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Todo lo que se puede hacer con una P.

noviembre 1, 2013 Deja un comentario

Nota publicada en www.solesdigital.com.ar  el 21/11/2011
Por Marina Lijtmaer

Libro: El verano sin hombres. Autora: Siri Hustvedt. Editorial Anagrama. Panorama de Narrativas. 218 páginas. Año 2011.

En su nueva novela, titulada “El verano sin hombres”, Siri Hustvedt cuenta la historia de Mia Fredricksen, una mujer que a sus cincuenta y cinco años y luego de escuchar de la boca de su marido (Boris Izcovich) la palabra pausa, enloquece, por lo que deben internarla en un neuropsiquiátrico.

El doctor P. le diagnostica un Trastorno Psicótico Transitorio producto de un factor estresante y la medica con Haldol. Mia se siente mejor -aunque algo cansada y dopada- pero las voces de su cabeza la siguen atormentando “y cuando cerraba los ojos veía personajes de dibujos animados corriendo por colinas rosadas para luego desaparecer entre bosques azules”. Llegado el verano y su alta médica decide viajar de Brooklyn a Minesotta -más precisamente a Bonden- su ciudad natal, para continuar con su recuperación en un entorno más apto y amigable. Mia se muda sola pero su casa queda muy cerca del centro para ancianos donde vive su madre con la que se reencuentra afectivamente después de muchos años. Allí pasa la mayor parte del tiempo entre Los Cisnes- mujeres entre ochenta y ciento dos años amigas de su madre- y rodeada de un grupo de pre-adolescentes a las que dicta un taller de poesía. Su vecina Lola y sus hijos Simón y Flora recurren a ella y la adoptan como una especie de madre/abuela salvadora. Su hermana Bea promete ir a visitarla, lo mismo que su hija Daisy, y con Boris, por el momento, sólo intercambia mails. Mia debe aprender a valerse por si sola, sin marido, sin padre, sin profesores, en definitiva sin hombres y acompañada por tres generaciones de mujeres.

Pausas, Muros, Lunáticas

El problema es que Mia descubre, que el verdadero motivo de Boris para pedirle una Pausa, es otra mujer. Una mujer francesa, de pelo castaño lacio y brillante y por supuesto veinte años más joven que ella. De ahí en más, el nombre de su competidora será  “La Pausa”, a Boris lo llamará “El Muro” (siempre serio, impenetrable) y ella misma será “La Lunática”. Esta situación pone en jaque su seguridad como mujer, su autoestima, su  femineidad, que a los cincuenta y cinco años ya ha empezado a debilitarse.

“El verano sin hombres” es entonces un tratado sobre la mujer y su rol en la sociedad, en el matrimonio, en la familia y en todas partes. Algunos críticos la han catalogado como una novela feminista porque Mia (o Siri) construyen un relato donde la mujer queda victimizada frente a la figura del hombre, es más débil, sumisa, dependiente, y sin embargo, parecen decirnos ambas mujeres, es más inteligente. Mia nos cuenta cómo el propio Boris nunca ha respetado sus espacios y cómo ella nunca se ha molestado en reclamarlos. Mientras él es un frío y exitoso científico, ella es una simple poeta desconocida y desequilibrada. Boris tiene una autoestima elevada y Mia se siente Nadie. Él parece ser el único culpable y causante de su locura (como la llama ella). La primer parte de la novela tiene un tono feminista, nostálgico, opresivo y melancólico, que hará abandonar a más de uno (sobre todo del sexo masculino), sin embargo, ese regodeo en el sufrimiento que inunda las primeras páginas del libro -igual que sus primeros cincuenta y cinco años de vida- empezarán a desaparecer hacia la segunda la mitad del libro porque, aunque La Pausa venga a poner fin a su matrimonio y aparentemente también a su cordura, aunque ella sienta que al derrumbarse su principal relación afectiva, ella misma será incapaz de mantenerse en pie, la crisis termina por demostrarle que las cosas no son lo que parecen y que ésta es una excelente oportunidad para salirse de ese personaje que ella misma ha construido, dejar de victimizarse y empezar a tomar las cosas con humor, aceptar algunas cosas como son y dejar de tolerar otras.

Por esto último es que consideramos que la novela en su conjunto no es feminista, ya que en la segunda mitad del libro Mia empieza a reconocer (y a contarnos) algunas características positivas de su Boris y también se da cuenta de su responsabilidad en el asunto. El relato abandona el tono melancólico, cargado de ira del principio y se convierte en uno totalmente diferente: lleno de humor, de optimismo, de sentido común y de sensatez. Más allá de géneros.


Una novela cinematográfica

La forma en la que está estructurado el relato hace de la novela un monólogo interior o fluir de conciencia, o si lo trasladáramos al lenguaje cinematográfico, diríamos que se trata de un racconto de la vida de Mia, pre y post crisis, con flashbacks hacia un pasado más lejano y otro más inmediato, como si el personaje/actor (Mia/Siri) de una película narrara en off su propia historia antes y después del brote psicótico. El relato oscila entre un pasado lejano, que incluye referencias a la niñez, la relación con sus padres y su hermana Bea, sus primeras experiencias sexuales -muchas de ellas bajo la forma de acoso- su relación con Boris y con Stefan (él hermano muerto de éste); y un pasado cercano, posterior a la crisis, que incluye a los Cisnes, a sus nuevos vecinos, a sus púberes alumnas del taller de poesía (a las que llamará “Las Brujas de Bonden”), a su hija Daisy y también a su relación con la literatura y las palabras.

La novela está íntimamente ligada con el cine, no sólo por su estructura y lo que menciona más arriba sino porque tiene referencias explícitas al séptimo arte: desde la mención de Cary Grant y otros personajes del cine clásico de Hollywood hasta algunas anécdotas con Boris dentro de una sala de cine, pasando por claras reminiscencias a las screwball comedies de los años ‘30.

También invaden las páginas del libro otras artes como el teatro, la música y hasta la propia literatura. Mia menciona obras desde “Alicia en el país de las maravillas” hasta los poemas de Emily Dickinson que, además de servirle para sus clases de poesía, los usa como instrumento para contar su propia historia. A lo largo de la novela encontramos referencias –más, o menos explícitas- a películas, otras novelas, poemas, obras de teatro, piezas musicales, además de mitología griega y romana, filosofía, y casi todas las disciplinas científicas: biología, física, antropología, medicina, psicoanálisis, psiquiatría.

Estas referencias intertextuales sumadas a lo autorreferencial -que veremos más adelante- hacen de “El verano sin hombres” una novela moderna, a diferencia del clasicismo que pretenden adosarle algunos críticos. Si bien es cierto que el contenido, cómo se desarrolla la historia en sí misma, tiene ciertos ribetes clásicos, esto queda opacado ante la modernidad de las formas.

Como dijimos, en un primer momento cuesta digerir el tono melancólico-depresivo y la victimización que hace Mia de si misma, recurriendo permanentemente a adjetivos como loca, lunática, vieja, rechazada, víctima, patética, insoportable para describirse a sí misma y casi coincidimos con ella en que ES todo eso que siente. Pero a medida que avanzamos en el relato vamos descubriendo que está cargado de ironía y de humor negro y que el personaje logra reírse de si mismo y de su situación. Hasta que en la mitad del libro, en un rapto de modernidad autorreferencial, el personaje “mira a cámara” y nos dice “Pronto, pensaréis… Aparecerá la ACCIÓN… por Dios Santo, a ver si alguna de esas ancianas o alguna de esas adolescentes poetas… HACEN ALGO. Yo os prometo que lo harán. Que algo se está cociendo. Pero antes de que lleguemos a ese punto, quiero deciros, Amables Lectores… que si seguís todavía aquí conmigo en esta página… si no me habéis abandonado ni me habéis lanzado a mi, a Mia, volando por los aires hasta el rincón opuesto de la habitación o incluso si lo habéis hecho pero la curiosidad por ver si pasaba algo pronto os ha hecho volver a abrir el libro y seguir leyendo…”. Esto remite además a esos films de la Nouvelle Vague donde pareciera no pasar nada, llenos de tiempos muertos, ese fenómeno conocido como spleen (y traducido como noia) que en los años ’60 pretendía reflejar la abulia del ser humano y sobre todo de los jóvenes.

La Palabra

Otro de los elementos clave para analizar esta novela es el uso de la palabra, la retórica, el lenguaje y el idioma, que prácticamente conforman un personaje más en el universo de Mia/Siri. El lenguaje como tal es tan importante para el relato como los personajes de carne y hueso. La narración en primera persona, sumada al estilo narrativo, como dijimos anteriormente hacen de “El verano sin hombres” un monologo interior o fluir de conciencia. La protagonista aclara varias veces que se dirige al “Querido Lector” o a su hermana Bea, sin embargo el relato es, casi en su totalidad, una fotografía de la psiquis –más, o menos alterada- de Mia, que vuelca al papel sus pensamientos, sus sentimientos y sus reflexiones prácticamente sin filtro.

Esta característica, el alarde del artificio que significa la escritura, hace que la  consideremos una novela moderna. Husvedt (o Mia, ya no sabemos) juega con “lo dicho” y “lo no dicho”, con las palabras, con los roles del lector/narrador/escritor. Algunos pocos juegos de palabras y la manera en que moldea el lenguaje se pierden con la traducción –aunque en algunos casos la traductora recurre a las notas al pie para aclarar estas diferencias idiomáticas.

En una parte del libro, más o menos hacia la mitad leemos lo siguiente, que confirma los puntos anteriores: “¿Cómo continuo mi relato?, se pregunta vuestra desquiciada, triste, y llorica narradora… A partir de este momento se acumulan las historias… y todos sabemos que la simultaneidad constituye un GRAN problema a la hora de expresarla en palabras, porque éstas siempre vienen en secuencia” o “Mia, diréis, ve al grano. Me relajaré, respiraré hondo e intentaré poner freno a mi retórica”.

Mia juega con los sustantivos, los nombres propios, los adjetivos y las mayúsculas: La Pausa, Los Cisnes, el Pene, Don Nadie, El Muro, Las brujas de Bonden, Los dominios de M.

