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El Circo do Brasil viaja en tren

Brasil, de Paula Brecciaroli.
Editorial Conejos, 2011.
 117 p.

Tras separarse de su novio, una chica de unos veintitantos -y un evidente trastorno de ansiedad- decide hacer un viaje en tren para estar sola y alejarse un tiempo. Ese viaje iba a ser a Brasil, en avión y con Leo, su ex. Pero ante el cambio de planes ella prepara su mochila-dos días antes- se ocupa de dejar todo en orden en Buenos Aires -ubicar los gatos, vaciar la heladera- y se dispone a olvidar. “Tres días en tren. Sin necesidad de llegar a una ciudad hermosa, sólo viajar.” El destino que figura en el pasaje: La Triple Frontera. Pero Brasil no transcurre en Brasil ni en La Triple Frontera ni en ningún lugar en particular, más bien en el no-lugar que representa el interior de un tren.

La primer novela de Paula Brecciaroli es un diario de viaje, un viaje demencial que parece no tener fin y que desde un primer momento muestra signos de rareza. En la estación antes de partir, y en los primeros tramos del recorrido, somos advertidos de que este viaje no va a ser normal: “El guarda me dijo que todavía no podía subir. Tiene una pelota roja y carnosa en la punta de la nariz… me puse a adivinar, por las formas, las encomiendas… una era una bicicleta fija, otra era la caja de un televisor, otra tenía forma humana. Podrían ser mujeres envueltas en papel madera.” Cuando finalmente nuestra protagonista se ubica, después de elegir estratégicamente el asiento, se sienta al lado suyo un viejo bastante extraño que escribe cosas indescifrables con una letra enroscada. Además de Boris, el viejo, la protagonista viaja cerca de una familia sin padre compuesta por Ludmila, una mujer algo más grande que ella y con una voz insoportable, y sus tres hijos de seis y cinco años, dos de ellos “casi mellizos”. Otro de los pasajeros es Martín, el único que parece más o menos normal y que podría ayudarla a olvidar a Leo. Pero como todo en este viaje, eso también sale mal. En otro vagón viaja un grupo de gitanos que se la pasan festejando, cantando y vendiendo Patys. “Este viaje no es muy popular. Especialmente en esta época del año, que el calor se pega como una bolsa de plástico. Me dijeron que en algunos tramos del viaje tiran piedras”. A medida que transcurren las horas y van dejando atrás (o adelante) calles y pueblos, ella se da cuenta de que algo no va bien. El tren se desvía, sufre algunos problemas técnicos, el maquinista no puede seguir y debe buscarse un reemplazante, el tren no para en las estaciones programadas, el comedor no abre cuando se supone que tiene que hacerlo y ella hace días que perdió su mapa. “Nadie se sorprende de que hace dos horas hayamos pasado por la misma estación. Estamos en Rivas otra vez. Ahí está de nuevo la señora en silla de ruedas. Corre a la par del tren jugándole carreras. Hay tres chicos que se ríen de ella. Antes no los había visto”.

Pero como ella y nosotros sabemos que el trastorno de ansiedad es un virus que una vez que se mete en el cuerpo es difícil de sacar, y también sabemos que éste no nos deja pensar con claridad, todo podría tratarse de su imaginación, de su tendencia a pensar que algo malo siempre está por suceder. Las horas se convierten en días, que se convierten en más días y ya perdimos la cuenta. Ahora todos saben que las cosas perdieron su rumbo pero nadie, además de ella, parece preocuparse. El tren de a poco se convierte en una ciudad, una ciudad como de post-guerra o de película de catástrofe, donde unos pocos sobrevivientes tienen que buscar la manera de subsistir, inventar reglas de convivencia, estar alerta, lavar la ropa como se puede, racionar el agua, establecer sistemas de turnos para el baño, comprar comida antes de que se acabe, cuidar el asiento y todas las pertenencias. Hasta aparece la idea de una conspiración, de un grupo de “insurgentes” que los obliga a organizarse y planear una estrategia como si se tratara de soldados en el frente.

