cotidiana, con los que cualquier lector se siente identificado, para luego introducir un factor anormal, extraño, que irrumpe de pronto generando un clima pesadillesco del que algunos parecen no darse cuenta y los eventos se van asimilando hasta naturalizarse. Estas premisas son las que definen al relato fantástico como lo concibe Cortázar (y Todorov). No es casual que Brecciaroli haya escogido a los tábanos, que también suelen llamarse moscas asesinas como metáfora de la amenaza. Tanto los sapos en Magnolia como los tábanos en Brasil, las moscas en El señor…, los pájaros de Hitchcock y la cucaracha/escarabajo en la que se convierte Gregorio Samsa, representan algunas de las fobias más comunes en la población. Otro de lo puntos que hacen al relato fantástico es que nunca terminamos de entender si se trata del plano de lo real o de la fantasía. ¿Es un sueño? ¿Es la imaginación del narrador? ¿Es real? A diferencia de otros géneros, como el “maravilloso”, donde ocurren cosas imposibles, en el género fantástico las cosas son lo suficientemente extrañas como para creer que se trata de un sueño, pero lo suficientemente posibles como para pensar que puede tratarse de la realidad. Cada hecho, cada elemento, nos da pistas sobre la realidad o irrealidad de la situación, que luego son desmentidas. En “Brasil” no sabemos si todo esto es una fantasía de la protagonista -producto de su ansiedad- si es uno más de los sueños que tiene en el tren, sólo que este lo vive como real y nos avisa que es un sueño, o si realmente las cosas están ocurriendo como ella las describe.

Brasil puede leerse como una aventura liviana y entretenida. O podemos mirar debajo de la superficie, de esa capa de mugre y tábanos, y encontrar su contra cara siniestra. Si eligen la segunda opción (como yo) entenderán que Brasil constituye una mirada inteligente y original sobre las relaciones humana, el hombre y la mujer, las soledad, los chicos y los adultos, los temores y los deseos.

¡Buen viaje! / Boa Viagem!

Menos botineras y más finales de juego

…hace poco hubo otra noticia que pasó algo más inadvertida y tendrá un peso más relevante en el futuro: la Dirección de Educación y Cultura de la provincia de Buenos Aires convocó a un comité de críticos y escritores para establecer un listado de libros que serán comprados y distribuidos en 6 mil bibliotecas escolares, y que servirán como orientación para el dictado de las materias de literatura en el secundario. O lo que es lo mismo: crear una “Biblioteca básica de literatura argentina” que actualice el listado de autores de lectura imprescindible para los alumnos, que hasta ahora dependía más bien de los gustos y humores de profesores y maestros. Ricardo Piglia, Angela Pradelli, Daniel Link, Juan Becerra y Arturo Carrera debatieron y llegaron a un primer listado de diez títulos: Martín Fierro de José Hernández; Facundo de Sarmiento; Una excursión a los indios ranqueles de Lucio Mansilla; El juguete rabioso de Roberto Arlt; Zama de Antonio Di Benedetto; Cae la noche tropical de Manuel Puig; El entenado de Juan José Saer; Bestiario de Julio Cortázar; La furia de Silvina Ocampo y, sí, Ficciones, de Borges. Y anunciaron la edición de una antología de cuentos y otra de poesía, con la presencia de autores poco difundidos en los colegios como Miguel Briante, Rodolfo Walsh, Haroldo Conti, Macedonio Fernández, Copi, Germán Rozenmacher, Ezequiel Martínez Estrada, Daniel Moyano, Héctor Viel Témperley y Joaquín Giannuzzi. Una selección que intentará quebrar el canon cristalizado de los manuales y crear nuevos lectores entre los jóvenes, ya que sin que ello suceda (pronto) no existirá contrato millonario o pase estelar que valga, ni que importe.

Esto fue publicado por Maximilano Tomás en la sección Columnistas de Perfil del día de hoy y me parece súper importante aunque, como aclara él, no fue muy difundida, supongo que daba más rating el caso Nara/Furlan. Lo que me resulta novedoso es que ásta lista forme parte de la literatura obligatoria del programa oficial y por lo tanto llegue a todos los colegios, público o privados, y no a un puñado de colegios algo progresistas y de gente “privilegiada” (como el mío). Entre los años 1992 y 1997 cursé el secundario en un colegio bastante progre (ahora devenido en “nuevo rico”) y algunos de estos autores/títulos -sobre todo los más clásicos dentro de lo no tan clásico- formaban parte del programa de Literatura, que era la materia con mayor carga horaria (el titulo era Bachiller especializado en ciencias y letras). Recuerdo sobre todo algunos títulos/autores de tercer año, que me marcaron profundamente y gracias a los cuales hoy hago lo que hago y soy lo que soy: casi todo Cortázar, Boquitas pintadas de Puig, El juguete rabioso de Arlt, Mundo animal de Di Benedetto, y también los no argentinos – que escapan a esta noticia pero con los que ocurre algo similar- principalmente Kafka.