El Poder del Pene

Mia parece incapaz de abandonar ese juego psicopático al que se presta con todos sus vínculos, mayormente con los hombres, pero también con algunas mujeres. Existe un juego de poder, de víctima-victimario, que no sólo juega con Boris si no también con su madre (que aunque no sea hombre es lo que se llama una mujer fálica), con su profesor de la juventud, con aquel familiar que la ha acosado sexualmente, y también (en menor medida) con su admirada Lola, la vecina. Mia ha leído mucho a Freud y sabe -y nos lo cuenta- que “El pene es el poder” y esto le genera bronca, ira, impotencia, ganas de vengarse de Boris y de todos los hombres del planeta. Ella lo define como “la magia de la autoridad, del dinero y de los Penes”.

Algo que llama poderosamente la atención y que descubrimos ya en la primera página del libro es el recurrente uso de la letra “P”. La desgracia de su vida empieza con “P”. Con  “P” de Pausa, pero también de Pene, de Doctor P., de Pérdida, de Poema, de Purga, de Pasión, de Psicosis, de Paranoia, de Padre, de Poeta, de Patrimonio, y hasta de Premio Dorys P.Zimmer de Poesía. Teniendo en cuenta la conocida influencia de la vida real de la escritora en toda su obra podríamos concluir que se trata de la “P” de Paul -Auster, su marido.

Hay otra letra con la que ocurre algo similar y que cumple el rol opuesto: la “M”. “M” de Mia de Madre de Minesotta. La protagonista nos dice que tras su internación, volvió “a un territorio más antiguo y seguro. Los dominios de M”. “M” vs. “P”. La “M” pareciera ser la letra de la salvación mientras que la “P” es la letra de la ruina, Madre vs. Padre, Mia vs. Paul (representado por Boris), Pene vs Minesotta (lleno de mujeres) y así podríamos seguir indefinidamente, en un claro ejemplo de lo que a Siri/Mia le gusta hacer con las palabras. También podríamos rastrear el uso de la “B”, de Boris y de Brooklyn.

Una compleja novela en capas

La novela es compleja, profunda y si bien puede parecer banal y pasatista en un principio, abarca muchos de los “grandes temas” de la humanidad. Si como dijimos “El verano sin hombres” es un tratado sobre las relaciones entre hombres y mujeres, las diferencias de género, el rol que cada uno cumple en la sociedad, etc, también funciona como ensayo sobre las relaciones humanas en general, los individuos y su manera de sentir, pensar y actuar (a veces absurda). Está escrita de manera inteligente y original, tiene múltiples capas y es un relato donde la autora/narradora ponen sobre la mesa una gran cantidad de saberes sobre casi todas las disciplinas científicas y artísticas, lo que enriquece enormemente la historia.

Para aquellos lectores a los que les interese indagar en el tema de la vida real vs. la ficción, descubrir cuánto hay de autobiográfico y cuanto de ficcional en una novela, encontrarán en ésta la dosis justa entre ambos mundos, con muchos elementos autobiográficos y otros que nada tienen que ver con la vida de la autora. Si bien Husvedt se empeña en aclarar que los hechos no son reales y en una entrevista haya dicho “estoy harta de que siempre piensen que soy la protagonista de mis libros” hay algunos elementos clave que hacen pensar en sus novelas como una versión libre y adaptada de su propia vida y ésta no se queda afuera. Boris como alter ego de Paul, Mia como alter ego de Siri, principalmente.

Si bien la autora, la crítica internacional y algunos de sus colegas luchen por que pronto Siri se libere del rótulo de “esposa de Paul Auster”, el contenido de sus novelas no favorece a esta causa ya que sus textos, la mayoría de las veces giran en torno al matrimonio, al amor de pareja, al feminismo y el machismo, a lo masculino y lo femenino, al rol de cada uno de éstos en las sociedades, etc. En una entrevista reciente Siri declaró: “Estoy harta de que siempre piensen que soy la protagonista de mis libros. Yo no soy Mia”. En esta frase  podemos encontrar otro de esos juegos de palabras que tanto le gustan a Mia, pero que ésta vez parece ser inconsciente y haberle jugado en contra: no es casual que la protagonista se llame “Mia” cuando una de las principales falencias del personaje es la capacidad de control sobre si misma. La novela empieza cuando Mia pierde la cabeza y deja de ser “ella misma”. Las palabras “Yo no soy Mia”, bien podrían salir de la boca de la propia Mia Fredricksen (si hablara en español) para referirse, por un lado a que no se siente ella misma, y también para declarar que no se siente dueña de si misma (en inglés sería “mine”). En el relato Mia se pregunta o nos pregunta “Cuándo algo deja de ser lo que es y pasa a ser otra cosa” o “Cuándo alguien deja de ser él mismo y pasa a ser otro”. Siri, la escritora, tal vez aún no sea completamente “suya” sino que una parte le siga perteneciendo a su marido Paul. “Yo es otro” diría su colega Rimbaud.

Otro elemento que llama la atención es que en algunas pocas páginas del libro (por ejemplo la 16) encontramos unas ilustraciones que no se entiende a qué responden. Si bien podemos suponer que son dibujos que ha hecho Mia durante su proceso de recuperación, en la misma entrevista a la que hacemos referencia más arriba, Siri explica que son dibujos suyos que incluyó en el libro para marcar ciertos puntos clave, desligando a Mia de toda responsabilidad sobre ellos.
La entrevista a la que nos referimos puede leerse acá:
http://www.lavanguardia.com/libros/20111116/54238951266/siri-hustvedt-novela-el-verano-sin-hombres.html

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El Circo do Brasil viaja en tren

Brasil, de Paula Brecciaroli.
Editorial Conejos, 2011.
 117 p.

Tras separarse de su novio, una chica de unos veintitantos -y un evidente trastorno de ansiedad- decide hacer un viaje en tren para estar sola y alejarse un tiempo. Ese viaje iba a ser a Brasil, en avión y con Leo, su ex. Pero ante el cambio de planes ella prepara su mochila-dos días antes- se ocupa de dejar todo en orden en Buenos Aires -ubicar los gatos, vaciar la heladera- y se dispone a olvidar. “Tres días en tren. Sin necesidad de llegar a una ciudad hermosa, sólo viajar.” El destino que figura en el pasaje: La Triple Frontera. Pero Brasil no transcurre en Brasil ni en La Triple Frontera ni en ningún lugar en particular, más bien en el no-lugar que representa el interior de un tren.

La primer novela de Paula Brecciaroli es un diario de viaje, un viaje demencial que parece no tener fin y que desde un primer momento muestra signos de rareza. En la estación antes de partir, y en los primeros tramos del recorrido, somos advertidos de que este viaje no va a ser normal: “El guarda me dijo que todavía no podía subir. Tiene una pelota roja y carnosa en la punta de la nariz… me puse a adivinar, por las formas, las encomiendas… una era una bicicleta fija, otra era la caja de un televisor, otra tenía forma humana. Podrían ser mujeres envueltas en papel madera.” Cuando finalmente nuestra protagonista se ubica, después de elegir estratégicamente el asiento, se sienta al lado suyo un viejo bastante extraño que escribe cosas indescifrables con una letra enroscada. Además de Boris, el viejo, la protagonista viaja cerca de una familia sin padre compuesta por Ludmila, una mujer algo más grande que ella y con una voz insoportable, y sus tres hijos de seis y cinco años, dos de ellos “casi mellizos”. Otro de los pasajeros es Martín, el único que parece más o menos normal y que podría ayudarla a olvidar a Leo. Pero como todo en este viaje, eso también sale mal. En otro vagón viaja un grupo de gitanos que se la pasan festejando, cantando y vendiendo Patys. “Este viaje no es muy popular. Especialmente en esta época del año, que el calor se pega como una bolsa de plástico. Me dijeron que en algunos tramos del viaje tiran piedras”. A medida que transcurren las horas y van dejando atrás (o adelante) calles y pueblos, ella se da cuenta de que algo no va bien. El tren se desvía, sufre algunos problemas técnicos, el maquinista no puede seguir y debe buscarse un reemplazante, el tren no para en las estaciones programadas, el comedor no abre cuando se supone que tiene que hacerlo y ella hace días que perdió su mapa. “Nadie se sorprende de que hace dos horas hayamos pasado por la misma estación. Estamos en Rivas otra vez. Ahí está de nuevo la señora en silla de ruedas. Corre a la par del tren jugándole carreras. Hay tres chicos que se ríen de ella. Antes no los había visto”.

Pero como ella y nosotros sabemos que el trastorno de ansiedad es un virus que una vez que se mete en el cuerpo es difícil de sacar, y también sabemos que éste no nos deja pensar con claridad, todo podría tratarse de su imaginación, de su tendencia a pensar que algo malo siempre está por suceder. Las horas se convierten en días, que se convierten en más días y ya perdimos la cuenta. Ahora todos saben que las cosas perdieron su rumbo pero nadie, además de ella, parece preocuparse. El tren de a poco se convierte en una ciudad, una ciudad como de post-guerra o de película de catástrofe, donde unos pocos sobrevivientes tienen que buscar la manera de subsistir, inventar reglas de convivencia, estar alerta, lavar la ropa como se puede, racionar el agua, establecer sistemas de turnos para el baño, comprar comida antes de que se acabe, cuidar el asiento y todas las pertenencias. Hasta aparece la idea de una conspiración, de un grupo de “insurgentes” que los obliga a organizarse y planear una estrategia como si se tratara de soldados en el frente.