Una escena clave confirma que Brasil se ubica en el género del Relato fantástico como lo concibe Cortázar: se escucha un ruido, algo que golpea el techo del tren cada vez con mayor intensidad, como granizo, como balas. Hasta que descubren lo peor. Como si se tratara de la lluvia de sapos que cae sobre el techo de los autos en “Magnolia” (o los pájaros de Hitchcock) montones de tábanos golpean contra el techo del tren, tratando de entrar, de copar los vagones, atraídos por los restos de comida, la podredumbre y la basura. “Un enjambre volaba alrededor de la bombita del baño formando un pequeño tornado… había una maraña de bichos pegados contra el vidrio, del lado de afuera.” Los pasajeros pronto empiezan a ser picados por lo insectos, primero los chicos, después los adultos. En este punto hay un giro y del enfrentamiento se pasa a la camaradería, hay que pelear contra un enemigo común, externo.

Brasil establece un juego intertextual con dos grandes textos, por un lado La autopista del sur, del libro de cuentos de Cortázar Todos los fuegos el fuego y por otro, la novela El señor de las Moscas de William Golding. En La autopista del sur se produce un embotellamiento y los minutos empiezan a convertirse en horas, días. Los autos están detenidos y las familias empiezan a conocerse, comparten charlas, comida, bebida, se pasan al auto del vecino, los chicos juegan con chicos de otros autos. Nadie sabe qué ocurre más adelante y se tejen hipótesis que luego son desmentidas y reemplazadas por otras. Los rumores corren de auto a auto.

En El Señor de las moscas, un avión sufre un accidente y los únicos sobrevivientes son los chicos. Así, sin adultos, y en medio de una isla desierta, deben arreglárselas como pueden, aprender a convivir y a sobrevivir, a sortear los obstáculos y enfrentar el peligro. En la novela de Golding se muestra cómo el ser humano ante situaciones extremas tiende a lo primitivo, a luchar por la supervivencia y a sacar lo peor de sí mismo. Los chicos se organizan en tribus, se establecen jerarquías de poder, los débiles sufren en manos de los fuertes. Se inventan historias, se corren rumores, y hasta creen ver lo que ellos llaman “la bestia”. Hasta que en un momento, ya desesperados, cazan un jabalí y le cortan la cabeza para clavarlo en un palo y convertirlo en una ofrenda para la bestia. En seguida la cabeza se llena de moscas y los chicos empiezan a hablar así de “el señor de las moscas”. A esa altura, el hambre, el frío, la desesperación se transforman en delirio y algunos de los chicos creen que el señor de las moscas les habla. En la contratapa de la edición de Alianza leemos “La situación límite ideada por William Golding… permite imaginar las posibilidades dramáticas que encierra el estado de naturaleza y el acto fundacional de la sociedad… el deseo de dominación suprime las normas éticas aprendidas y hace surgir los instintos atávicos latentes bajo las costumbres civilizadas”. En Brasil los pasajeros representan la pérdida total de la compostura, los modales, el deber ser como consecuencia de la situación límite que atraviesan. Como decíamos más arriba, hay que defenderse, cuidar el asiento, aprovisionarse, estar alerta.

Entonces, en ambos casos la premisa que recorre el relato es “qué pasa cuando una situación externa, inesperada, hace que un grupo de personas desconocidas tengan que convivir en un espacio-tiempo determinado”. La novela de Paula Brecciaroli parte de esta misma premisa y ese espacio es el tren, con adultos además de chicos, vagones en lugar de autos, grupos de afinidad en lugar de tribus, y desperfectos técnicos en lugar de un embotellamiento o un accidente aéreo. En Brasil no sólo se tejen historias acerca del recorrido del tren sino que a partir de un rumor, creen estar en peligro porque un grupo de insurgentes planea atacar su tren. Podríamos decir que de El señor… toma lo terrorífico y desesperante de la situación y del cuento de Cortázar lo lúdico y grotesco. Porque no todo es miedo, ansiedad y competencia en el tren sino que hasta hay lugar para partidos de fútbol en los baños y pasillos y hasta un baile entre el guarda y el viejo Boris que grita un Sapucai.