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Salvavidas de literatura o ningún pibe nace poeta

junio 16, 2011 5 comentarios

Caripela por 500. Si cualquiera viese a Camilo en el bondi, en el tren, en la calle, cualquiera diría que Camilo es un negro de la villa, un negro de mierda. Cualquiera diría que Camilo nació chorro y que te va a robar porque eso es, un chorro. Están los negros de mierda que nacen chorros y mueren chorros, y estamos todos los demás, que morimos gente bien.

El pibe chorro ya nace queriendo robarle la cadenita de oro al obstetra, los anillos a la nurse y la billetera a todos los demás. Todavía no terminó de salir de la concha negra de su madre y ya quiere irse a la concha de la lora, a hacer alguna con los pibes. El pibe chorro a veces nace ochomesino, de pura ansiedad por salir a robar. A veces está en incubadora porque nació mini-negro de mierda y no ve la hora de ir a comprar paco, de aspirar pegamento. Camilo no quiere que las enfermeras limpien la sangre porque a Camilo le fascina la sangre. Acaba de nacer y ya le gusta la muerte. No ve la hora de que lo caguen a palos en todos lados, en su casa, en la calle, los grandes y los chicos, los malos y los buenos.

Camilo a los 2 años años ya merece que le enseñen lo que es el rigor. Que los malos tienen derecho a pegarle porque eso son, malos. Y los buenos también,  porque por algo son buenos. Justicia por mano propia. El mini-villero ya siente placer al pensar en tiros, balas, sangre. Hasta le gusta la basura. No ve la hora de salir del sanatorio y empezar a robar. Por eso el llanto desconsolado, por eso el pataleo.  Camilo no  sufre de hambre porque está acostumbrado, porque está en sus genes ser negro-de-la-villa-muerto-de-hambre.

Cualquiera no diría que Camilo da charlas sobre inseguridad y que le presta libros a sus compañeros de choreo. Cualquiera no diría que Camilo edita una revista que se llama ¿Todo piola? y que en esas dos palabras sintetiza la idea de pensadores, filósofos y demás gente bien que nació para profesional. Dos palabras para resumir la teoría marxista de la conciencia de clase.

Cualquiera no se plantearía cómo un pibe que vivió la mitad de su vida rodeado de tiros, golpes, paco, mierda, bronca, y la otra mitad adentro de la cárcel, por negro de mierda, puede capitalizar toda esa experiencia y convertirla en palabras,  en literatura. Cualquiera no pensaría que Camilo Blajaquis es el nombre artístico de César González, un negro de mierda que ¿cómo va a tener un nombre artístico si ni siquiera merece tener un nombre?

Si Camilo no sabe lo que es la resiliencia, debería. Si cualquiera no lo sabe, también.

 

Mi cabeza empezó a cambiar, a incorporar cosas nuevas; todo un mundo que no conocía hasta antes de caer preso, cuando me di cuenta de todo lo que se le oculta a un joven que le toca nacer en un barrio de clase baja, en una condición pobre y humilde como en la que nací. Aparte de excluirte económicamente, te excluyen cultural y simbólicamente. Te excluyen porque sos el negro de una villa, el negro de mierda, vas a ser chorro, obrero y nada más. El sistema te excluye y es mucho más cruel de lo que uno cree –repasa su aprendizaje–. Lo que juega es una exclusión simbólica: el de la villa es un ignorante, es un posible delincuente. Empecé a usar esto que tengo acá arriba para algo productivo, para algo que me diera vida, que me diera fuerza. Y digo vida porque estaba muerto en vida: 16 años, seis balazos de la policía, me quedaban cinco años de cárcel; ingresé a un instituto con los clavos en las piernas, en muletas, pesando 50 kilos. Realmente estaba muerto.