Una escena clave confirma que Brasil se ubica en el género del Relato fantástico como lo concibe Cortázar: se escucha un ruido, algo que golpea el techo del tren cada vez con mayor intensidad, como granizo, como balas. Hasta que descubren lo peor. Como si se tratara de la lluvia de sapos que cae sobre el techo de los autos en “Magnolia” (o los pájaros de Hitchcock) montones de tábanos golpean contra el techo del tren, tratando de entrar, de copar los vagones, atraídos por los restos de comida, la podredumbre y la basura. “Un enjambre volaba alrededor de la bombita del baño formando un pequeño tornado… había una maraña de bichos pegados contra el vidrio, del lado de afuera.” Los pasajeros pronto empiezan a ser picados por lo insectos, primero los chicos, después los adultos. En este punto hay un giro y del enfrentamiento se pasa a la camaradería, hay que pelear contra un enemigo común, externo.

Brasil establece un juego intertextual con dos grandes textos, por un lado La autopista del sur, del libro de cuentos de Cortázar Todos los fuegos el fuego y por otro, la novela El señor de las Moscas de William Golding. En La autopista del sur se produce un embotellamiento y los minutos empiezan a convertirse en horas, días. Los autos están detenidos y las familias empiezan a conocerse, comparten charlas, comida, bebida, se pasan al auto del vecino, los chicos juegan con chicos de otros autos. Nadie sabe qué ocurre más adelante y se tejen hipótesis que luego son desmentidas y reemplazadas por otras. Los rumores corren de auto a auto.

En El Señor de las moscas, un avión sufre un accidente y los únicos sobrevivientes son los chicos. Así, sin adultos, y en medio de una isla desierta, deben arreglárselas como pueden, aprender a convivir y a sobrevivir, a sortear los obstáculos y enfrentar el peligro. En la novela de Golding se muestra cómo el ser humano ante situaciones extremas tiende a lo primitivo, a luchar por la supervivencia y a sacar lo peor de sí mismo. Los chicos se organizan en tribus, se establecen jerarquías de poder, los débiles sufren en manos de los fuertes. Se inventan historias, se corren rumores, y hasta creen ver lo que ellos llaman “la bestia”. Hasta que en un momento, ya desesperados, cazan un jabalí y le cortan la cabeza para clavarlo en un palo y convertirlo en una ofrenda para la bestia. En seguida la cabeza se llena de moscas y los chicos empiezan a hablar así de “el señor de las moscas”. A esa altura, el hambre, el frío, la desesperación se transforman en delirio y algunos de los chicos creen que el señor de las moscas les habla. En la contratapa de la edición de Alianza leemos “La situación límite ideada por William Golding… permite imaginar las posibilidades dramáticas que encierra el estado de naturaleza y el acto fundacional de la sociedad… el deseo de dominación suprime las normas éticas aprendidas y hace surgir los instintos atávicos latentes bajo las costumbres civilizadas”. En Brasil los pasajeros representan la pérdida total de la compostura, los modales, el deber ser como consecuencia de la situación límite que atraviesan. Como decíamos más arriba, hay que defenderse, cuidar el asiento, aprovisionarse, estar alerta.

Entonces, en ambos casos la premisa que recorre el relato es “qué pasa cuando una situación externa, inesperada, hace que un grupo de personas desconocidas tengan que convivir en un espacio-tiempo determinado”. La novela de Paula Brecciaroli parte de esta misma premisa y ese espacio es el tren, con adultos además de chicos, vagones en lugar de autos, grupos de afinidad en lugar de tribus, y desperfectos técnicos en lugar de un embotellamiento o un accidente aéreo. En Brasil no sólo se tejen historias acerca del recorrido del tren sino que a partir de un rumor, creen estar en peligro porque un grupo de insurgentes planea atacar su tren. Podríamos decir que de El señor… toma lo terrorífico y desesperante de la situación y del cuento de Cortázar lo lúdico y grotesco. Porque no todo es miedo, ansiedad y competencia en el tren sino que hasta hay lugar para partidos de fútbol en los baños y pasillos y hasta un baile entre el guarda y el viejo Boris que grita un Sapucai.

Hay una escena clave en Brasil que es el colmo de lo grotesco: los pasajeros descubren que el guarda tiene un bigote falso, adherido con un pegamento berreta que hace que en ocasiones se corra de lugar. Esto, sumado a su aspecto general y al grano rojo en la punta de la nariz hace que la figura de autoridad dentro del tren sea de lo menos creíble y respetable. Esto además, contribuyendo a la sensación de descontrol y desamparo. Y como los pelos de las mujeres empiezan a crecer por el tiempo que hace que no pueden depilarse, éstas empiezan a tener bigotes a partir de lo que Martín teja una teoría conspirativa en la que todos son farsantes. “El guarda es un cobarde. Preguntale por qué se pone bigote. La olla se va a destapar porque huele a podrido” le dice él.

En los tres casos, El señor…, Brasil y La autopista se nos presentan hechos de la vida cotidiana, con los que cualquier lector se siente identificado, para luego introducir un factor anormal, extraño, que irrumpe de pronto generando un clima pesadillesco del que algunos parecen no darse cuenta y los eventos se van asimilando hasta naturalizarse. Estas premisas son las que definen al relato fantástico como lo concibe Cortázar (y Todorov). No es casual que Brecciaroli haya escogido a los tábanos, que también suelen llamarse moscas asesinas como metáfora de la amenaza. Tanto los sapos en Magnolia como los tábanos en Brasil, las moscas en El señor…, los pájaros de Hitchcock y la cucaracha/escarabajo en la que se convierte Gregorio Samsa, representan algunas de las fobias más comunes en la población. Otro de lo puntos que hacen al relato fantástico es que nunca terminamos de entender si se trata del plano de lo real o de la fantasía. ¿Es un sueño? ¿Es la imaginación del narrador? ¿Es real? A diferencia de otros géneros, como el “maravilloso”, donde ocurren cosas imposibles, en el género fantástico las cosas son lo suficientemente extrañas como para creer que se trata de un sueño, pero lo suficientemente posibles como para pensar que puede tratarse de la realidad. Cada hecho, cada elemento, nos da pistas sobre la realidad o irrealidad de la situación, que luego son desmentidas. En “Brasil” no sabemos si todo esto es una fantasía de la protagonista -producto de su ansiedad- si es uno más de los sueños que tiene en el tren, sólo que este lo vive como real y nos avisa que es un sueño, o si realmente las cosas están ocurriendo como ella las describe.

Brasil puede leerse como una aventura liviana y entretenida. O podemos mirar debajo de la superficie, de esa capa de mugre y tábanos, y encontrar su contra cara siniestra. Si eligen la segunda opción (como yo) entenderán que Brasil constituye una mirada inteligente y original sobre las relaciones humana, el hombre y la mujer, las soledad, los chicos y los adultos, los temores y los deseos.

¡Buen viaje! / Boa Viagem!

Salvavidas de literatura o ningún pibe nace poeta

junio 16, 2011 5 comentarios

Caripela por 500. Si cualquiera viese a Camilo en el bondi, en el tren, en la calle, cualquiera diría que Camilo es un negro de la villa, un negro de mierda. Cualquiera diría que Camilo nació chorro y que te va a robar porque eso es, un chorro. Están los negros de mierda que nacen chorros y mueren chorros, y estamos todos los demás, que morimos gente bien.

El pibe chorro ya nace queriendo robarle la cadenita de oro al obstetra, los anillos a la nurse y la billetera a todos los demás. Todavía no terminó de salir de la concha negra de su madre y ya quiere irse a la concha de la lora, a hacer alguna con los pibes. El pibe chorro a veces nace ochomesino, de pura ansiedad por salir a robar. A veces está en incubadora porque nació mini-negro de mierda y no ve la hora de ir a comprar paco, de aspirar pegamento. Camilo no quiere que las enfermeras limpien la sangre porque a Camilo le fascina la sangre. Acaba de nacer y ya le gusta la muerte. No ve la hora de que lo caguen a palos en todos lados, en su casa, en la calle, los grandes y los chicos, los malos y los buenos.

Camilo a los 2 años años ya merece que le enseñen lo que es el rigor. Que los malos tienen derecho a pegarle porque eso son, malos. Y los buenos también,  porque por algo son buenos. Justicia por mano propia. El mini-villero ya siente placer al pensar en tiros, balas, sangre. Hasta le gusta la basura. No ve la hora de salir del sanatorio y empezar a robar. Por eso el llanto desconsolado, por eso el pataleo.  Camilo no  sufre de hambre porque está acostumbrado, porque está en sus genes ser negro-de-la-villa-muerto-de-hambre.

Cualquiera no diría que Camilo da charlas sobre inseguridad y que le presta libros a sus compañeros de choreo. Cualquiera no diría que Camilo edita una revista que se llama ¿Todo piola? y que en esas dos palabras sintetiza la idea de pensadores, filósofos y demás gente bien que nació para profesional. Dos palabras para resumir la teoría marxista de la conciencia de clase.

Cualquiera no se plantearía cómo un pibe que vivió la mitad de su vida rodeado de tiros, golpes, paco, mierda, bronca, y la otra mitad adentro de la cárcel, por negro de mierda, puede capitalizar toda esa experiencia y convertirla en palabras,  en literatura. Cualquiera no pensaría que Camilo Blajaquis es el nombre artístico de César González, un negro de mierda que ¿cómo va a tener un nombre artístico si ni siquiera merece tener un nombre?

Si Camilo no sabe lo que es la resiliencia, debería. Si cualquiera no lo sabe, también.

 

Mi cabeza empezó a cambiar, a incorporar cosas nuevas; todo un mundo que no conocía hasta antes de caer preso, cuando me di cuenta de todo lo que se le oculta a un joven que le toca nacer en un barrio de clase baja, en una condición pobre y humilde como en la que nací. Aparte de excluirte económicamente, te excluyen cultural y simbólicamente. Te excluyen porque sos el negro de una villa, el negro de mierda, vas a ser chorro, obrero y nada más. El sistema te excluye y es mucho más cruel de lo que uno cree –repasa su aprendizaje–. Lo que juega es una exclusión simbólica: el de la villa es un ignorante, es un posible delincuente. Empecé a usar esto que tengo acá arriba para algo productivo, para algo que me diera vida, que me diera fuerza. Y digo vida porque estaba muerto en vida: 16 años, seis balazos de la policía, me quedaban cinco años de cárcel; ingresé a un instituto con los clavos en las piernas, en muletas, pesando 50 kilos. Realmente estaba muerto.