Hay una escena clave en Brasil que es el colmo de lo grotesco: los pasajeros descubren que el guarda tiene un bigote falso, adherido con un pegamento berreta que hace que en ocasiones se corra de lugar. Esto, sumado a su aspecto general y al grano rojo en la punta de la nariz hace que la figura de autoridad dentro del tren sea de lo menos creíble y respetable. Esto además, contribuyendo a la sensación de descontrol y desamparo. Y como los pelos de las mujeres empiezan a crecer por el tiempo que hace que no pueden depilarse, éstas empiezan a tener bigotes a partir de lo que Martín teja una teoría conspirativa en la que todos son farsantes. “El guarda es un cobarde. Preguntale por qué se pone bigote. La olla se va a destapar porque huele a podrido” le dice él.

En los tres casos, El señor…, Brasil y La autopista se nos presentan hechos de la vida cotidiana, con los que cualquier lector se siente identificado, para luego introducir un factor anormal, extraño, que irrumpe de pronto generando un clima pesadillesco del que algunos parecen no darse cuenta y los eventos se van asimilando hasta naturalizarse. Estas premisas son las que definen al relato fantástico como lo concibe Cortázar (y Todorov). No es casual que Brecciaroli haya escogido a los tábanos, que también suelen llamarse moscas asesinas como metáfora de la amenaza. Tanto los sapos en Magnolia como los tábanos en Brasil, las moscas en El señor…, los pájaros de Hitchcock y la cucaracha/escarabajo en la que se convierte Gregorio Samsa, representan algunas de las fobias más comunes en la población. Otro de lo puntos que hacen al relato fantástico es que nunca terminamos de entender si se trata del plano de lo real o de la fantasía. ¿Es un sueño? ¿Es la imaginación del narrador? ¿Es real? A diferencia de otros géneros, como el “maravilloso”, donde ocurren cosas imposibles, en el género fantástico las cosas son lo suficientemente extrañas como para creer que se trata de un sueño, pero lo suficientemente posibles como para pensar que puede tratarse de la realidad. Cada hecho, cada elemento, nos da pistas sobre la realidad o irrealidad de la situación, que luego son desmentidas. En “Brasil” no sabemos si todo esto es una fantasía de la protagonista -producto de su ansiedad- si es uno más de los sueños que tiene en el tren, sólo que este lo vive como real y nos avisa que es un sueño, o si realmente las cosas están ocurriendo como ella las describe.

Brasil puede leerse como una aventura liviana y entretenida. O podemos mirar debajo de la superficie, de esa capa de mugre y tábanos, y encontrar su contra cara siniestra. Si eligen la segunda opción (como yo) entenderán que Brasil constituye una mirada inteligente y original sobre las relaciones humana, el hombre y la mujer, las soledad, los chicos y los adultos, los temores y los deseos.

¡Buen viaje! / Boa Viagem!

Ser o no ser: un relato desordenado

junio 16, 2011 6 comentarios

Ayer terminé de leer Los Lubavitch en la Argentina de Alejandro Soifer. Al autor lo conocía por su blog Las opiniones del rufián (aparentemente caduco) y Estética del fracaso (on-going). Sin embargo me enteré de la existencia de este libro, cuando aun era un proyecto-de-libro y en circunstancias medio raras de mi vida. Recapitulemos: hasta hace tres o cuatro años me preguntaban “¿Sos judía?” y yo respondía “Ehhh… sí, bah, mis viejos” cuando creía que, igual que le pasa a la mayoría de los no-judios, el judaísmo era una religión. También sabía que casi toda la familia de parte de mi madre se había ido a vivir a Israel (que después me enteré se llama hacer Aliá) y de hecho fuimos a visitarlos unas diez veces, hasta que la baba (Polonia, circa 1920) falleció y las visitas se fueron espaciando (a decir verdad otra de las causas fue que también falleció el uno a uno).