Una vez que empecé a leer compulsivamente también comencé a incorporar palabras nuevas, reflexiones, sueños, esperanzas nuevas… sentí que mi vida podía ser más interesante que rejas y plomos policiales. Apareció una luz en las tinieblas. Y esa luz fue el arte, la poesía. Necesitaba materializar tanta necesidad de desahogarme, darle forma a todo eso. Y empecé a escupir en una hoja sin saber bien qué nombre tenía eso que estaba escupiendo. Al pasar el tiempo lo fui fortaleciendo y puliendo, quise mejorar la estética hasta que me atreví a llamar “poesía” a toda esa rabia que descargaba mi cuerpo. Si no fuera por la literatura, ya estaría muerto y sería un número más en los legajos policiales.

  

Esquema de un espejo
Camilo Blajaquis

con estilo hombre
no seas común es aburrido
con estilo uno ve

cosas que otros no
zapatos rotos y rayuelas hecha con piedra
el antiguo imperio

en el constante imperio
que tiene nuevo manager
escupile arte en la cara

quizás reviva
enseñale a caminar
al pobre idiota malcriado

¿rima esto? no me importa
si la torta sigue mal cortada
y el cuchillo es de los mismos

a conformarse con las sobras
jodete si estas frío y lo escondes
esto es la ruleta y el castillo de naipes
no escribo por payaso

para eso están los diarios
escribo desde allá…lejos, muy lejos
dimensión de un pendejo

que solo desea un tubo de oxigeno
agua si hace calor
abrigo cuando hace frío.

mandate hasta al fondo
no tengas miedo no te escapes
vení que te muestro

en un segundo mil desastres
lo ves, lo escuchas, lo sentís
pero cerrás el orto y seguís de largo

el mundo del revés absoluto
los obreros del revés nosotros

Cross a la mandíbula
Camilo Blajaquis

Estrellas lejanas brillantes e inspiradoras,
balas perforando sienes,
celdas cerrando sus puertas
suicidios a causa del miedo.
Primaveras, enamorados y chocolate
exclusión económica
exclusión cultural
exclusión psicológica.
Sol radiante, jardín de flores y aves cantoras
heridas con supura, torturados y esclavizados.
Cielo de azul fresco, aire calmo y la montaña
HIV, basurales, tristezas y resignaciones.
Rayos de luz, el mar inmenso, los bosques
infancias a puro dolor, ausencias, envidias.
Selvas, lagunas, desiertos, glaciares
traiciones, masacres, contaminantes, mugre
La luna, las nubes, los ríos, la vida
el ser humano, propiedad privada, dinero, la muerte.

 

Literatura asexuada

El sumplemento ADN de hoy está dedicado a Jorge Luis Borges para conmemorar los 25 años de su muerte (que se cumplen el martes). En esta edición especial varios autores argentinos opinan sobre el escritor, su obra, y el efecto que ésta tuvo en sus propias obras. La más interesante me pareció la de Andrés Neuman, que observa cómo en la obra de Borges hay una total omisión de la sexualidad.    

Un escritor sin cuerpo
Por Andrés Neuman

La vigencia de Borges me parece tan compleja como su estilo. Dependiendo del ángulo desde el que abordemos su legado, pienso que la respuesta variaría radicalmente. Si nos concentramos en su noción transnacional, hipertextual y políglota de la ficción, entonces sólo cabe admitir que fue un adelantado a su tiempo. Como bromeó alguna vez Eco, Borges inventó Internet. Esa idea es sólo parcialmente cierta, ya que al mismo tiempo fue un autor esencialista o platónico, con evidente desinterés por la actualidad y lo moderno. Esa parte reaccionaria de Borges me parece divertida y, en cierta manera, profunda. Desde un punto de vista más ideológico, creo que el predicamento de Borges ha dependido de la despolitización de su figura. Cuando sus opiniones políticas, a menudo atroces, eran parte del debate literario en Argentina, la lectura de su obra se veía inevitablemente interferida. Creo que, como pensador social, Borges dejaba bastante que desear y no hace ninguna falta engañarnos con eso: sus libros eran mucho más grandes que sus actitudes. Ahora bien, si enfocamos su obra desde otros puntos de vista, como el del género, entonces nos topamos con su lado más anacrónico. Borges era además, en términos estrictamente literarios, un escritor sin cuerpo. Su obra omite la sexualidad de una manera casi obsesiva. El deseo, el placer, la carne están prácticamente desterrados de su universo. Sería curioso preguntarse por qué un país tan psicoanalizado como la Argentina ha colocado a un genio de la represión sexual en el centro de su canon. Por otro lado, y celebrando que hablamos de una de las prosas más brillantes del siglo XX, quizá no nos vendría mal dejarlo descansar por un tiempo. Lo cual no significa en absoluto olvidarlo, sino dejar de soñar con imitarlo. Ser un epígono borgeano parece mucho menos provechoso que ser su lector.

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