Una vez que empecé a leer compulsivamente también comencé a incorporar palabras nuevas, reflexiones, sueños, esperanzas nuevas… sentí que mi vida podía ser más interesante que rejas y plomos policiales. Apareció una luz en las tinieblas. Y esa luz fue el arte, la poesía. Necesitaba materializar tanta necesidad de desahogarme, darle forma a todo eso. Y empecé a escupir en una hoja sin saber bien qué nombre tenía eso que estaba escupiendo. Al pasar el tiempo lo fui fortaleciendo y puliendo, quise mejorar la estética hasta que me atreví a llamar “poesía” a toda esa rabia que descargaba mi cuerpo. Si no fuera por la literatura, ya estaría muerto y sería un número más en los legajos policiales.

  

Esquema de un espejo
Camilo Blajaquis

con estilo hombre
no seas común es aburrido
con estilo uno ve

cosas que otros no
zapatos rotos y rayuelas hecha con piedra
el antiguo imperio

en el constante imperio
que tiene nuevo manager
escupile arte en la cara

quizás reviva
enseñale a caminar
al pobre idiota malcriado

¿rima esto? no me importa
si la torta sigue mal cortada
y el cuchillo es de los mismos

a conformarse con las sobras
jodete si estas frío y lo escondes
esto es la ruleta y el castillo de naipes
no escribo por payaso

para eso están los diarios
escribo desde allá…lejos, muy lejos
dimensión de un pendejo

que solo desea un tubo de oxigeno
agua si hace calor
abrigo cuando hace frío.

mandate hasta al fondo
no tengas miedo no te escapes
vení que te muestro

en un segundo mil desastres
lo ves, lo escuchas, lo sentís
pero cerrás el orto y seguís de largo

el mundo del revés absoluto
los obreros del revés nosotros

Cross a la mandíbula
Camilo Blajaquis

Estrellas lejanas brillantes e inspiradoras,
balas perforando sienes,
celdas cerrando sus puertas
suicidios a causa del miedo.
Primaveras, enamorados y chocolate
exclusión económica
exclusión cultural
exclusión psicológica.
Sol radiante, jardín de flores y aves cantoras
heridas con supura, torturados y esclavizados.
Cielo de azul fresco, aire calmo y la montaña
HIV, basurales, tristezas y resignaciones.
Rayos de luz, el mar inmenso, los bosques
infancias a puro dolor, ausencias, envidias.
Selvas, lagunas, desiertos, glaciares
traiciones, masacres, contaminantes, mugre
La luna, las nubes, los ríos, la vida
el ser humano, propiedad privada, dinero, la muerte.

 

Literatura asexuada

El sumplemento ADN de hoy está dedicado a Jorge Luis Borges para conmemorar los 25 años de su muerte (que se cumplen el martes). En esta edición especial varios autores argentinos opinan sobre el escritor, su obra, y el efecto que ésta tuvo en sus propias obras. La más interesante me pareció la de Andrés Neuman, que observa cómo en la obra de Borges hay una total omisión de la sexualidad.    

Un escritor sin cuerpo
Por Andrés Neuman

La vigencia de Borges me parece tan compleja como su estilo. Dependiendo del ángulo desde el que abordemos su legado, pienso que la respuesta variaría radicalmente. Si nos concentramos en su noción transnacional, hipertextual y políglota de la ficción, entonces sólo cabe admitir que fue un adelantado a su tiempo. Como bromeó alguna vez Eco, Borges inventó Internet. Esa idea es sólo parcialmente cierta, ya que al mismo tiempo fue un autor esencialista o platónico, con evidente desinterés por la actualidad y lo moderno. Esa parte reaccionaria de Borges me parece divertida y, en cierta manera, profunda. Desde un punto de vista más ideológico, creo que el predicamento de Borges ha dependido de la despolitización de su figura. Cuando sus opiniones políticas, a menudo atroces, eran parte del debate literario en Argentina, la lectura de su obra se veía inevitablemente interferida. Creo que, como pensador social, Borges dejaba bastante que desear y no hace ninguna falta engañarnos con eso: sus libros eran mucho más grandes que sus actitudes. Ahora bien, si enfocamos su obra desde otros puntos de vista, como el del género, entonces nos topamos con su lado más anacrónico. Borges era además, en términos estrictamente literarios, un escritor sin cuerpo. Su obra omite la sexualidad de una manera casi obsesiva. El deseo, el placer, la carne están prácticamente desterrados de su universo. Sería curioso preguntarse por qué un país tan psicoanalizado como la Argentina ha colocado a un genio de la represión sexual en el centro de su canon. Por otro lado, y celebrando que hablamos de una de las prosas más brillantes del siglo XX, quizá no nos vendría mal dejarlo descansar por un tiempo. Lo cual no significa en absoluto olvidarlo, sino dejar de soñar con imitarlo. Ser un epígono borgeano parece mucho menos provechoso que ser su lector.

Yo y mi Calaguali

Tomado del suplemento Verano 12  de la edición online de Página 12, del lunes 3 de enero de 2011.

Cinco, seis, tal vez siete años
por Fabián Casas

Para Baltazar Vega,
cuando pueda leerlo

“You only have to read the
lines as scribbly black, and
everthings shines!”, Matilda

Mother. Syd Barrett.

Primero hago el piso. Línea recta larga, larga. Hasta acá. Así. Así es. Esto es suelo. Donde piso yo, mamá, Sergio. Línea recta hacia allá. Listo. Ahora cielo. Grande, grande. Cielo azul, sin nubes. Cielo con sol. Hago casa. Mamá está en la casa. Sergio no. Mamá está sentada a la mesa dentro de la casa. Sergio no. Mamá camina por la casa. La casa es alta, muy alta. Como Sergio. No como yo. Mamá cocina en la cocina de la casa. Mamá lava los platos azules en la casa alta, muy alta. Mamá me quiere adentro de la casa alta. Sergio nos quiere adentro de la casa. Yo los quiero. Las ventanas de la casa están bien arriba, casi en el cielo. Arriba, muy alto. Lejos de la calle sucia. En la casa hay un recuadro. Lo hago. Así. Así. En ese recuadro vivo yo. Mamá viene todas las noches y me da un beso. Me tapa con la sábana. Todas las noches. Me duermo y mamá está ahí. Los dos estamos en el recuadro. Mamá tiene un recuadro igual donde vive con Sergio. Lo hago. Así. El recuadro está lleno de agua. Yo vivo en el agua también. Tenemos, cada uno, recuadros llenos de agua. Es para cuando la casa se caiga, es para cuando la casa se caiga.

Atravesamos los largos pasillos con olor a pis. Ayer vinimos en colectivo pero yo me sofoqué y empecé a vomitar. El colectivo estaba lleno. Una mujer le decía a mamá pobrecito, pobrecito. Mamá no decía nada. Mamá parece enojada para los demás pero para mí no se enoja. Yo quise sacar el boleto. Después me arrepentí y me quedé callado con la plata en la mano. El colectivero me miraba y me preguntaba qué quería. Mamá me sacó la plata de la mano y se la dio al colectivero. Mamá pagó, después me agarró de la mano y dijo acá, Tuti, y me hizo un lugar a la ventanilla. Hacía frío y estaba el colectivo cerrado y empezó a subir gente y a moverse cada vez más y yo empecé a sentir la panza revuelta. Qué pasa, Tuti, qué pasa, decía mamá. Mamá tiene una voz gruesa. La tía Susana tiene una voz linda. El doctor Lavena tiene una voz increíble. A veces me da miedo, pero no le digo nada a mamá. Por eso hoy mamá le pidió a Sergio que nos trajera con el auto. El auto es grande, verde. Así. Tiene un piso con agujeros por donde Sergio saca sus pies para poder hacerlo avanzar. Así. Mamá vino a la pieza y me despertó. Me puso la ropa y me lavó la cara. Después yo solo fui a la cocina. Estaba Sergio en la luz. La taza humeaba. A veces, por las noches, Sergio me lee Bufalito. Bufalito es un vaquero muy lindo. Vive en el Lejano Oeste. Hola Hombrecito, dice Sergio. Me levanta y me da un beso. Raspa. Huele a café. Mamá huele a jabón. Tomamos la leche. Mamá le pregunta a Sergio cosas de su trabajo. Si va a buscar a un hombre a donde salen y vienen los aviones, si lo va a acompañar a recorrer la ciudad. Sergio dice que el hombre es un bodrio. Me gusta esa palabra, le digo a Calaguali que la recuerde por si me la olvido. Tenemos una caja con palabras que fuimos recolectando con Calaguali: Pecado, Caniche, Hortaliza, Gusano, Torre, Corcel, Sangre, Luz negra, Esperanza. Esperanza es una palabra pero también es una chica de la televisión.