Para mi el judaísmo consistía en un par de cenas al año donde se comía pescado relleno, jrein y matzá, den las que celebraba no sé bien qué cosa pero se comía muy rico. También significaba que a mi hermano y a mi papá les habían cortado una parte del pito (no es que dé fe, es lo que dicen ellos y que la bobe (Rusia, circa 1920) dijera que todo goy es en el fondo antisemita, que mi hermano empezara el curso para el Bar-mitzvá y abandonara en el medio. A mí ni se me pasó por la cabeza la posibilidad de hacer el bat, es más, creo que ni siquiera me lo propusieron debido no tanto a mi falta de identidad como al miedo escénico (y a todas las cosas) que me caracterizaba en ese entonces. 

No fui a un colegio judío, no fui a Hebraica ni a Hacoaj y mo pertenecíamos a ninguna institución judía. Sólo recuerdo que llegaban unos cartoncitos que decían “bono-contribución” o algo así y cuyo remitente era el “Hogar Israelita”. Mi colegio (primario y secundario) era totalmente laico pero un gran porcentaje del alumnado era de la cole. Eran esas familias judías de clase media/media alta, que viven en Palermo/Belgrano/Barrio Norte, de padres profesionales, que no son tan observantes como para mandar a sus chicos a colegios judíos pero que tienen un mínimo sentido de pertenencia y por eso deciden ser parte de alguna institución judía y mandar a sus hijos a un colegio que por lo menos esté lleno de chicos como ellos (en ese entonces salía mucho el combo remera de Hard Rock Café  de-donde-sea + botitas Reebok + Miami). 

Casualmente (años más tarde y miles de sesiones de terapia después entendería que de casual no tenía nada) ninguno de esos chicos era de mis mejores amigos y nunca había salido con un chico de la cole.  

Pero hace unos dos o tres años algo pasó. Qué? no sé, supongo que se sumaron mis treinta y mi último viaje a Israel (con doble r). De ese momento a hoy no pasó mucho más que un jai colgando del cuello, un “sí, soy judía” al que se le agrega -sólo cuando cabe la posibilidad- un “¿vos también?”.

Pero otra cosa que pasó es esto: www.delacole.com: un site que propone encontrar a tu media naranja kosher. Después de algunas charlas por msn y un par de salidas fallidas con especímenes judíos, llegó E., al que vamos a llamar así para preservar su intimidad. Claro que E. era judío, pero resulta que era demasiado judío, y no sólo era asiduo habitué del Gran Templo de Paso sino que planeaba convertirse en rabino, tenía una barba bastante tupida y usaba kipá y unos hilos colgando (tzit tzit) 24/7. 

La historia con E. no la voy a contar, sólo voy a mencionar lo que tiene sentido en todo esto y es que a través de E. me enteré de la existencia de un proyecto de libro que estaba escribiendo un tal Soifer. nocido de todos modos, pero de manera menos especial).  

