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Posts Tagged ‘relato’

El futuro llegó

agosto 31, 2011 1 comentario

Hierve el agua
quinientos canales
y nada para ver
el café se vuelca
y te quemas un dedo
fuck.

Te ponés un poco
de Hipoglós vencido
y agradecés a dios
o a quién esté de turno
que ese dedo no sirve para tipear.
La canilla que gotea
imitando al tiempo
tic, tac
tic, tac

por tu ventana ves
un par de gatos en celo
que maúllan
mientras suben y bajan de los tejados.

Ese chico que te gusta está online
y no te habla
con un simple “estás”
te volvería el alma al cuerpo
pero nada
tic
tac
nada.
Cerrás la canilla
tratando de detener el tiempo.

Deberías adoptar un chico somalí.
O no porque también se escaparía por los tejados.

Lo que deberías hacer
es dejarte de pelotudeces
tomarte medio Rivotril de 0,5
y cantarte a vos misma
canciones de cuna
pero el pícaro y puto sueño
no quiere venir.

Estás llena de amigos
y estás más sóla que nunca

Leés que Jimena conocía hombres
por Internet
pero fue quemada viva
por el último.
Jimena era enana.

Te mirás los dedos
quemados por el café
y decidís googlear enanismo
a ver si aplica
tu metro cincuenta y dos.

A las 7am
cuando la nostalgia
ya no tenga nada que hacer
y el Clonazepam
empiece a hacer efecto
vas a bajar las persianas.

Mientras te vayas quedando dormida
te vas a reír de vos y de la enana
de Google y de los gatos
del café y de las ventanas
del amor y la soledad
y de adoptar niños somalíes
y de los tipos que aman quemar mujeres vivas

Unas 7 horas después
vas a publicar todo esto en tu blog
en Facebook
en Twitter
y te vas a dejar envolver
una vez más
por ese círculo viciosos
y psicópata
que son las redes sociales

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De corazones y mundos que se caen

junio 15, 2011 2 comentarios

Otro domingo raro sin esa sensación de “mañana-es-lunes-y-el-mundo-que-se-cae” aunque sean las siete de la tarde. ¿Cuántos años tenía cuando empecé a sentir esto? Seis, definitivamente. Con el jumper gris y el bombachón negro y los zapatitos no me acuerdo y un nudo en la garganta y otro en la panza, sin ningún color. El pupitre de madera que se moja porque no pido permiso para ir al baño. Y entonces las risas y el llanto. Y rogar que llueva para tener clase de matemáticas o de geografía o de lo que fuera -o para que el mundo se caiga en serio- antes de tener que ir a “deporte”. Tan expuesta, tan ésta soy yo de pies a cabeza, tan no tengo dónde esconderme. Entonces la psicóloga. ¿Se llamaba Alicia? No me acuerdo. Sé que hasta ahi se llegaba en un Fiat Duna, que dejaba atrás Barrancas de Belgrano mientras yo dormía mi siesta de unos minutos en el asiento del acompañanate, y soñaba que no me tenía que bajar del auto, nunca. Mamá, que había aprendido a manejar con un tal Luis hacía poquito, estacionaba como podía. Y yo me bajaba del auto, con ojos de chino y le gritaba cosas -no sé qué cosas- porque no quería entrar. No quería estar entre esas cuatro paredes y ese piso con alfombra, donde sentía lo mismo que sentía todos los días de 8 a 16, hasta que ella o Celina, la mujer que trabajaba en casa, me venían a buscar al colegio.

Mi papá siempre sintió lo mismo, creo, estoy segura. Dos episodios, uno por esa época y otro mucho después, vinieron a confirmarlo. El colesterol, el cigarrillo, el squash, pero sobre todo la personalidad tipo A, diría mi mamá que también es psicóloga. La segunda vez fue en el DF, en un viaje obligado de ejecutivo exitoso. El aire sofocante, la altura, el smog, la angustia. La mía y la de él. Yo dormía con mamá en la cama grande y esa madrugada sonó el teléfono. Que los pasaportes, que hay que avisar en el colegio, que me pierdo las clases, que odio viajar en avión, pero entre peros, llegamos al hospital y a mí me bajó la presión. Por un instante creí que me desmayaba. El mismo smog, el mismo stress y la misma Altura-Sobre-El-Nivel-Del-Mar pero con treinta años menos -y no sé qué tipo de personalidad, pero seguro que tipo A no-. Papá en terapia intensiva reclamaba a las enfermeras porque ese omellete NO podía ser para él, no para alguien al que acababa de pasarle aquello sin nombre. Y desde la habitación del Four Seasons mi hermano llamaba a sus amigos, yo a las mías (y a mi novio de entonces) y mi mamá lloraba y llamaba a las suyas. Yo me sentía cupable porque había visto a Ricky Martin y por un momento me había alegrado. No tanto, porque ya no me interesaba como antes. Winnicot, un pato de peluche y pico naranja, en la misma tienda de regalos de la clínica un osito que todavía conservamos con un corazón rojo de plástico -más resistente que el suyo- y un cartelito de “Feliz día del padre”. Aeropuerto del DF. Aeropuerto de Miami con flamencos rosas, empleadas de uñas largas con estrellas, olor a hot-dog y camioncito especial porque el camino era kilométrico. Uno de los Cadillacs que se quejaba del privilegio de unos pocos. Mi papá con una manta gris de United Airlines que para mi era de lo más fea y áspera, pero que mi mamá usa hasta el día de hoy cuando tiene frío. ¿Será que la protege de algo más?