Mamá se para. Parece siempre apurada. Veni, Tuti, me dice. Lavate los dientes. Pone un banco y me sube arriba. En el baño está la estufa eléctrica encendida. Me sofoco. Ganas de devolver todo. Pienso en Bufalito, en cómo se enfrenta a los peligros de vivir en el Oeste. Mamá me da agua y me dice que me enjuague. Ayer mordiste el tocadisco otra vez, dice mamá. Te gusta la madera no. La música me da ganas de morder, digo. Tuti, no quiero que te rompas los dientes, dice mamá. Me pone la campera roja, con capucha. Hace frío, Sergio, dice. Es invierno, dice Sergio. Sergio se pone el sobretodo azul que me gusta. A veces lo toco. El otro día me regaló una caja con terrones de azúcar de todos colores. Escuchame, Sergio, le digo, hoy me podés traer chocolate. Lo que quieras, Hombrecito, dice Sergio mientras se adelanta y abre la puerta. Mamá grita desde el baño. Pero cómo volvió al baño. Si estaba adelante. No entiendo qué grita, pero Sergio le dice sí, no te preocupes. Escuchame, Sergio, vos vas a manejar no, le digo. Salimos a la calle. Hay sol y ruido. Hay viento y frío. Hay olor a puré. Sergio me alza. Escuchame Sergio, quiero caminar, le digo. No, Hombrecito, no hay tiempo, me dice. Abre la puerta verde. Adentro de la puerta hay asientos blancos y olor a limón. Adelante no, dice Sergio. Adelante va mamá, dice. Escuchame, Sergio, le pregunto, nos vas a pasar a buscar después del hospital. No puedo, Hombrecito, tengo que trabajar. Pero en el colectivo me sofoco y devuelvo, le digo, mientras siento un calor que sube desde la panza. Entonces se toman un taxi con mamá, dice Sergio. Yo tengo que ir a buscar a un escritor al aeropuerto, donde vienen los aviones, dice Sergio. Me pongo a llorar. La voz de mamá en un costado de la cara. Por qué llora, dice. Porque quiere que los pase a buscar cuando salgan del hospital, dice Sergio. Basta, Antonio, me dice. Dejo de llorar. Sergio arranca el auto. Primero despacio, después cada vez más fuerte. Yo veo cómo mueve los pies y lo hace avanzar. Qué dice el doctor Lavena, dice Sergio. Después hablamos, dice mamá. Pero sí o no, dice Sergio. Después hablamos, dice mamá. Escuchame, mamá, el doctor Lavena sabe música, le digo. Mamá gira la cabeza. Mamá tiene una larga cabellera roja. No sé, Tuti, pero le podemos preguntar, dice.

Mamá camina rápido. Me lleva alzado. Escuchame, mamá, le digo, dejame caminar a mí. No, dice, no quiero que llegues agitado al consultorio del doctor Lavena. Dice: te acordás cómo te agitaste ayer y vomitaste en el colectivo y después con el doctor. Fue una vergüenza. Dice: ya llegamos. Cada vez pesás más vos, eh. Pasillos largos con olor a pis. Mucha gente que se cruza entre nosotros. Ruido. Hay un motor funcionando en algún lado. Escuchame, mamá, qué motor suena, digo. Motor, pregunta mamá, yo no escucho ningún motor, dice. Siento la respiración de mamá en mi cara. El cuerpo de mamá, grande, fuerte. No raspa. Hay una puerta, adentro de la puerta hay mesas, sillas y más gente. Acá también hay motor. La conocen a mamá. La saludan y me hacen un lugar. Mamá me deja sentado y se pone a hablar con una mujer que está sentada frente a una mesa. Salvo mamá, todos están sentados. Mamá, mamá, le grito. Escuchame, mamá, sentate acá, le digo. Están todos sentados, le digo. Siento de nuevo al calor que sube desde la panza. Todos se ríen. Me agito. Ya voy, Antonio, esperá que tengo que hablar con la señora, dice mamá. Ya viene, mami, me dice una viejita que está sentada al lado de otra viejita que está sentada al lado de una nena. Cuántos años tenés, Antonio, me pregunta la viejita. Le hago con las manos. En serio, dice la viejita, entonces ya vas a la escuela primaria. Te gusta la escuela, dice la viejita. El calor sube y sube, está en la garganta. A Calaguali le pasa lo mismo, él me lo dijo. Y también, cuando duerme, le duele la cabeza. No, Calaguali va, le digo. Guali, pregunta la viejita. Calaguali, le repito. Pero vos no vas, pregunta la viejita. La viejita de al lado le dice algo al oído. Bueno, bueno, dice la viejita. La nena me mira fijo. Me mira muy fijo. Tiene ojos negros y brillosos. Yo la miro pero entonces vuelve mamá y me alza. Vamos, Tuti. Mamá tiene olor a jabón y miel. Otra puerta más y adentro de la puerta está todo blanco y no hay sonido. Hay olor a algo. Me agito más. Mamá se va a enojar. Se va a enojar. Bufalito no tuvo miedo y domó el caballo del tío Billy, allá en el rancho de Yonapatagua. Pienso en eso y me doy fuerzas para no vomitar. Un pared muy blanca. No hay sonido. Y de golpe, de la pared, así, así, increíble, aparece el doctor Lavena. Es como un héroe, con el pelo negro brilloso peinado hacia atrás, el guardapolvo blanco. Hola, Tuti, me dice. Hoy estás más tranquilo, me dice. Mirá lo que te traje, dice. Tiene la revista de Los Titanes del Coco, en colores, como la anuncian en la tele. Qué se dice, Antonio, dice mamá. Gracias. El doctor Lavena vuela por el consultorio propulsado por unas botas de las que sale fuego, como uno de los Titanes. Igualito. La alza a mamá en brazos y la deja sobre una silla. Me alza en brazos y me pone sobre la camilla. Tuti, dice, sacate el pulovercito y la remera. Lo sé hacer. Despacio, despacio. El calor está bajando de la garganta al pecho. Estás agitado, dice el doctor Lavena. El pelo es brilloso y huele a menta. Escuchame, doctor, le digo, no va doler, no. No, Tuti, cuándo te hice doler, decime, dice el doctor Lavena. Sus manos están frías, me pone el aparato en la espalda y escucha. Después lo pone en el pecho. Respirá, dice, respirá hondo, dice. Después agarra otro aparato y lo pasa por mi cuello. Está frío. Le pregunta a mamá si me despierto irritable. Irritable, le digo a Calaguali que guarde esa palabra. A veces, dice mamá desde su silla. Tiene dolores de cabeza, pregunta el doctor Lavena. Hace semanas que no tiene. Acostate, Tuti, me dice. No, así no, boca abajo, dice. La camilla tiene olor a menta. Me pone el aparato frío por la espalda. Hay un ruido como el del autito que me trajo Sergio. Hay más inflamación, dice el doctor Lavena. No sé si me lo dice a mí o a mamá. Pero me quedo callado por las dudas. Después él y mamá pasan del otro lado de la tela que está pegada a la camilla. Hablan de algo pero no los escucho bien porque hablan muy bajo, para que yo no los escuche. Escuchame, mamá, por qué hablan bajo, les digo. Antonio, estoy hablando cosas de grande con el doctor Lavena, dice mamá. Detrás de la tela está la mesa donde se sienta el doctor Lavena, como la que tiene Sergio en su pieza y donde se sienta a leer y a trabajar en sus cuentas. A veces me despierto en medio de la noche y voy al baño y Sergio está con la luz prendida, la luz chiquita que yo también tengo en mi mesita de noche y a veces también mamá está despierta con él, dándole mates. Entonces yo les pregunto qué están haciendo y mamá dice: Sergio está haciendo las cuentas. Y eso me da felicidad. Estamos los tres a salvo de los enemigos, en nuestro escondite, como el que tienen Los Titanes del Coco, con el escudo de energía invisible activado y ningún enemigo puede entrar a la casa aunque sea de noche. Ahora mamá sale de atrás de la tela y tiene los ojos rojos, como si hubiera estado llorando. Tendrían que ver a mamá llorando, es un espectáculo. La otra noche nos bañamos juntos ella y yo y de golpe se puso a llorar y el agua enjabonada de la bañadera se puso salada por las lágrimas de mamá. Vamos, Antonio, ponete la ropa. Una vez Sergio me puso un pullover sin nada abajo y tuve ronchas por todo el cuerpo, y picazón. Bueno, nos vemos el viernes para los análisis de sangre, dice el doctor Lavena. Y mamá casi no le contesta, sólo le hace señas con la cabeza, como hace el pájaro de los dibujitos que sube y baja picoteando la madera, pero más lenta, mamá es más lenta.

Sergio me dijo ayer que después de la operación voy a poder ir al colegio como los demás chicos. Me preparo para cuando llegue ese momento. Salvo con mis primas, Mabel e Irene, no hablo con muchos chicos como yo. Pero los veo por la calle, los veo en la tele, somos casi parecidos. Escuchame Sergio, la operación va a doler, le pregunto. Ni te vas a dar cuenta, Hombrecito, me dice. Te duermen y cuando te despertás ya estás sano otra vez, dice. Escuchame, Sergio el doctor Lavena me va a operar, le pregunto. Sí, el doctor Lavena, que te quiere mucho te va a operar y además es muy bueno operando nenitos, me dice. La otra noche soñé con el doctor Lavena, él y mamá iban caminando de la mano por el hospital. Se veían contentos. Pero esto no se lo cuento a Sergio. Hay cosas que pasan que no se las cuento a nadie. Bah, sólo las hablo con mi Calaguali.

La otra noche yo y mi Calaguali hicimos cosas raras, los dos nos bajamos los calzoncillos, nos pusimos de espaldas y nos frotamos las colas.

Después me vino fiebre y mamá se enojó porque me vio agitado. Pero no le dije nada de Calaguali. Después de la operación, cuando tenga que ir al colegio como todo el mundo, un día de esos, le voy a contar de mi Calaguali.

Hígados y fideos. No me gusta. Pero mamá dice que tengo que ponerme fuerte. Mamá me corta el hígado. Lo corta en pedazos cuadrados, a los que vuelve a cortar hasta que son muy chiquitos. Comé todo, Hombrecito, me dice. Mamá y Sergio comen hígado pero con más salsa. Escuchame, mamá, no puedo comer igual que ustedes, le digo. No, Tuti, porque la salsa tiene vino. El vino no deja crecer a los chicos, dice Sergio. No digas estupideces, le dice mamá. Mi viejo me decía eso, dice Sergio. Después de comer mamá me lleva al baño, pone el banco de madera y me hace subir encima. Mi cabeza, grande, en el espejo. Mi mamá me mima y me besa mientras me hace lavar los dientes y las manos. Quiero ver con ustedes, le digo. Un rato, dice mamá, y después te vas a dormir. Sergio está sentado en el sillón y ya prendió la tele. Escuchame, Sergio, después vas a hacer las cuentas, le pregunto. No, Hombrecito, hoy trabajé mucho y estoy cansado, después de la serie nos vamos todos a dormir. El no va a ver toda la serie completa porque siempre termina acostándose muy tarde, dice mamá mientras trae almohadones para sentarse encima. Nunca le alcanzan los almohadones para sentarse encima. Mamá manda, me dice Sergio mirándome fijo. Ahí empieza, dice mamá, callensé. Mamá, te quiero, no quiero que nunca te pase nada de nada. Cuando sea grande, mamá, voy a trabajar de actor en esta serie y vos vas a estar muy contenta de mí, mamá. Otra vez Falconetti, grita mamá. Cuando aparece en la serie Falconetti las cosas se ponen mal. A mí a veces me hace llorar y mamá se enoja por dejarme ver la serie. El hermano rico y el hermano pobre son separados desde muy chicos, como si ahora alguien me separara a mí y a mi Calaguali y nunca nos volviéramos a ver. O peor, nos volvemos a ver pero no sabemos quiénes somos, no sabemos que una vez vivimos juntos y éramos hermanos. Y siempre está Falconetti siguiéndonos para lastimarnos. Falconetti es muy malo. Es, como dice la Tía Susana, la piel de Judas.