E. tenía dos maestros espirituales, uno se llamaba I.B.  (mencionado al pasar en el libro) y era el más ortodoxo, pertenecía al  templo de Paso, había nacido en Estados Unidos y su barba era muy larga. Pero por otro lado, estaba Damián Karo, un rabino mucho más liberal que ejercía en el templo de la calle Libertad (sí, sí, el del rabino Sergio “me mandé una cagada” Bergman).  E. tomaba clases con ambos y al momento de conocerlo estaba decidiendo cuál de las dos orientaciones del judaísmo le cerraba más.  Obvio que yo (y mi familia) hinchábamos por Karo. Karo es un personaje bastante entrañable y una figurita dificil en el mundo del judaísmo y la religión (y en los demás también). Había sido ortodoxo, del clan de los Lubavitch pero un día, después de años de barba larga, traje y sombrero negro, y una vida dedicada a estudiar y enseñar la torah, se ubicó a sí mismo en otro lado, en uno de esos lugares que permiten la reflexión, desde afuera y con actitud crítica y autónoma. Empezó a poner en duda ciertos preceptos, en la balanza otros y, después de un proceso extenso, interno y externo, paso de ser el Rab Isjac Karo, el de la barba larguísima y sombrero, a ser Damián Karo, un rabino vestido de civil, sin nada de barba, con nombre occidental y una kipá bastante simpática. En el camino tuvo que versélas con la tarea de explicarle a sus varios hijos (que obviamente había críado al modo ortodoxo) por qué papá se había afeitado la barba y guardado el sombrero en el placard (te la regalo). Eso es lo que E. me contó de Damián, lo que pude ver cuando lo conocí y lo que cuentan él mismo y Soifer en el libro. Pero por qué digo que conocí el libro por E.? Porque una noche, volviendo con Damián y E. de una cena en el templo de Paso, a la que I.B y E. me habían invitado, llegamos a la calle Palestina donde vivía E. y yo pasaba mucho tiempo, y Damián le dijo “Che sabés que hay un pibe que va a publicar un libro sobre los Lubavitch y me hizo unas entrevistas donde cuento mi experiencia?”. Yo me metí y pregunté “¿Cómo se llama?”, me miró con cara de “no lo vas a conocer” y me dijo Alejandro Soifer. Ah, lo conozco, bah, el a mí no, conozco sus blogs. E. no lo conocía y sólo preguntó “¿Pero hablan bien o mal?” a lo que Karo respondió con una sonrisa y algo como “Y… un poco bien y un poco mal”.

Mi relación con E. empezó y terminó a causa del judaísmo. Empezó por un punto en común, con el que nos sentíamos identificados y terminó por miles de puntos en los que no coincidíamos. Así que ya no voy a tener diez hijos, no voy a usar pollera larga ni peluca y los viernes a la noche voy a subir por ascensor.  Hace un tiempito me reencontré con E., fuimos a tomar un café y me contó que había viajado a Israel (con una r), donde había conocido sólo lugares religiosos, que su ortodoxia ahora era oficial (papeles incluidos) y que su relación con todo lo que a mí no me gustaba esta desarrollándose a pasos agigantados, de hecho su barba estaba mucho más larga, lo que según E. respondía a que su peluquero estaba de vacaciones, pero todos sabemos que es una excusa. Parecía feliz, no sé, después de todo quién soy yo para decir si hace bien o mal en seguir ese camino. Sólo confirmé que es una gran persona, que no me arrepiento en lo más mínimo de mi relación con él, pero que de ninguna manera podría formar una familia teniendo que lidiar con estas cosas tan poco livianas. 

Ah! también me contó que había estado en la presentación de Los Lubavitch en la Argentina y evité preguntarle qué opinaba del libro y de las cosas que decía.               

Chicas, chururu

mayo 17, 2011 1 comentario

Sigo resfriada y leo Ciertas Chicas de Ariel Bermani, que dice más o menos así:

[…] espiar a Clarita que tomaba sol con medio culo al aire, escuchar las historias de minas que contaba Neo -él, a los trece, ya se las había cogido a todas.

Ufa, yo quería ser astronauta

Yo quería ser astronauta, de Bruno Szister, es uno de los libros que lanzó en estos días la Editorial Conejos. Ariel Bermani, la cara y el nombre más reconocible de esta nueva editorial cuenta que optó “por empezar a publicar de esta forma porque me parece que es una buena alternativa, interesante para armar nuevos sellos. Los más grandes están colapsados y cada vez el trato es más despersonalizado con los escritores”.
La editorial en cuestión se compone, por ahora, de cuatro autores, cuatro libros y, como les gusta autodenominarse a ellos, cuatro conejos, lo que demuestra que la editorial fue concebida con la idea de grupo, de partes de un todo. Este concepto se transmite además desde el tratamiento gráfico, por ejemplo, cada uno de los autores tiene un color distintivo, que se refleja en las tapas de los libros y en el conejo del logo de la editorial.