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Jesús y limosna

Me habla un tipo que está pidiendo plata o vendiendo no sé qué cosa en el semáforo de Santa Fe y Humboldt. No escucho lo que dice porque voy con la música fuerte, no le leo los labios porque el vidrio es polarizado y tampoco hace el gesto universal de la limosna como para facilitar las cosas. Veo que mueve la boca, le hago que no con la cabeza pero me hace gesto de es-un-segundo. Engancha una estampita de Jesús en mi parabrisas y se va. Unos segundos después lo veo volver por el espejito y cuando llega me habla otra vez. Entonces bajo la ventanilla y me saco los lentes de sol para que entienda que estoy llorando y que hoy no quiero que me rompan las pelotas. Igual me dice si tengo unas monedas. Le doy unas cuantas de diez centavos que encuentro tiradas por la cartera y también la estampita porque -creo- no me sirve para nada. Mientras me tocan bocina porque el semáforo se puso en verde me dice “llevala, trae suerte.”

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31 de diciembre

photo (2)Hasta que ese 31 de diciembre del ‘99 –los tuyos iban por el 5700 y pico y los míos por el 1400 y algo-  ellas solas lucharon contra el pavo relleno  y un odio ancestral, subieron por mi garganta y te preguntaron si querías casarte conmigo. Vos te desmayaste y yo ya planeaba recibir el milenio sin mi respuesta, entre quemaduras de tercer grado, ojos vendados y enfermeras, cuando ganándole a la sirena de la ambulancia y los fuegos artificiales, las muy atrevidas se escaparon de tu boca sin pedir permiso, primero la s y después la i.

En otro país, otro continente (pero casi el mismo mundo) alguien doblaba un papel hasta hacerlo chiquitito y lo ponía estratégicamente entre las piedras sagradas de una pared.

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Mi monoambiente en Japón

noviembre 30, 2010 1 comentario

Puerta verde, pesada, de edificio antiguo. Aroma a sahumerio no-patchuli. Yamamoto con su casaca celeste, tan japonés. La alfombra que cruje. Todo en el mismo lugar donde lo dejé tres años atrás. Qué alivio. Epa. ¿Qué es ese agujero en el apoyacabeza de la camilla? ¿y mi almohada blanca de friza? ¿se supone que debo meter mi cara ahí adentro? ¿será que la gente se relajaba demasiado y babeaba y la Gripe A y bla bla bla? Puaj. Má sí, yo la meto.
Tic, una, tic, dos, tic, tres, ay, tic, ay, quichicientas agujas desatanudos. La virgen un poroto. El humito ancestral de la moxa quemándome la espalda. Cincuenta minutos en Japón. Qué lindo ser Lady Alfiletero (aka The Pin Cushion Queen) por un rato. Hasta la próxima.

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Amores particulares

noviembre 9, 2010 Deja un comentario

Los raspones, la sangre coagulada y los hematomas. Fiiiiusshh, pum, crack, bam, ouch. Merthiolate, cubitos de hielo envueltos en repasador, Band Aids, gaza hipoalergénica, algodón hidrófilo. Clic, paf, zas, ay. Hipoglós, Dr Selby. ¿Me amás? Obvio tonta, ¿y vos?

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Lamentablemente no me pertenecen

noviembre 6, 2010 1 comentario

Poemas que encuentro por ahí y que me siguen demostrando que, por suerte, estaba equivocada. Enjoy.

Suela naranja

Envidio
tu niñez erudita
tu lengua políglota y tu pose en la foto
sin arrugas

El chicle se gasta

Te conozco
mierda escrita desde el cerebro
sin corazón
camino junto a ti soy sombra;
no ves mi cara

Nikes de suela naranja

Me conozco
un cobarde que se esconde
sin corazón
camino junto a ti soy bestia;
¿no ves mis ganas?

JRamallo Zoo punto Cero

Otro de JRamallo que en realidad es un relato, pero lo camuflo acá porque es excelente (y porque se me da la gana).

Decadencia

Hojas de árboles con hambre, con sed. Carrefour en papel sucio, indigente y Twix de oro derretido junto a un cartel naranja: agencia de viajes: SE ALQUILA.
En esta ciudad sólo se besan las palomas.  + Continue reading
 

Visceral

mi memoria es un muñeco de vudú
que me roba las lágrimas
para usarlas como agujas

mi memoria es ese viejo trapo
con olor a hotel berreta
que me desniña demasiado pronto

mi memoria raspa contra mi mirada
el fósforo con que se incendiará
el cielo que yo había creido patio

mi memoria es un espejo roto
en tantos pedacitos que
me convierte en procesión de mendigos

mi memoria es el cielo raso
de un hotel barato
en plaza Constitución

mi memoria es la carta manoseada
en la que imploro que alguien venga
a rescatarme

mi memoria es la cadena
que tiro desde entonces
para que se vaya la mierda

mi memoria es esa luz
que me deja fascinado
como liebre en medio de la ruta

mi memoria es mi mano
agitándome en silencio hasta
acabar transformando mi deseo en basura

mi memoria es el grito
que ahogué contra la almohada
y que ahora sigue retumbando en mi cabeza

mi memoria es el ruido de resortes,
es el gemido, ese gemido
de la puta madre que me pario

Eduardo Betas. La versión beta de Betas

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