Otra vez los ojos rojos de mamá. La tía Susana y ella estaban hablando en la cocina y cuando entré se quedaron calladas, las sorprendí. Falconetti anoche sorprendió al Hombre Pobre. Sergio me preguntó: pero cómo no se dio cuenta de que estaba Falconetti esperándolo. Es verdad, yo también estuve pensando en eso.

Antonio, dice mamá, querés que la tía Susi te lleve con el tío Carlos a la Costanera. La tía Susana es la única persona –además de Sergio– con la que mamá me deja salir. Sí, digo, sí. Bueno, vamos a vestirnos que hay sol, dice mamá. Porque después empieza a hacer frío temprano. El puloversito, los vaqueros, como los de Bufalito, la campera roja con capucha. Mamá me ajusta la ropa, me la mete por dentro de los pantalones. Las medias me pican, le digo. Son ideas tuyas, me dice. Me pican, le repito. Me las saca y me pone otras. Están son lindas y no pican. Estoy listo. Me siento en la cocina con mamá y la tía Susi. Al rato llega el tío Carlos. Soy feliz. La tía Susi es como las de la tele, con los pantalones azules, ajustados. El tío Carlos es grande, patilludo. Me gustan sus zapatos altos. El auto del tío Carlos huele a chocolate. La tía Susi lo abraza mientras él maneja. El maneja igual que Sergio. Pero la tía Susi y el tío Carlos hablan más. Mamá y Sergio no hablan mucho mientras van en el auto. De a ratos, el tío Carlos se da vuelta y me dice: mirá, Antonio, qué lindo día. Sí, sí, digo y no paro de mirar a las personas, los colores de la calle, los chicos como yo, los colectivos, todo es maravilloso aunque empiezo a sentir calor en el estómago. Eso empieza a subir. Entonces el tío Carlos estaciona el auto en la Costanera y bajamos. Me compran nieve y nos sentamos en un banco. Hay un montón de gente alrededor nuestro. Y adelante, con solo saltar, está el río inmenso y marrón. El río inmenso y marrón. Cuando me doy vuelta para contarles que el río es inmenso y marrón la tía Susana se está besando con el tío Carlos. Le mete la boca en la boca, se enganchan. El otro día se besaban así en la tele. Me como la nieve. Un nenito pasa con un hombre grande. El hombre lleva una caña de pescar. Van de la mano. El nenito me mira fijo como si yo tuviera algo que fuera de él. O como si me conociera. Tal vez nos conocemos. Cómo sé si Calaguali no lo conoce a él también. Giro la cabeza, están todavía con la boca en la boca. La tía Susana está encima del tío Carlos. Hacen un ruido raro. Pongo la vista en el río que es inmenso y marrón. El sol está brillando poderoso sobre el río. El sol tiene rayos largos que giran a toda velocidad y producen un efecto extraño en los ojos. El río se vuelve azul, el río se vuelve azul. Me doy cuenta de que el río es en verdad el mar escondido. Me quedo mirando fijo cómo el mar y el sol se besan como mi tía Susana y mi tío Carlos. Ellos hacen ruido. De golpe mi tía Susi se acerca, dejando a mi tío Carlos agitado sobre el banco en el que estamos sentados. Mi tío Carlos respira agitado como lo hago yo algunas veces. En esos casos mamá me pregunta, nerviosa: estás agitado, estás agitado. Mi tío Carlos es como un animalito vestido de hombre. Antonio, dice Susi. Qué, le pregunto. Se la volvió a encontrar, dice mi tía Susi. A quién, le digo. A la eternidad, dice mi tía Susi señalando el horizonte con el dedo. Es el sol mezclado al mar, dice. Asi que ella también sabe que el río es el mar cuando está escondido. Entonces mi tío Carlos me dice que volvamos al auto, que nos quiere llevar a un lugar encantado. Como los cuentos que me cuenta Sergio, pienso. Susi me alza y me pone en el asiento de atrás. Arrancamos. Vamos a un lugar encantado. Siento cosquillas en la barriga y en el pecho. Estamos a la par del río, que ahora, muy de a poco, vuelve a ser marrón. Y el tío Carlos está contento porque no para de cantar. Canta: tralalá, tralalá, la encontron a la eternidad, es el sol mezclado al mar. Y Susi se da vuelta y me mira y los dos nos reímos. Entonces el auto entra por un camino extraño, con muchos árboles altísimos. Ya no hay río, sólo árboles altísimos que se cruzan uno detrás de otro. Veo animales desconocidos que se mueven en sus copas. Hasta que bajamos por una rampa y terminamos en una playa inmensa donde hay muchos autos. Y hay gente adentro de los autos. Están unos al lado de otros. No me di cuenta porque las copas de los autos cubrían al sol pero ahora es totalmente de noche. En los otros autos hay gente que mira hacia el resplandor. El resplandor está frente a nosotros, contra el cielo estrellado. Este es un autocine al que a veces venía con mis papás, dice el tío Carlos. Te gusta, me pregunta. Le digo que sí con la cabeza. Oscureció y está haciendo frío, dice Susi. Por qué no volvemos, Carlos. Pará, pará, dice Carlos. Demos una vuelta más, dice. Arrancamos. En un auto hay unos nenitos rubios, brillantes, contra el resplandor. Sus papás están al volante, también rubios. Qué buena luna, dice Carlos. Si quiero apago las luces del auto, mirá, dice Carlos. Pará, dice Susi, manejá más despacio. Esquivamos a los demás autos y salimos de nuevo al camino de árboles. Mirá, Antonio, allá, allá, me grita Carlos. No lo puedo creer. Un inmenso tobogán donde la gente sube por unas escaleras con mantas en las manos para después tirarse sentada encima de ellas. Es el supertobogán, dice el tío Carlos. Todavía está habilitado, dice. Es como una montaña, tío, le digo. Sí, yo venía seguido acá, dice. Una vez se tiró un chico parado y se mató, me dice. Carlos, no le cuentes esas cosas al chico, le grita Susana mientras le pega con el puño en el brazo. Bueno, Tuti, la verdad no sé si eso no es un camelo, así que no me des bola, me dice. La gente se tira y brinca a medida que cabalgan las ondas del supertobogán. Como hace Bufalito con sus caballos. Volvamos a casa que se hizo tarde y la mamá va a estar preocupada, dice Susi. Carlos, volvamos a la casa que la mamá debe estar preocupada, le repite. Después de la operación, les digo, me voy a venir a tirar al supertobogán, Claro, mi amor, me dice mi tía Susana. Pero me voy a tirar parado y no me va a pasar nada, le digo. No parado no, dice Susana. Carlos se ríe. Ves las ideas que le metés al chico, le dice Susana. Pero Carlos no le contesta, tiene el auto parado con el motor en marcha, y mira cómo bajan y suben los chicos corcoveando en el supertobogán. Es genial, es genial, es genial, dice mi tío Carlos.

Supertobogán, pregunta Calaguali.

Sí, le digo. Es genial.

Vengán a visitar la casa del tío Lito. Es una de mis salidas preferidas con mamá. Cada mucho, mucho tiempo, mamá me dice: preparate, Antonio que vamos a la casa del tío Lito. Y Calaguali me dice: ojo Antonio. Me da risa porque me dice: ojo Antonio y hace este gesto y me dice ojo, Antonio, que en la casa del tío Lito está escondida La yegua de La Noche. Lo dice así, con voz seria y a mí cada vez que mi Calaguali pone esa voz en vez de darme miedo me da risa. Y mamá me pregunta: de qué te reís, Tuti, pero yo no le cuento nada de mi Calaguali porque ella no está preparada para conocerlo. Tal vez despés de la operación sí. Así que una tarde, después de comer, salimos para la casa del tío Lito con mi mochila a cuesta. Vamos en taxi. Sergio nunca nos lleva y mamá ya no quiere que suba al colectivo. Cuando te pongas mejor, después de la operación, vamos a andar en colectivo y en subterráneo las veces que quieras. Nunca anduve en subterráneo, pero mamá y Sergio me contaron que es un tren que va por debajo de la tierra más rápido todavía de lo que se mueve Milman, uno de los Titanes del Coco. Eso es increíble. Porque Milman puede estar en muchos lados a la vez, súper rápido, como cuando defendió él solo la Fortaleza de la Amistad de los ataques de los Hombres de Mármol. Es increíble la historia de Milman. Un día lo descubrieron tirado en la calle y nadie sabía de dónde había venido ni dónde había estado, nadie lo conocía y él apenas podía hablar, a pesar de ser ya un hombre joven. Y la gente pensaba que lo habían tenido escondido o encerrado en algún lado. Y una tarde Milman descubre que, aunque no puede recordar de dónde viene, sí siente que tiene superpoderes. En realidad todos tenemos superpoderes, eso le digo siempre a mi Calaguali, pero es difícil darse cuenta. De Los Titanes del Coco, de sus vidas, hablo con el Tío Lito cuando lo vamos a visitar. Y él hasta me regaló un video con las aventuras de ellos: Los Titanes del Coco, contra los Androides Paranoicos. El tío Lito es un hombre alto, grande, grande, con una barba espesa y blanca, como Papá Noel y se ve que la quiere mucho a mamá porque mamá también lo quiere mucho a él. Si alguien te quiere, vos lo querés. Es así. Pero él me quiso primero, me dice siempre mamá cuando habla del tío Lito. Y eso es verdad porque el tío Lito nació antes que mamá y él la conoció cuando ella estaba trabajando en un negocio y para mamá el tío Lito es casi como su padre, ya que los padres de mamá están en el cielo. La casa del tío Lito es inmensa, con muchos patios que suben y bajan y escaleras con un olor intenso, como a carbón. Y cuando vamos salen a recibirnos una multitud de gatos que el tío Lito tiene en la casa. Gatos de todos los colores y tamaños. Y a veces en el patio hay un olor horrible del pis de los gatos y de la caca de los gatos y mamá se enoja con el tío Lito porque tiene todo sucio. Mamá limpia la casa del tío Lito. Con agua y jabón, con baldes y con escobas, mamá limpia la casa del tío Lito. Se pone unas botas amarillas que no le mojan los pies y que hacen juego con el sol. Y después le prepara una palangana con agua caliente y sal para que el tío Lito se lave los pies. No porque los tiene sucios, me explica él, sino porque le gusta tener los pies en agua caliente y sal. Toda la gente debería, Antonio, poner los pies un rato largo por día en agua caliente y sal. Porque en la planta de los pies está el secreto que nos hace funcionar. Y si la tenemos suave y cuidada, nos vamos a sentir mejor, me dice, cada vez que me le acerco cuando está con los pies en la palangana y sale junto con el vapor ese olor tan lindo que es el olor del tío Lito.