Es difícil ubicar el libro de Bruno Szister en un género, no se trata de una novela con capítulos, no son cuentos, y si bien son relatos cortos, todos tienen al mismo personaje-narrador como protagonista. Podría definirse como un álbum de veinticuatro instantáneas desde la infancia hasta la adultez, donde el hecho más significativo, y que atraviesa todo el libro -de manera más o menos directa- es la muerte del padre a causa de una enfermedad terminal. El álbum está lleno de recuerdos, de fantasías, de sueños y de pensamientos que despiertan en el personaje a partir de este acontecimiento. Los hechos se narran siempre de manera incompleta y distante, como un vistazo general: “yo te voy a contar esto, con lo demás, arreglate solo”. Como se lee en la contratapa del libro, es una suma de “imágenes siempre incompletas, fuera de foco” que el hijo menor de una familia judía de clase media decide mostrar al mundo a su manera. La carga emocional que pone el personaje/narrador sobre los hechos que relata es mínima, no porque no exista, claro, sino que al exponerla se estaría exponiendo a sí mismo.
Un club de la cole, una visita al cementerio judío de Tablada, el debut sexual, los viajes de noche en el asiento trasero del auto familiar, gente con rulos, la soledad, los palitos de la selva, las inseguridades.
El título condensa en unas pocas palabras el sentido y el tono general del libro: la nostalgia, lo que no fue, la ternura, lo infantil, lo que no se dijo en el momento indicado. Sin embargo no hay angustia en el relato sino una perspectiva melancólica, que en más de una oportunidad permite el humor y la ironía.

Yo quería ser astronauta. Bruno Szister
Editorial Conejos, 2011.
101 páginas.

De berenjenas en escabeche y el Che

Soy un bravo piloto de la nueva china. Ernesto Semán.
Literatura Mondadori. 2011.

No, vení acá, Rubencito. Escuchame bien: los juguetes no son tuyos, los juguetes son […] perdiéndose de vista que lo que Rubén reclama no es la posesión de Los juguetes, sino su propia pertenencia a Luis.

El último encuentro entre madre e hijo se había producido unos años antes, pero del lado de allá. En ese entonces el cuerpo de Rosa aún le permitía armar una valija, cargarla hasta Ezeiza, subirse a un avión y viajar todas las horas que fuera necesario para visitar a Su-Hijo-Que-Estudia-En-El-Exterior. Aquella vez, Rosa se había despertado en su hotel 5 estrellas sintiendo una vez más el inexistente olor a hígado de pollo con cebolla, mientras su hijo Rubén volvía a sentir que en la calle todo sonaba a Dylan.

Rubén es geólogo, está entrando en sus cuarenta y vive en el exterior, donde se especializa en geografía aplicada al crecimiento de la población urbana. Irse del país había funcionado perfectamente como un mecanismo inconsciente para seguir negando su historia. Pero ahora, finalizando la primera década del siglo XXI, Rubén debe volver a Argentina por unos días porque su madre, Rosa Gornstein de Abdela, se está muriendo de cáncer tal como viene haciendo desde el 82’, un par de años después de la desaparición del Camarada Abdela, su marido y el padre de sus hijos Rubén y Agustín.

Pisar una vez más el suelo de Buenos Aires,  sumado a la madurez y a una madre agonizante, le permiten a Rubén conectarse con la historia de su padre y su propio pasado. Una vez en la Ciudad, y mirando por la ventana de un bar de la calle Defensa con su hermano enfrente, el personaje emprenda un viaje a una isla desierta y misteriosa donde el pasado empieza a tomar forma. La Isla está gobernada por una pareja de mutantes (Rudolf y The Rubber Lady) que a pesar de ser siniestra le da a Rubén las pistas necesarias para no perderse. En la Isla se encuentra con Raquel, una antigua novia que parece tener mucha más información que él y con la que presencia, como si se trata de una película, varias escenas donde el Camarada Abdela y su captor, Capitán, mantienen un diálogo casi amable sobre el Proceso de Reorganización Nacional, sin saber que están siendo observados desde la Isla. Pero, ¿Cómo llega Rubén hasta ahí? En un mundo de veinte asientos que hace el recorrido Palermo (Buenos aires) – Santa Rosa (La Pampa) – Los Álamos (California).