Los juguetes y los cuerpos son

mayo 24, 2011 1 comentario

Mientras sean desaparecidos no puede haber ningún tratamiento especial, es una incógnita, es un desaparecido, no tiene entidad, no está ni muerto ni vivo, está desaparecido.

Jorge Rafael Videla*

El autor firmando ejemplares ©Isabel Cadenas Cañón

Hace unos días entrevisté al escritor y periodista Ernesto Semán sobre su novela Soy un bravo piloto de la nueva China (lamentablemente tuvo que ser vía mail porque al señor se le ocurrió irse a vivir a Brooklyn) y modestia aparte, el autor y yo creemos que el producto final quedó realmente interesante, así que ahí va.

Marina Lijtmaer: Los familiares de desaparecidos reclaman el cuerpo sin vida de las víctimas para devolverles su entidad y su identidad perdida. Pero además, recuperarlos y darles sepultura les permitiría a ellos mismos realizar el duelo y canalizar su angustia. Del mismo modo, Rubén Abdela encuentra en La Isla la manera de reconstruir su pasado y cerrar un capítulo para poder avanzar hacia el futuro. Podemos decir que Ernesto Semán finalmente logró dormir en paz luego de la publicación de esta novela?

Ernesto Semán: No, de ninguna manera, en el sentido de que “logró dormir en paz” suena como un cierre definitivo que, aún si eso fuera lo que el personaje estuviera buscando, no es algo que vaya a encontrar, por lo que termina siendo más importante el recorrido que el resultado. Me da la impresión de que ese recorrido que hace Rubén es un duelo que no hace desaparecer el pasado sino que, al contrario, más bien lo reactualiza, en todo caso para reconciliarse con él. Y en eso quizás uno sí pueda, a su modo, dormir en paz después de haberlo escrito. Hay alguna ambivalencia en eso, una búsqueda de la paz interior pero que implica encontrarse con los propios deseos y temores de uno, por lo cual esa paz implica, al menos para mi, también una dosis variable de “no estar enteramente en paz” con las cosas. No lo siento como contradictorio.

Por otra parte, aun cuando no lo haga por eso, también es cierto que escribir e imaginar futuros y pasados posibles hace que ponga mis propios deseos y temores en perspectiva, y eso también es tranquilizador. Digamos que desde que salió el libro sí he dormido en paz, como lo he hecho antes en otros momentos, aunque también en un modo distinto y singular. Y en todo caso, algo importante: duermo poco, muy poco.

M.L.: Quiero detenerme en la escena de las berenjenas. Esos frascos interminables de berenjenas en escabeche representan varias cosas, por un lado el peso -y la asfixia- que siente Rubén ante esa idishe mame y el inevitable menage à trois que se genera entre madre, hijo varón y novia-nuera. También podemos decir que es una versión moderna de la manzana de Adán y Eva, en ese paraíso extraño que es la Isla. Sin embargo, todo esto bien podría representarse con un tomate y frascos de salsa bolognesa, entonces ¿Por qué las berenjenas?

E.S.: No sabría decirte, no tenía idea antes, pero sí traté de pensarlo últimamente. Mi madre, como todas supongo, se obsesionaba por periodos con distintas comidas, buscando siempre algún signo de aprobación de sus hijos o amigos. Pero, cuando encontraba ese signo, lo malinterpretaba. Lo que quería decir “sí, me gustó,” ella lo leía como “de aquí en más no quiero comer ninguna otra cosa más en mi vida.” Eso pasó, en distintos períodos, con la entraña, la torta de ricotta, las berenjenas, y una especie de tiramisú con merengue al que se le puede atribuir buena parte de la diabetes circulante por la ciudad de Buenos Aires. Una vez que le encontraba la mano, uno podía pasarse meses (digo, varios meses, seis, siete meses) comiendo el mismo plato a cualquier hora del día. Y cuando digo “uno” no me refiero sólo a los hijos. Los amigos, los vecinos, las tías, todos. Era una especie de plaga Las berenjenas al escabeche creo que tuvieron ese rol en más de una oportunidad.

¿Por qué las berenjenas? Es un fruto pre-moderno. Incluso, en esa época requería de una domesticación: eran mucho más ácidas que ahora, y había que curarlas con sal gruesa antes de cocinarla, lo que ahora no es necesario. Y la forma ridícula que tiene resiste cualquier intento de ofrecerla como algo sensual en el mercado, lo cual termina por resaltar la sensualidad que tiene per se, algo cada vez más difícil de encontrar. No lo sé, pero debe haber algo de un fruto prohibido, y algo de su forma que parece del periodo jurásico que me tiene que haber llamado la atención. Sobre todo para quedar en el medio de una escena en la que Rubén está tironeado por los instintos más primarios que uno pudiera imaginar, algo que afronta de una forma no menos primaria.

M.L.: Un dato curioso es que la inicial del nombre de Rubén, igual que el de Rosa y Raquel -sus dos mujeres dominantes del pasado- es la “R”. Lo mismo pasa con Rudolf y (the) Rubber Lady. Clara, que a diferencia de todos los demás forma parte de su momento-presente y va a formar parte de su futuro tiene una “R” pero camuflada entre las demás letras. Los dos hombres en la vida de Rubén, Luis y Agustín, que tienen sobre él una influencia mucho menor, no cumplen con esta regla. ¿Pura casualidad?

E.S: Creo que es pura casualidad, no me di cuenta hasta ver esta pregunta. No lo puedo creer. Y no puedo creer que no me haya dado cuenta antes. Es tal como lo decís. En algún momento las distintas mujeres de la novela tenían los nombres de Sara, Rebeca, Lea y Raquel, las cuatro matriarcas de la religión judía. Después eso era obviamente insostenible con el resto de la historia así que fue desapareciendo. Y el nombre mismo de Rubén surge tanto de un homenaje íntimo como de la búsqueda de un nombre que fuera a contramano de su época, y en la generación de Rubén, el nombre de Rubén es muy poco común. El resto de los nombres surgieron en momentos distintos de la escritura y por razones distintas, pero no dudo de que algo en mi cabeza haya establecido ese orden con la “R”.

M.L: Sabemos que la novela es de carácter autobiográfico o por lo menos se basa en tu historia personal. Sin dar nombres ni detalles comprometedores, ¿Rudolf y The Rubber Lady también están inspirados en personas de tu mundo real?

E.S.: No, no están inspirados en personajes de la vida real, es decir, no más que cualquier ejercicio de la imaginación está inspirado en lo que uno percibe como “mundo real.” Lo que sí pasó, a diferencia de otros casos, es que con el correr de la escritura fueron adquiriendo características de personajes realmente existentes de los que terminé por ser más consciente que con el resto de los personajes. Puedo contestar a preguntas puntuales respecto de tal o cual escena, pero no me sale delatarlos así sin más presión. En los dos casos, se trata de personajes públicos y en ningún caso se trata de una inspiración única, basada en un solo personaje de la vida real, sino en algún collage.

M.L.: Imaginemos que Rubén, ya adulto, con su nueva familia a cuestas y una visión más nítida de la historia se reuniera con su padre en algún lugar del mundo ¿El diálogo estaría lleno de reproches y rencor? ¿O sería una charla sincera, abierta, y hasta habría ternura y empatía?

E.S: Depende en parte de en qué lugar del mundo se reencuentren: En la cancha viendo cómo Argentina queda eliminada del mundial de Sudáfrica, caminando por Nueva Deli en 1870, yendo juntos a ver Casablanca, tirados panza arriba en un rinconcito de Arpoador. Pero en cualquier caso, estoy total y absolutamente seguro de que no habría reproches, y bajo ningún concepto rencor. Del lado de Rubén habría preguntas, dolor, perplejidad, pero en todo caso en conexión con el dolor, la perplejidad y las preguntas de Abdela. Me cuesta mucho saber qué es una charla “sincera, abierta.” En el sentido de que hay cosas en las que no sé si tiene sentido ser tan abierto y sincero, si es necesario o posible hablarlas. ¿Habría ternura y empatía? Sin ningún lugar a dudas, ese es el punto de llegada común de Rubén y de Abdela.

M.L.: Sé que hay gente que sintió bronca y angustia al leerla, sin embargo a mí no me pareció una novela dura, creo que por el tono humorístico y la falta de golpes bajos, pero también porque no es un tema que me toque en lo personal. ¿A vos qué te pasó al escribirla? ¿Te produjo angustia, dolor? ¿Lograste divertirte? ¿O un cocktail con todas esas sensaciones juntas?