Este lugar –como cualquier isla- está desconectado de todo lo demás y es tan inmenso que resulta imposible reconocer sus bordes. Rubén, que corre y corre obsesivamente en cada lugar del mundo en que se encuentre (como escapando o buscando algo que no sabe qué es) intenta hacer lo mismo en la Isla, hasta que en las palabras de Raquel, Rudolf, The Rubber Lady, su propio padre y hasta las de Capitán, va encontrando las respuestas y el modo de salir de allí.

El título y la estructura del libro, que se divide en tres planos espacio-temporales: La Ciudad, el Campo, y La Isla, y que se repiten a lo largo de la novela exactamente seis veces, ya adelanta que se trata de una novela por lo menos interesante y original. Soy un bravo piloto de la nueva China es inteligente y sincera, y con casi 300 páginas su ritmo nunca decae. Ernesto Semán se anima a plantear un tema ríspido y para muchos intocable recurriendo al humor cada vez que lo cree necesario, con escenas imposibles, personajes disparatados y diálogos casi absurdos.

El libro logra construir un clima intimista y entabla con el lector una relación de complicidad. Soy un bravo piloto… es la muestra de que para tratar un tema seriamente y con el respeto que merece no hace falta solemnidad y que no son necesarios los golpes bajos para hablar de aquello que nos provoca espanto.

Go greens!

 

La señal Baby TV  (Fox) que veo cuando me toca cuidar a mi sobrino (2 años y medio) tiene  un programa que se llama Vegimals  y que muestra un mundo hecho a base de vegetales. En realidad, como su nombre lo indica, se trata de animales hechos con vegetales. En todos los capítulos se cumple la siguiente línea argumental: un grupo de verduras y hortalizas  descansa tranquilamente en una fuente y/o mesada cuando de pronto cobran vida y comienzan a volar y moverse por la  cocina en una danza sincronizada que termina por formar un simpático animalito. Luego el animal se traslada a un hábitat natural, que es una especie de jardín lleno de árboles y plantas (también hechos con verduras) y en ese escenario se cuenta alguna historia que lo involucra.  

Esta es la versión health-oriented y apta para diabéticos de la clásica fantasía de un mundo hecho de dulces (Hansel y Gretel, Charlie y la fábrica de chocolate, etc). Pero a diferencia de los otros relatos, donde lo que se busca es atraer a los chicos mostrándoles lo que para ellos sería un mundo ideal, el objetivo de Vegimals es que los chicos se familiaricen con estos alimentos que, no sabemos por qué, suelen odiar por default.  La idea es que empiecen a relacionarse de  manera natural -no forzada- y lúdica con los vegetales y lograr que, un par de años después, cuando la desición sobre qué comer y qué no corra por cuenta propia, elijan una ensalada en vez de una hamburguesa. En Vegimals no existe la dupla frutas-y-verduras, que en general van de la mano,  porque claramente los chicos no desarrollan fruto-fobia y no hacen asco a manzanas, duraznos ni bananas.  

 

Si el objetivo detrás de todo esto fuese demasiado explícito, con una molesta voz en off  explicándolo todo, o si el armado de estos frankenstein vegetales fuese torpe y forzado, la herramienta no funcionaría. Pero en Vegimals todo es perfecto y atractivo: los colores, los sonidos, los movimientos y las formas. Todo está dónde y cuándo tiene que estar. Otro elemento clave atrapa-niños es el factor sorpresa. Porque los animales se van formando con las verduras, mientras la mini audiencia va fantaseando con qué animal va a aparecer. Mi sobrino se mata de risa con el gato con cuerpo de cebolla y ojos de arvejas, el perro con orejas de berenjena, el pájaro con pico de ajo y patas de morrón. La cara que pone cuando descubre que un espárrago finalmente se va a convertir en una pata verde es impagable. Además cada vez que una de las hortalizas vuela por el aire de la cocina él pregunta (aunque ya lo haya visto veinte veces y sepa la respuesta) “¿Qué animal es”? Además se sabe el nombre de todas las verduras, no sé bien cómo porque el programa sólo las muestra, no las nombra y SÍ, le encanta comer vegetales.  

Lo anterior pretendía ser una introducción -fallida- para comentar que hay unos tipos que forman un colectivo musical vienés que se llama The Vegetable Orchestra y cuyo tercer CD se titula Onionoise (sonidos de cebolla). En palabras de los protagonistas (y traducidas al español por mí):

This CD is an aural voyage through phantasmagorical continents of sound and imaginary gardens. Living music: multi-layered and idiosyncratic.

Este CD es un viaje aural a través de continentes fantasmagóricos de sonido y de huertas imaginarias. Música viva: multi-capa e idiosincrásica.  

La duda que me queda es si estos vieneses pretenden seguir el legado de Vegimals y Baby tv o sólo son unos fucking dementes. 

El tiempo lo destruye todo. O no.

-¿Cómo te querés morir?- me preguntó Tiano el día que lo conocí. -No pienso en eso. -Todo el mundo tiene que pensar en eso -dijo- Tienen que inventar la mejor muerte y la peor.-¿Quién dice?

Calle Corrientes. Librería Hernández. Literatura Argentina. Ví un librito blanco sin demasiada importancia, casi escondido entre Pauls, Piglias, Puigs, y Quirogas. Chica-de-pelo-corto en la tapa y título salingeriano. Esto fue hace dos días, hoy puedo decir que lo terminé y que es sin dudas de lo mejor que leí en el último tiempo.

9 minutos de Lucía Puenzo cierra perfecto por donde se lo mire. Está compuesto por nueve capítulos/minutos narrados desde diferentes puntos de vista. Tiene una estructura circular, empieza prácticamente (9 minutos de diferencia) en el mismo momento en que termina. Todo lo demás es la visión de cada uno de los personajes que componen la historia acerca del mundo que constuyen. Iván, Uma y Tiano forman una familia de tres algo disfuncional, a la que se suman un grupo de personajes satélite. Buba es el hermano gay de Uma y tiene hiv. Julia es la excéntrica amante de Iván, fotógrafa y obsesionada con las cicatrices y con encontrar a su padre en la selva. Vinelli fue profesor de literatura de Uma, pero también es un ex-playboy que fue amante de Uma en aulas y baños. Wonka, el compañero de vivienda de Julia, sólo sueña con volver a su china natal.

A diferencia del relato, la historia está hecha a base de pasos en falso, miedos, inseguridades, decisiones equivocadas y tiempos desfazados. Y no es casualidad que el título remita al tiempo y que cada capítulo corresponda a un minuto. El tiempo es uno de los ejes principales del libro. El tiempo juega con los personajes, los pone a prueba, los hace caer en la tentación, los transforma y los deforma a su antojo. Las canas de Vinelli, los nueve minutos que dura la caída libre de Iván en paracaídas, la rutina, la vejez, la pérdida de la sorpresa, el acostumbramiento, lo que no fue, lo que podría haber sido. Sin embargo hacia el final, los personajes vuelven a encontrarse, a recuperar la confianza en el otro y a rearmar el mundo que comparten -tal vez ahora más sólido después de haberse expuesto a las tentaciones y a las experiencias y una vez que el tiempo ha hecho su trabajo. Como dice en la contratapa “al final, vivos fatalmente, los pies en la tierra una vez más”.

Uno de los logros de la novela- que es lo que la hace sólida- es que transmite la idea de que los personajes y el universo que construyen son autónomos, independientes y anteriores a la autora y a los lectores. Tenemos la certeza de que estamos espiando y de que sólo vamos a ver lo que cada uno de ellos quiera contar en el capítulo que le pertenece.

Lucía Puenzo, 9 minutos.
Editorial Beatriz Viterbo, 184 páginas

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