E.S.: En general no sufro al escribir, ni me produce angustia ni dolor. No sé si la definición sería “placer” o  que “me divierte,” pero es algo que hago con gusto, aún si al mismo tiempo pienso que podría estar haciendo cualquier otra cosa.

En ese sentido es algo parecido a lo que me pasa con correr, la otra actividad que hago de forma constante en mi vida. Corro casi todos los días desde hace más de 25 años, y no imagino una rutina mía en la que eso no exista. Encuentro una enorme gratificación, algo que me conecta con lo que podría definir como “lo mejor de mí,” aun si no sé qué es. Y sin embargo, cada vez que salgo a correr, como hoy que estaba lloviendo, todas y cada una de las veces, lo primero que pienso es para qué lo hago, si no sería más divertido quedarse en la cama. Con la escritura me pasa lo mismo, en el sentido de que termina por ser ridículo situar al dolor y al placer como dos polos opuestos con gradaciones intermedias, y no como dimensiones que se cruzan y se fusionan en algo más complejo que, supongo, se llama deseo.

A veces me frustra escribir, pero sobre todo por las limitaciones que encuentra uno en su propio lenguaje. Fuera de eso, quizás escribir sea más bien catártico, y lo que uno podría sufrir se lo carga a los personajes. ¿Es así? No tengo idea. Diría que junto al cansancio y la frustración que implica tratar de decir algo y no lograrlo enteramente, también me entretiene escribir. Como también me entretiene el desafío de empujar los límites cada día un poco más y tratar de poder expresar algo que uno tiene en la cabeza y no logra poner en palabras. E imaginar esos futuros o pasados posibles es algo que en algún lugar de la cabeza me genera alguna gratificación, aún si las escenas en sí son dolorosas.

M.L: ¿Qué hizo Rubén con sus 8 mil pesos del botín? (subraye la opción que crea conveniente)

a. Viajó a Polonia y el Líbano para cumplir, una vez más, con las  expectativas de su madre.

b. Le compró a Rudolf una parte de La Isla -posiblemente la concesión del bar

c. Lo invirtió en el proyecto Reconciliation Tour

E.S: Aunque, como suele suceder, muy probablemente en la vida real haya sido más difícil de trazar el recorrido de ese dinero, que se haya ido simplemente en vivir y cubrir gastos aquí y allá, algo que sólo cuando esa plata se acaba y uno mira para atrás puede encontrarle un patrón. Si le compra el bar a Rudolf, le pide que se quede como gerente, porque Rubén es un perfecto inútil para administrar cualquier cosa. Hay que acordarse que son 8 mil dólares, no pesos, estamos hablando de un dinero importante para el imaginario de la familia Abdela. Si fuera a Polonia y el Líbano, sólo lo haría con Agustín, es claramente un viaje de hermanos. La otra alternativa, invertirlo en el Reconciliation Tour, requiere más esfuerzos. Creo que Rubén, en un súbito cambio de personalidad se asociaría con Fausto Capitán para hacer el tour, crearían una organización llamada HIJOS 2.0, y pondrían a Rudolf y The Rubber Lady como Jefes Espirituales del Movimiento.

M.L: Cuando el camarada Abdela volvió de su viaje a China les trajo a sus hijos un avión de juguete al que nombraron Chinastro, ¿Qué le hubiera llevado de Argentina a su-nieto-que-vive-en-el-exterior?

a. Una foto con el Che

b. Al mismísimo Chinastro (o Comenicatró) porque después de todo los  juguetes son – y no hay que andar dándose lujos de burgués.

c. Tres pasajes abiertos con destino a Buenos Aires.

E.S: El juguete ese tiene un componente de tótem que Rubén quiere respetar y reproducir. Cuando un padre no se lo pase a su hijo, que sea por las razones que correspondan, aún si son las más simples. Si le lleva una foto del Che, el nieto le pregunta quién es ese. O lo recibe en el JFK con una remera del Che. O lo paran en aduanas por un exceso de celo. Con Chinastro en cambio, el nieto tiene una intriga que no lo lleva a preguntar nada sino a jugar y jugar, que es de lo que se trata. Los pasajes abiertos con destino a Buenos Aires los descartamos por completo, porque al Hijo de Rubén, como a su padre, no le gusta mucho viajar.

M.L: ¿Qué es lo primero que hace Rubén al volver?

a. Llega a su casa y le cuenta todo a Clara, incluyendo el episodio de la Isla y el encuentro con Raquel.

b. Se hospeda unos días en un hotel (o en lo de un amigo) antes de animarse a enfrentar a Clara y a su futuro con ella.

c. Deja la valija en un locker del aeropuerto y sale a correr.

E.S: Hay una carrera muy chica de cinco kilómetros, que se hace una vez por año en las pistas del JFK. Así que supongamos que Rubén vive en Nueva York, y que esa es la carrera favorita de Rubén. Igual en el JFK no hay más lockers por cuestiones de seguridad, y ese día no se corre esa carrera. Así que va al baño del aeropuerto, se cambia y se pone la ropa para correr. Luego llama a Arecibo, el servicio de remise de su casa. Cuando por fin llegan, le da las valijas y le pide que lleve todo a la casa pero que no toque el timbre, para no despertar a Clara, y que deje todo en la pastelería de al lado. Y recién entonces agarra una de las autopistas laterales y después Atlantic Avenue y corre del aeropuerto a su casa, corre por primera vez desde la muerte de su madre, corre sin el peso de las valijas que trae de Buenos Aires. Y cuando llega a la casa, Clara lo espera con el café recién hecho y un jugo de naranjas recién exprimido.

En cualquier caso jamás le contaría a Clara sobre Raquel, porque eso sería subestimar la inteligencia de ella. Y jamás tendría miedo de enfrentarla. Al contrario, le gusta el rigor que ella le impone, lo extraña.

M.L.: Si Rubén no se hubiera dedicado a la Geografía ni a nada parecido, ¿Cómo se dividiría el libro?

a. Los autos / Los aviones / Los colectivos-submarino

b. Los gatos / Las ratas / Los unicornios

E.S:  c. La gente que empieza con “R”/ La gente que no empieza con “R”/ Los otros

*Tomado del trabajo Memoria e Identidad de Abuelas de Plaza de Mayo 

Onanismo puro

Navego por zapatos rojos y leo unos poemas de Daniel Link  que aunque a él le parezcan malísimos -y está claro por qué- tienen su encanto.  Son pretenciosos, grandilocuentes, hacen alarde de su supuesta genialidad, soy-poeta-y-mirá-lo-que-puedo-escribir (y vos no). Tienen esa ingenuidad y artificialidad de los primeros escritos.

Él dice que años después se dio cuenta de que todos ellos hablan sobre la masturbación. Yo digo que para el adolescente y egocéntrico Link de aquel entonces, el hecho de escribirlos y releerlos debe haber sido la forma más placentera del auto-erotismo.

Copio su mea-culpa del año 2000 (cuyo cierre muestra que le sigue gustando sentirse importante) y después dos de los poemas, uno del ’75 y otro del ’83. (más abajo, una foto del autor donde bien podría ser el hermano menor y sudaca de De Niro).

La clausura de febrero y otros poemas malos

Aclaración

Los poemas aquí reproducidos fueron escritos entre 1974 y 1983 e integran las Obras completas (edición de bolsillo) cuya publicación comenzaré este año. Cuando releo ahora estos viejos poemas me sorprende no tanto lo malos que son (siempre lo supe), sino que todo estuviera, desde el comienzo, articulado como una obra: luego de una Carpeta negra que reúne mi producción quinceañera, planifiqué unos Cuadernos del tiempo con los poemas de la “mayoría de edad” (18 años). Casi todos ellos (me doy cuenta ahora) son una forma de hablar de la masturbación. Mi obra magna, sumamente nerudiana, estaba todavía por ser escrita. La clausura de febrero vino a llenar ese vacío. He seleccionado algunos poemas de aquí y de allí. Son poemas de juventud dominados por la inautenticidad, obsesionados por la belleza, grandilocuentes y declamativos. Hoy sé que lo único que importa en la poesía (en el arte) es la verdad, y si los rescato del merecido olvido en el que habían caído es porque creo que encierran una verdad histórica.

Daniel Link
mayo 2000

Aquí estoy yo,
parado sobre el mundo

(caminar sobre la luna…
parece difícil;
aunque no)

sentado frente a vos
mirándote a los ojos

(todo es posible lo digo yo)

pensando en todo lo que sos
desde hace un tiempo;
desde que supe que detrás
de tu nariz
estabas vos, ¿estabas vos
o yo te hice, cómo fue?

(si me das la mano
la luna ya no existe
sólo vos y yo, y el mundo
por supuesto, pero es otro
mundo
es algo redondo
colgado de un gancho, cerca
de aquella pared
que da vueltas
si vos o yo lo tocamos)

Yo sé que estás ahí
detrás de todo eso
detrás y adentro,
más bien en el fondo
de esto que soy yo,
a veces.
Entonces ésta es la luna
y caminamos sobre ella
y si vos estás dentro de mí
yo estoy en tus ojos
¿Cómo fue que
supimos dónde estamos,
si es que estamos?

28.4.75

Azul
de nuevo azul
–      El bar, claro:
“los tres años de Allende/ mi madre
se volvió a casar/ me convertía
en un criminal/ yo luché
siete años”
Azul, decía. Una conversación azul
y otros murmullos:
¿alrededor?
–     No nene. El ruido
la voz
el pájaro de nuevo:
vos mismo (“tuve una alucinación/
fue con mi padre”) cómo decirte
vos     vos    vos
mismo
el pájaro de nuevo.
Pero es mentira.
Cricket sí pero no tengo cigarrillos.
Mirame azul:
mi mano azul. El humo azul. Un hueco azul.
–     Te ví entre las luces: vos/z
de nuevo el ruido (click clack) y la conversación.
Buah. “Vamos a caminar”.
Vamos al cine.

 10.6.83


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